LA LITERATURA FANTASTICA DE FELIPE BUENDÍA / ARMANDO ARTEAGA

 Abriendo cualquier escenario natural donde está inmerso el hombre y su cultura,  el efecto fantástico  aparece de la duda que surge para una explicación de lo natural y para una explicación de lo sobrenatural, de la magia y el mito de los acontecimientos narrados.
El hombre, desde siempre, es un narrador empedernido, pues,  su destino ha sido siempre habitar el espectro de lo natural, e ir hacia lo imaginario.  Pero, he de referirme, esta vez, que el viaje es por los caminos de la literatura fantástica, y en especial hurgaré a través de la obra narrativa del escritor limeño Felipe Buendía.

Uno no puede dejar de pensar en aquella frase entrecortada de Jorge Luis  Borges  que define la propia naturaleza del “factor” fantástico que vamos a enfrentar –siempre- ante cualquier relato extraído de la realidad, y que brota de la sabiduría borgeana de su “Libro de arena”: “No puede ser, pero es”.  Y es que Borges, por admiración,  y por su gran conocimiento en el tratado de lo fantástico,  es el recurrente autor al que todos buscamos cuando se trata de abordar el tema de lo fantástico en la literatura.
No, por algo, se recurre siempre,  para citar fervores y ocurrencias impávidas de otros escritores consagrados a la certera “Antología de la literatura fantástica”  (Buenos Aires, 1940) de Jorge Luis  Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo): “Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras”.
 
Borges nos ha llevado de la mano por este interés inmerso en lo fantástico de nuestra literatura en ya más de 60 años, que no existe de veras critico interesado en la “ficción pura”  que no se atreva a saltar la valla imaginaria y borgiana, mejor si se ayuda de la caña para el salto en  garrocha de instrumentos como: el estructuralismo, el psicoanálisis, la sociología urbana, la estética de la recepción, y lo deconstructivo.  Delicias para iniciados y profanos,  en este tema de lo fantástico que abrieron el debate,  y pasaron como cometas por la modernidad, lo mismo que para góticos y postmodernos.
Mucho se ha escrito,  y se sigue reflexionando acerca de “la amenaza de lo fantástico” en esta “realidad cotidiana” cada vez más cercana de la “ficción increíble”.  Para empezar, en estos tiempos postmodernos, nuestra realidad se está volviendo cada vez en algo de inmenso rigor fantástico  (más de lo que suponemos).
Cuando Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo hicieron la “Antología de la Literatura Fantástica” (1940) quedaron en el antecedente histórico de ser los pioneros, los primeros en reunir a escritores tan diversos  tales como Ryunosuke Agutagawa, Lewis Caroll, Jean Cocteau,  Julio Cortázar, G. K. Chesterton, James Joyce, Rudyard Kipling, Eugene O´Neill, Saki, H. G. Wells, entre otros, donde nos hablaron que “las ficciones fantásticas son anteriores a las letras”.
El asunto de los “sobrenatural” poblaban ya las páginas en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, y en Las Mil y una Noches.  Nos remontaron a los chinos y a la oralidad de los pueblos más antiguos.  He allí el punto de apoyo donde se impulsa la fuerza antropológica que abraca el interés ahora tan moderno por este tema de “lo fantástico”. Antes que el miedo que suscintan estas narraciones fantásticas, interesa el misterio que surge de sus hechizos y sucesos.
 
El efecto fantástico…, según Tzvetan Todorov, en su “Introduction à la littérature fantastique” (Seuil, París, 1970), obra fundacional para abordar el género de ficción,…”se impone de la vacilación de la duda entre una explicación natural y una explicación sobrenatural de los hechos narrados”.
Cuando aparece el fenómeno de lo sobrenatural, el tríptico es: narrador, personajes, y lector implícito, elementos que resultan incapaces de discernir la representación de la ruptura de las leyes del mundo objetivo, o si el suceso fantástico no puede explicarse por la razón solamente, por la pura razón kantiana.
Otro acusador del “factor fantástico” es Roger  Caillois,  en su “Au coeur du fantastique” (Gallimard, Paris, 1960), advierte que “Todo lo fantástico supone una ruptura del orden conocido, una irrupción de lo inadmisible en el seno de la inalterable legalidad cotidiana”.
En resumen, para sintetizar,  esta breve aproximación hacia una descripción de lo fantástico, es como el “producto”  de una retórica específica, el arte del bien decir y con elegancia: un asunto de lo indecible, a opinión de Roger Bozzetto en su ensayo “¿Un discours du fantastique?” (1990, l´Université de Provencé): “el texto fantástico sería el lugar donde lo imposible de decir tomaría forma”.
 
