UKUN RIQ MAYUKUNA KAYPIPAS MAYPIPAS. Fredy Roncalla

UKUN RIQ MAYUKUNA KAYPIPAS MAYPIPAS:
llaqtan llaqtan José Maria Arguedas liyiyqasmanta[1]Debí leer la Oda al Jet bajando desde Newark, pero mientras en la pantallita del avión James Dean hacía de las suyas en Rebelde sin causa, yo ya estaba metido en la copia de Los ríos profundos que me régaló un wayki en Ithaca. Si en esa película el héroe ancentúa conflictos juveniles exponiendo el vacío existencial de la postguerra americana de un modo lineal y previsible, en Los ríos profundos el joven Ernesto narra su historia personal, dibuja jóvenes y curas del internado, y retrata efectos de luz, sonido, música y movimiento con una profundidad reveladora.
Esta profundidad viene de esos Andes tiernos y violentos que va presentando en la brutalidad de Lleras y Añuco, en la lascivia de la opa disputada por los estudiantes después de un cura, en los pequeños desafíos entre alumnos estratificados, y también en la amistad de Palacitos, del Markasqa y las chicheras. Pero lo que más devuelve la alegría al joven Ernesto, es el sonido y baile del zumbayllo que el Markasqa le regala. El capítulo del zumbayllo es quizá la razón por la cual Arguedas dice que “el canto es seguramente la materia de la que estoy hecho”, y por la cual Los ríos profundos son un largo y extenso poema que, ama waqaspalla, producen en el lector una conmoción ausente en el arte como artificio. Además, el zumbayllo es una prenda mediadora, que reconcilia a Ernesto con un Añuco caído en desgracia y lo aleja de un Markasqa que podría matar colonos sin cerrar los ojos.

Una parecida total deshumanización del prójimo sucedía en la masacre a los palestinos de Gaza, y se revelaba en los diarios sobre las torturas a campesinos en Cajamarca, cuando volví a leer Los ríos profundos. Ahí el niño Ernesto acompaña a su padre a visitar al viejo y es cuando siente vivas para todos nosotros las piedras incaicas del Cusco. Sabe desde entonces que al final, antes de refugiarse de la peste en la hacienda de un gamonal, se irá arriba el Pachachaca en busca de su padre y la humanidad suya y nuestra.

En Lima abundan homenajes arguedianos. Dicen que son respuesta a la globalización y el neoliberalismo. Y duran más que las serenatas a la capital, que comparte con el autor el mismo santo capricorniano. El duelo de su suicido parece convertirse en una celebración de la lloqlla migrante que anuncia en sus poemas, para decir que después suyo habrá un país “en [el] que cualquier hombre no engrilletado y embrutecido por el egoísmo puede vivir feliz todas las patrias”. O todas las sangres en su acepción inicial, aquella no afectada por la manipulación neoliberal de los significantes. Contra el encuentro de lo andino y lo neoliberal es la queja de un sociólogo del IEP frente a las arperas del norte chico. Y coincide Julio Humala hablando en la casona de San Marcos. Si en su escritura es eje referencial, fuente y cumbre, es en la música andina donde el aporte de José María Arguedas llega plenamente a través del pueblo. Hablando de “El huayno en la obra de José María Arguedas” Julio explica el impulso del funcionario público a las primera grabaciones fonográficas, donde aconseja a los grupos mantener su sabor propio. Dice también que en su momento la forma tradicional no necesitaba de cambios, pero que con el tiempo se imponen innovaciones ya previstas y apoyadas en los estudios de Arguedas. De ello también hablamos en un conversatorio sobre el You Tube y la música andina con Leo Casas, Roger Rumrrill, Walter Ventosilla y varios tigres del sur. Lo que sigue es la explosión global de infinidad de variantes de música que van desde el violín hasta la electrónica, y desde los circuitos locales a los globales. Sólo que la acertada crítica al neoliberalismo parece ir en contra del gusto indígena ahora también urbano, que es de donde supuestamente brota el ñawin puqyo de la tradición.