 Muchos son los “convencidos” que lo fantástico en la literatura peruana empieza con la “modernidad truculenta” en la narrativa de Clemente Palma y con el “suspense andino”  de Enrique López Albújar, pero yo creo que lo fantástico viene  desde la oralidad nativa incaica de mitos y leyendas,  y pasa por algunos paginas antropocéntricas de cronistas renacentistas y medievales “del dolce stil nuovo”, que a mi entender ya contaban “mentiras” que se han ido convirtiendo en “verdades”.
Dos antecedentes se dan como hitos benevolentes de aproximaciones al tema de la literatura fantástica en nuestra literatura.  En primer lugar,  la publicación de “Antología de la literatura fantástica” (Biblioteca del Estudiante Peruano, Ediciones del Ministerio de Educación Publica. Volumen X; Lima, 1958), que no tiene autor de selección y de notas; se presume que el tema de lo fantástico era parte del dominio publico literario limeño, en paralelo con la movida literaria surrealista de ese momento.
Esta “Antología de la literatura fantástica” (Lima, 1958) me parece muy buena, el anónimo posible recopilador es alguien que dominaba el tema, aunque con ciertas suspicacias, muy cerca de su afición por autores extranjeros como Wu Chéng-En, Ah´Med El Qalyubi, G.K. Chesterton, Edgard Allan Poe, Franz Kafka, Marcel Schowob, Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.

Lo importante de esta “Antología de la Literatura Fantástica” (Lima, 1958), tan fantástica: sin autor determinado  (aunque Ismael Pinto ha corroborado a Luis Jaime Cisneros  como el responsable editor de esa colección),  es que entre los  autores peruanos  incluye “Levitación” de los “Cuentos pretéritos” de Manuel Beingolea (1875-1953), “La aventura del hombre que no nació” de Clemente Palma (1872-1946), “El alfiler” de Ventura García Calderón (1887-1942), “Los ojos de Judas” y “El hipocampo de oro” de Abraham Valdelomar (1888-1919), “Mas allá de la vida y la muerte” de César Vallejo (1892-1938).En segundo lugar, la publicación de “Cuentos” (Ediciones Peruanas Simiente, Lima, 1960), Selección de Ricardo Martínez Green, posiblemente un seudónimo, donde lo fantástico asoma risueñamente con Antón Chejov, Graham Greene, Juan José Arreola, Jules Supervielle, y entre los peruanos: José Durand y Eleodoro Vargas Vicuña, donde lo fantástico aparece y desparece tangencialmente.

Creo que uno de los pioneros del Siglo XX al habernos introducido –orgánicamente-  en el tema de la literatura fantástica es Felipe Buendía, son testimonios de esta hazaña: entronizada y  vanguardista  de la expresión de lo fantástico,  los tres pequeños tomos de su “Literatura Fantástica” (Primer Festival de Literatura Fantástica, Ediciones  “Tierra Nueva”, Tomo I, II, III; Selección y Notas de Felipe Buendía; 1959).
Lo fundamental de esta “Literatura Fantastica” de Buendía es que aborda el tema de la teoría de lo fantástico: “Un cuento es “fantástico”, cuando el autor, (ni el editor ni el publico ni la crítica) y sólo el autor cree, (y únicamente en el momento de la creación esta creencia es perfecta) que es cierto el hecho sobrenatural que afirma”.
En el Tomo I,  de “Literatura Fantástica”, Buendía aborda los cuentos de autores peruanos: “El Príncipe Alacrán” de Clemente Palma, “Las campanas” de Alberto Wagner de Reyna, “Señoras y señoritas” de Gustavo Pineda Martínez, “La ley del zapatero” y “Los funerales del aviador de juguete” de Luis León Herrera, “El baúl” de Felipe Buendía, “La insignia” de Julio Ramón Ribeyro y un conjunto de relatos de mini ficción del propio Buendía.
En el Tomo II y III, Buendía universaliza  lo fantástico, aborda y selecciona los siguientes textos: “El diablillo de la botella” de Robert Louis Stevenson, “El buque fantasma” de Guillermo Hauff, “El hombre que perdió su sombra” de A. Von Chamisso, “El paraguas” de Charles Dickens, “Rip Van Winkle” de Washington Irving, y “La nariz” de Nicolás Gogol.
Felipe Buendía fue uno de los escritores más representativos de la Generación del 50, y conocido como escritor de literatura fantástica, cuando volvió de Europa publicó “Teología del sol” (Paris, 1952), novela-poema de Felipe Buendía, que es una especie de “Nadja” de André Bretón.  En esta propuesta literaria se nota el mejor momento de la escritura surrealista de Buendía.
 
 Originalmente “Teología del sol” fue escrita en Paris y dedicada a Carlos Rodríguez Saavedra: llevaba otro titulo y quizá otro asunto, luego fue rehecha en Lima a base de la misma sintaxis y guardando su calidad primigenia posiblemente distinta pero fiel.  Carátula de Bracamente.  Una rareza literaria, publicada en mimeo, en esta novela-poema “La teología del sol” se ve su verdadero talante literario, haciendo una estupenda escritura automática, tal como quería Bretón y los surrealistas.
Es obvio, para los que conocen la narrativa de Buendía, saben de su itinerario por el surrealismo,  y que,  también hizo narrativa en este estilo y contexto. Aquí observamos los mejor de la prosa-poética de Buendía (el agitador literario de “La conspiración del silencio”, esa columna periodística leída por mí desde mis tiempos de colegio):
“Aguas de otra manera traslúcidas y penetrantes
como el acero,
aguas Bahamas
aguas bermudas
bahías abiertas a la pasión americana, el músculo negro que busca monedas en las fauces de los tiburones, la garganta que modula el ritmo de palmera, la piel, la futa, el estertor, la secreta oración de las colinas, y finalmente la boca que expele esa cadencia de caderas, el oído de nácar, secretamente dicho, la pupila”.
Tuve la suerte de compartir muchas conversaciones de café con él, y ambos alternábamos y escribíamos nuestras opiniones periodísticas durante muchos años en el diario Expreso. Buendía ha sido además un escritor muy prolifero, escribió teatro, hizo cine y artes visuales: pintura.
Para abordar con mayor certeza lo propiamente fantástico en  la narrativa de Felipe Buendía, haré referencia a dos artículos periodísticos de Buendia publicados en el diario Expreso, lamentable los archivé sin fecha, pero estoy seguro son publicados  entre 1968-1970: “El retrato de una dama” (La novela perfecta)  acerca de Henry James, donde podemos encontrar la pasión literaria de Buendia por el autor de “Otra vuelta de tuerca”;  y “Bartebly, el cuento perfecto” acerca de Hermann Melville, donde Buendía confirma su predicción por los “Cuentos del mirador” y por el celebérrimo “Moby Dick”, su afición desbordante por el “Ulyses” de Joyce y su afición por el jubileo joyceano en Dublinenses, por la narrativa de Conrad, Stevenson y  London, por las ambientaciones de Hemingway, su furor por Hawthorne y Twain; lo mismo que  su afinidad borgiana de cierto gusto por la literatura inglesa y norteamericana, a pesar de ser desde  sus inicios un gran lector y conocedor de la literatura francesa.
 

Buendía y otros escritores, narradores fantásticos de su tiempo y generación han compartido el segmento de la literatura fantástica peruana: Manuel Mejía Valera, Luis Loayza, Julio Ramón Ribeyro, José  Durand, y Luis León Herrera, que aparecen reunidos en la antología “Ciertos  yrreales”(Lima, 1985): selección, prologo y notas de Bruno Buendía Sialer, donde ronda la impronta del existencialismo , el surrealismo, y algo del realismo onírico, la ciencia-ficción, el subjetivismo, el expresionismo, tal el caso de otros como Alfredo Castellanos, José B. Adolph y Edgardo Rivera Martínez. Es importante recordar que la narrativa de Jorge Miota (1870-1926) pertenece a este cosmopolitismo “pionero”, arrebatado y “supersiste” de nuestra modernidad, sus cuentos expresan también el psicologismo y el expresionismo fantástico, pero es un olvidado de todas estas antologías de literatura fantástica peruana.