Pero si en Los ríos profundos los momentos de plenitud musical en las chicherías están a un paso a períodos de caos, represión y violencia, ello implica que la tarea es desentrañar cómo se da esta pujanza andina en momentos que cunde el neoliberalismo, la comunidad podría ser desarticulada, el agro va a su destrucción, desde las minas nacen ríos muertos, y un país del sur compra tierras y negocios al ritmo que aumenta sus fuerzas armadas. No por gusto la Carretera de Lima a Abancay, llena de peajes infames a cada milímetro, está llena de huecos y baches en el tramo de Lucanas y Galeras Pampa a Puquio, las paqarinas de José María Arguedas.

“Hatun antiman mayuqa apanman karqa. Almakunapa llaqtanman. Chay Lleras hinallata.” Con estas palabras, referidas a la opa doña Marcelina, podría terminar la versión quechua de Los ríos profundos, que al comienzo diría “Manchay niraqmi karqa wiswi machullaña kaspapas”. Pero he terminado el texto en una picantería abanquina al son de una tonada de rock. Luego de la represión a las chicheras y lejos de Huanupata una banda militar acompaña los paseos excluyentes de jovencitas y principales por las aceras de la plaza. Voy ahí para imaginar como Ernesto graba cada sonido mientras el markasqa busca nuevas amistades. Ahí donde se ha dado la primera prohibición municipal contra el racismo, la plaza ha dejado de ser un lugar exclusivo. Varios lustrabotas y una heladerita conversan cerca de mi banca. Al rato de sienta un joven. Estudia ingeniería de minas y ha sido lustrabotas. Sabe que no hay trabajo y el futuro es endeble. So much for Las Bambas. Es de Andahuaylas y ha leído Los ríos profundos en el colegio. El cuerpo del escritor ya está en su pueblo, le recuerdo. Sí, pero qué ha cambiado en Andahuaylas? Se va con una crítica radical a la apropiación estéril del cuerpo del escritor. Me pregunto si pasa lo mismo en la academia, con la diferencia que ahí el cuerpo es simbólico y el vacío se llena de palabras bambas sobre el otro, como si lo que Ernesto dice no estuviera tan cerca de nosostros chalhuanquinos tuykuq motes, abanquinos piki chakis y llapan llaqta puripakuq andinos.

Por eso el profesor de Cachora ha tenido Los Ríos profundos cerca suyo cuando luchaba con autoridades de su pueblo, y siente que Arguedas está con él cuando visita a un alumno preso por seguir el mismo deseo de justicia. Lo dice Eliazar Rodríguez Espinoza, quechua hablante, comunero y escritor, en la sección Arguedas y mi mundo de un ladrillo del IEP, el mismo que condenó Todas las sangres en una mesa redonda de 1965, sólo para que, décadas después, Aníbal Quijano dijera que occidente es también producto del trabajo y la riqueza indígenas.

Del antiguo internado, donde Ernesto cuenta de jóvenes mestizos con diferentes grados de cercanía y distancia a lo indígena, no queda nada. Los curas, últimos socios still in bussiness de la conquista, han puesto un colegio de mujeres. A unas pocas cuadras, que en la novela son una inmensa distancia social, está el mercado de Huanupata. Y más abajo, junto al Terminal de buses cama, y al lado de la casa del cantautor Wilbert Tamayo, las ruinas de Patibamba darían la impresión que el gamonalismo ha acabado, si no fuera porque aún existen grandes brechas aquí y en todas partes.

Pero ha llegado el primer ministro y habla cosas que no se entienden en el sonido borroso de la televisión analógica del hotel. Será que por ahí se quieren meter los moscardones de la novela cuyo vuelo describe Arguedas casi en cada movimiento de alas. O que Rosita de Espinar, los carnavales abanquinos, y Rio grande de Chalhuanca están sonado por todas partes.