Para comprender mejor el contexto de la narrativa fantástica de Buendía se puede abordar también la “Antología del cuento fantástico peruano”  (Lima, UNMSM; 1977) de Harry Belevan,  que es estrictamente uno de los mejores trabajos que abordan la “tradición fantástica peruana”, lo mejor de la expresión fantástica nacional, donde por supuesto destaca “El baúl” de Felipe Buendía.  De lejos es el más destacado trabajo de recopilación de la narrativa fantástica peruana, hay que destacar  también que Harry Belevan es un experto conocedor del tema, anteriormente había publicado su “Teoría de lo fantástico” (Barcelona, Anagrama, 1976), libro en donde Belevan profesa la esencia formativa, simbólica y reveladora de lo fantástico, argumentando por la “insólita ambigüedad”  que se esconde en la realidad misma.


Para abordar la narrativa fantástica de Buendía hay que aproximarse a su obra fundamental en narrativa: “Cuentos de laboratorio” (Lima, 1976) y una segunda edición (Lima, 1987), narraciones donde “la naturalidad y el barroquismo se entrelazan desprendiéndose de una especie de suero fantástico que no puede ser contabilizado”, explica su editor.
 
No solo “El baúl” y “La espera” son piezas maestras de la narrativa fantástica de Buendía; “El lavador de cadáveres” me parece una ficción estupenda donde el tratamiento de la inocencia jamesiana deslumbra a través de la expresión emotiva del narrador; a través de retazos de frecuencias, y de olvidos a manera de racontos, e intuitivas descripciones de la propia realidad mezclada con la irrealidad de las cosas, y una gran descripción de los personajes, donde aparecen entre otros personajes de ficción: amigos de carne y hueso, Guillermo Mercado y José “Zambo” Tang.  En “Los ropavejeros” relata la increíble miseria humana, el destino de la voraz ambición personal, el lucro y la fatalidad terrestre.
Por último, ibídem,  frente a la historia y al iceberg de la memoria: diré,  que,  la narrativa fantástica de Felipe Buendía, así como toda la obra en general de este destacado escritor peruano de enorme investidura literaria,  merece una mayor atención: a su mirada artística y literaria,  de parte nuestra.  La arcadia limeña de su tiempo condenó a la invisibilidad a Buendía (nuestro artista y escritor contestatario), porque fue un militante de “la conspiración del silencio”.  No sigamos esa ruta conformista del infame tiempo (de los felices que todo lo olvidan).   Felipe Buendía, es una de los más grandes escritores de la generación del 50, que militó en el surrealismo, y que ha otorgado  un irrebatible prestigio a la literatura fantástica peruana.

Lima, obra abierta. Bruno Buendia Sialer

¿Existe Lima? si, y hasta tiene partida de bautizo: Enero de 1535. Fundada sobre el concepto militar marítimo europeo (entiéndase esto lo que para el Imperio Inca era ya el Quinto Suyo) la nueva urbe soportará todas las guerras posibles, hasta convertirse, según las leyes de Alfonso, en la capital del visorreyno, principalmente, tratando de desmembrar el poder del Cuzco, de tal forma, la cultura del valle, asumirá identidades políticas, como son los casos de los perulerismos avasallados.

 

Fundada, sobre una cultura dominada después por los propios tawantinsuyanos, como elevada esta, sobre sus Apus, la etiología de Lima, no es, solamente, la del hispánico modo de la balconería, sino que la misma se forma, al establecerse sobre las alianzas de poder de las guerras por la toma del valle, como el alzarse la ciudad, entregada a la fuerza de las culturas que la precedieron, destruido los intentos golpistas de la época, y al aventurerismo alucinado de El Dorado, encontrando en el poder, no solo ubicuo y estratégico del continente sur, la capital de la colonia, en momentos post Tordesillas.

 

Para entonces, Lima vive dentro de un poder centrípeto de mano de obra hallado, y centrífugo de llevar el material mismo salido de las minas del territorio del visorreyno, afianzando esta finalidad, mediante nosotros mismos, los indios de occidente, teniendo en la evangelización, la complejidad que el papa Clemente X en 1671, a quien se le atribuye la irónica y escéptica pregunta de ¿cómo puede ser santa una india? aceptara sobre la beatificación de Flores de Oliva, el complemento religioso de la cultura occidental sobre Lima, terminando de ese modo, lo que las leyes de las colonias requieren.

 

Lima tiene, en sus primeros años de vida y dentro del castizo idioma, todo lo requerido por las leyes de Alfonso para erguirse en lo que es, en una colonia, sobre la que se establecerá, mediante las murallas construida sobre el material de las huacas que la precedieron, y poder existir mediante su propio poder, hasta recibir posteriormente, desde su propio engreimiento político, el descabello del mismo, cuando se le proporcionará, la primera estocada político económica, mediante la declaración de la libertad de comercio, en 1778, y por presión de la guerra geopolítica natural de los imperios en disputa del orbe, para perder su posición hegemónica en beneficio de Buenos Aires, puerto mejor situado en comunicación con la Europa colonialista, y que había competido con Lima, por los mercados del Alto Perú. Dentro de poco, la inmensa revolución de Condorcanqui, en 1780, hará retumbar el imperio donde nunca se pone el sol, sostenido hasta entonces, por la contrarreforma y el poder de las minas.

 

Felipe Buendía, nacido en Lima, en el año 1927, a dos años del crack mundial del siglo XX, como a tres de la muerte del Amauta Mariátegui, y en período de entre guerra, se adscribe a la generación del 50, definiéndose esta, como la síntesis de una dialéctica, ante las generaciones del 900 como tesis, y la del centenario como antítesis, en un primer intento de comprensión intelectual, devenida desde los claustros universitarios, y que tratan de dar respuesta y explicación, a lo que es el Perú, y por supuesto, Lima, tratando de interpretar, primero, la declaración independentista del 28 de Julio de 1821, como, segundo, la Independencia del 2 de Mayo de 1866, después, y luego, lo que es hasta ahora, y sobre la ciudad misma, el inicio de la guerra con Chile del 1879, comprendiendo las actuaciones de las diferentes clases sociales que dentro del republicanismo nacional, las migraciones al interior del país, harán de Lima, el dispensario del mercado capitalista de estas épocas, y al que se acude centrípetamente, desde lo que hasta ahora se llama provincias, como tratará de dar respuesta, este pensamiento, dentro de la post segunda guerra mundial, de los procesos político e intelectuales, que la contemporaneidad y el post industrialismo presentan.

 

Procedente de una familia de la aristocracia española, originada en Valencia y desarrollada en América, mediante Cedula Real de 1617, por Felipe III, Felipe Buendía renuncia, asumiendo esta identidad, dentro de su rol generacional intelectualmente no adscrito, intencionalmente, a la universidad, sino al avatar intelectual que lo conmueve desde joven iniciáticamente, mediante la adscripción al surrealismo, al integrarse a este, y continuando el trayecto de César Moro, pero que en su caso, decidió, en el ir y venir de Lima, una forma primera de interpretación de la ciudad.

 

Moro y antes Melville, la habían definido como la ciudad que Salazar, posteriormente, reafirma en libro como horrible, y que Buendía, en polémica con Manuel Scorza, y dentro de los inicios del primer belaundismo, comienza a debatir, a partir de la bohemia limense, y la experiencia traída del existencialismo francés, que llega luego del momento beatnik, mediante el grupo del Hospital del Obrero, liderado en los estudios que permitiera a través de estos Carlos Alberto Seguin, que luego pasará a la Universidad de San Marcos como decano de Medicina, en plena efervescencia del 60, como lo fue la experiencia de los Populibros.

 

Lima para ese entonces ha adquirido carta de ciudadanía como mercado de materias primas, a través del desarrollo del civilismo y el modus operandi de los gobiernos populistas en sus propuestas políticas, luego de las de las dictaduras militares que desde Ancón comienzan.

 

Será en el entendimiento de la transición de los siglos XIX y XX, y dentro del idioma asumido tras el idioma oriundo, que Lima ve en las ideologías y la política, los intentos de modernidad, y una necesidad de definición y actuación, para entender y dominar, engullendo el país, no solo al basadresco modo, es decir como posibilidad, sino como resultante del concepto hispánico en el país, hasta llegar al latino americanismo de la actualidad.

 

La generación del 50, permitió una Lima compleja y pequeña, conventual, argollera, y plena del alejamiento, principalmente, de lo que pasaba en el Perú. Así, el primer aprismo, el segundo belaundismo, y las dictaduras civiles del siglo XX, tienen en la ciudad, como siempre, el núcleo de su poder, negando la actitud centrífuga de la descentralización, a la que a Lima se le sujeta.

 

La guerra interna de un maoísmo del campo a la ciudad, cae, por creer hallar un balance estratégico que toma a Lima como punto de referencia. En menos de 50 años, la capital, en el siglo XX, ha soportado todo, inclusive, así misma, de tal forma, como respaldo de todo ello, se formará silente y poderosos el actual Cartel de Lima, que luego de caídos los extraditables colombianos, Lima obtiene una capacidad distributiva, esta vez, y como nunca, centrífuga y centrípetamente de un poder consumista, que mantiene en los capitales extranjeros operando en la ciudad una panacea, que la ha convertido en la ciudad de la droga, como lo fue primero, en el Perú, Lambayeque, y su mar, dentro del leguiísmo que propuso una modernidad que se le permitió.

 

La obra intelectual de Felipe Buendía permitió el giro que el surrealismo y la vanguardia o la epatación al burgués persigue, y lo obliga, llegando al no oficialismo cultural, por ejemplo, en la toma de la ANEA, en pleno odriato, y que continuará en la novela La sétima sección editada en 1965, describiendo el inicio del sancheserrismo, para llegar a la escritura y teatralización del primer Felipillo histórico, realizada en verso, y luego con la simpleza de la puesta en escena, y la no presencia en la misma, de ese Pizarro aludido, y del cual Pablo Maccera, desde la crítica histórica, proveniente de la Universidad de San Marcos, sindica, en el teatro de Buendía, al decir en el prólogo de la obra, que nunca esta en escena pero siempre esta presente, incluida la ultima versión de 1984 titulada Cuando el sol se apaga.

 

Para estos momentos, el afianzamiento de la crónica de la ciudad, ha avanzado mediante el periodismo desde la década del 50 y se vuelve contundente dentro de la definición del hecho social en la década del 80, mediante el libro La ciudad de los balcones en el aire editado en 1985 y que permitirá la condecoración con la Medalla Cívica de Lima, en tanto la literatura fantástica que Buendía realiza, se desenvuelve dentro de las nostalgias y el permanente regreso al surrealismo, diríamos limeño, ante el cual se rindió Buendía, primero, mediante Moro y Breton, para luego asumir a Pinglo, y la voz del canto limense, acudiendo al mundo Al Andaluz, y a la voz popular, a la del pueblo, dentro de esa variante popular de la propia Generación del 50, que conoció, y escribió en Amor a Lima, editado por la Biblioteca Nacional del Perú en el año 1995.

 

La literatura fantástica vuelve siempre al baúl, mediante dos títulos, Cuentos de laboratorio de 1976, y El claustro encantado de 1984, antes se editaron los tres tomillos de Antología de la Literatura fantástica y Teogonía del sol en la efervescencia de los 50. Crónicas de espera, Cuando Buenos Aires era Lima, Carta Náutica y La aventura de la vida son las columnas que publica en los diarios de Lima. Crónicas que muchas veces él mismo ilustró, y luego expuso, mediante la marginalia o de la crítica de la historia, esta vez, mediante las columnas periodísticas Diario de un escritor Marginal, que es resultante crítica a la condición del intelectual peruano o de La conspiración del silencio, tanto la realización de las mas de cien exposiciones de pintura adscritas a su vez, o herederas, del barroco andino, desarrollado en Lima, hasta llegar a la Escuela Limeña del paisaje urbano tradicional, donde Lima es intersectada con la Samarcanda de todos los tiempos, la Alejandría de Durrell, o Las mil y una noche, otorgando respuesta de esa manera a la Lima que se va de Gálvez, y admitiendo a la Lima que se fue, la del propio Buendía, pero sin dejar de ver y describir la actual, dentro de la tradición, mas no desde el tradicionalismo, tal como lo sugiriera brillantemente Mariátegui, desde Peruanicemos el Perú, advirtiendo el inicio de lo que en Lima, la guerra interna desencadenó, como fenómeno político social, mas allá del desborde migratorio y la reventazón del estado, de tal forma, Buendía, atestigua, una ciudad que se mantiene en pie y con vida, superviviente, en la intersección de los Apus y la Balconería, tanto como con la fuerza de la propia y maravillosa migración, que muchas veces, tantas veces, define a la ciudad del valle, y que daría pie, a los inicios de la llamada cultura chicha de los 80, y que hoy cobra personalidad, dentro del proceso del work in progress, inevitable, de la cultura migratoria, que Matos Mar, ha definido, al actual migrante, heredero del primer proceso migratorio a Lima de los años 50, a ser, y a convertirse, en el ciudadano de la urbe, proyección de tal complejidad que nos toca advertir, estudiar y realizar, desde la Universidad, o fuera de ella, desde la ciudad o fuera de ella, para comenzar así, a  definir el país desde el siglo XXI y desde nuestra propia modernidad.

 

Las poéticas y políticas que llega a ver y realizar Buendía, asimila las experiencias de grupos estéticos y políticos sociales anteriores y posteriores a las de su propia generación, como fue la relación con la Universidad San Marcos, mediante el debate del 60, que sostuviera por el tercio estudiantil en San Fernando, mediante la negación de este, por Honorio Delgado, como con la amistad con Martín Adán, Jorge Puccinelli y Elsa Villanueva de Puccinelli, Miguel Maticorena, Pablo Maccera, y después, generacionalmente, el grupo Huayco, Cuatrotablas del 70/80, la amistad con poetas, pintores, periodistas de su generación, inmiscuyéndose con el absoluto derecho de piso dentro del haber de lo fantástico con la etiología surrealista ya mencionada, y dentro del vaivén del mismo a las adscripciones dentro del PC, tal fue el caso de Francisco Bendezú, o Alfredo Castellanos. La amistad con Humareda, Lola Thorne, Delfín, Springett, Belli, los hermanos Ribeyro, Hernando Cortés, Sara Helfgott, Carlos Thorne, Ismael Pinto, Washington Delgado, casi todos provenientes del claustro sanmarquino, o asumiendo a miembros de generaciones posteriores, Oscar Aramayo, Armando Arteaga, Víctor Prada, Freddy Roncalla, llegan a esa conversación sobre Lima que con los ex novísimos de siempre se permitirá.

 

El cronicante de Lima que fue, a través del mundillo de la primera bohemia que con la retahíla del glorioso servulismo hasta el juanrramirazgo horazeriano, o la zambería Tang, hizo de Buendía un visionario de los personajes intelectuales de los cuales hizo crónica y pintó, de la Lima del Zela y del Negro – Negro, del Munich, ahora todos atrabiliosos en Kilka, y que formaron la personalidad de la Lima estudiada en las sociologías e historia necesaria, desde el centro a los conos, hasta llegar al topo citadino de lo que es el afianzamiento de la ciudad como personalidad universal, paseada por París, España, Mexico, Buenos Aires, Brasil, a través de las exposiciones de pintura mediante el barroquismo onírico al que Buendía no renuncia.

 

No se trata solo del trashumante intelectual. La Lima de Felipe Buendía, puede ser una denuncia como una invitación a entenderla y vivirla, tal como la describió en crónicas periodísticas, teatro, relatos, cuentos, novelas y pinturas, con respectivas y honrosas menciones como premios al respecto, que no deja de personalizarlo, pero tal como Maccera dixit, sindicarlo principalmente, como ácrata del 50, de ello, su generación dará cuenta o no, y por ello, es que la revisión critica de su obra, se presenta en el Coloquio A mi lima, de este 31 de Mayo y 1 de Junio, adonde están todos y todas invitados, como hace 10 años Puccinelli permitió hacerla en un primer instante con Ismael Pinto y Manuel Velásquez Rojas aquí en el Porras de Miraflores, y ahora, en el año desde el análisis del vientre de la ciudad a través el cuento El baúl que Max Hernández revelaría como Lima madre desde el análisis que mantuvo como significante de la ciudad nutricia o no, que invita a la obra abierta que Buendía hizo de Lima a comprenderla, una vez más, como una ciudad viva, como un ente social inclusivo, diría Susel Paredes Piqué, y que asumimos y heredamos para posibilitarla en el entramado nacional, porque todos tenemos una Lima que vivir.

 

En ese aspecto, finalmente, Lima es una ciudad abierta, tal como a Roma le llamaría Antonioni, y en donde Buendía expuso los documentales de los años 65, asumiendo desde la Gatomancia, al palmesco rincón del surrealismo acuciante de los lugares que con nostalgia no niega, como al mar que la circunda, y asume la poderosa migración, que como reitero, muchas veces la define, mas no el mercantilismo actual que la rodea.

 

Buendía no es solo un sociólogo del alma de la ciudad, sino un cuestionador de la misma, por ello termino estas palabras con las que empecé ¿Existe Lima? ¿Existe Felipe Buendía? Muchas gracias.