El poeta Hernán Hurtado me ha encontrado en una cabina de internet y hemos hablado de literatura sin parar. De Federico la Torre, del Chillico, de Sara cosecho de Manuel Robles Alarcón, de James Oscco asesinado prematuramente, del Lunarejo comentando a Góngora, de la música en chicherías llenas de moscas, del aplastante sermón del cura a los colonos de Patibamba, y de la violencia en el internado que Hernán estudia en un artículo. El personaje que lo cautiva no es la suni chuqcha que auxilia a Ernesto en Patibamba, pero la rebelde doña Felipa, que desenmascara a los curas, dirige la rebelión y reparte sal a los más oprimidos. Desde cerca Arguedas se entiende a partir de las contradicciones sociales, y desde lejos bajo el supuesto que lo indígena es intraducible. Mas tarde, con Wilbert y Hernán nos hemos metido en una discusión sobre lo tradicional en el huayno. Acalorada, honesta, y fluctuante entre el temor de no perder lo ancestral y la sirena irresistible de lo nuevo.
Carnavales en la Pza. de Chalhuanca.

Hemos bajado al Pachachaka. Al puente sobre el río puente del mundo. Nombres yuxtapuestos como enigma en quebrada profunda sagrada desde antes. Chaytaqa musianallayki kachkan. Hasta ahí llega Ernesto en momentos cruciales, y por su arco liminal pasan doña Felipa y doña Marcelina. Una rumbo a la libertad y la otra a la muerte. Río, puente axial, canciones en quechua y el zumbayllo winku remiten en Los ríos profundos a lo sagrado, al claro espejo de nuestro ser personal y colectivo, a aquello que nos habla sacando de nosotros una ternura humanizante. Producto de una amplia inteligencia cósmica, esta sacralidad, que viene de una zona de inocencia incubada en el entorno indígena de Lucanas, y es acentuada por la articulación artística de un escritor profundo, contrasta tajante con la violenta religión oficial de los curas. Contrasta también con un mundo jerárquico e injusto.

Lo “sublime” designa un temor sagrado que repele, atrae y lleva a otros límites. Dudo en aplicarlo al Pachachaka, no sólo porque está asociado a un atávico goticismo rock, propio de los bares al lado de la Avenida Arenas, sino porque nada más lejano a la estetización gótica de la muerte, y el posterior romanticismo agónico, que la sacralidad de un lugar tallado por las aguas de millones de años. Cuál sería el término quechua que designa la belleza que remite a lo sagrado y el alma de una cultura? Qué nos dicen esas aguas cargadas de vida sobre la novela que las alude? En qué registros de epifanía menor se reunen tres creadores apurimeños hablando sobre el maestro? Tras sendas fotos emprendemos el retorno mientras pasa un auto con un abogado y una estudiante de Hernán rumbo a recodos placenteros de la otra banda.

Y ha llegado el momento de cerrar del todo el socavón iluso de la lectura utopista de nuestra cultura. Herramienta útil en los setenta, el “mesianismo andino”, que también alimenta Buscando un inca de Flores Galindo, ha devenido en recurso reaccionario para intentar encasillar al ande a un pasado estático. Si en la historia su secuela más brutal es negar la legitimidad del Taki Onqoy y las rebeliones indígenas, en la actualidad subyace a la antimetáfora del “perro del hortelano” y la “ley de la selva” que amenazan el centro vital de la comunidad: la propiedad colectiva de la tierra. Ahí se esconde una nostalgia señorial incapaz de contener las actuales articulaciones de sujetos dueños de su propios enunciados vitales y culturales. Al hacer más asequible la supuesta alteridad andina a la escritura, Arguedas ha abierto un camino donde ampliamos la univocidad de lo moderno a varias temporalidades simultáneas. Los andinos no buscamos ni un inca ni una teta asustada.

Ya en casa, Wilbert toca su temple baulín de corazón amplio. Cantamos Kondurchallay Aymaraes y Expreso Puquio Perez Albela. Hernán habla del tema de la despedida en las canciones antiguas. Me siento en casa. Pienso que desde Kuniraya Wirakocha, los doscientos pueblos de Ernesto y su padre, el cantor itinerante de la Mamacha Cocharcas, hasta los pasos golondrinos de Juan Ramírez Ruiz, el caminante casi forastero tiene mucho que decir y aviva la cultura. No puede, sin embargo, transitar páramos de lo intraducible. Pero es el rondín de Palacitos yendo quebrada arriba en busca del padre de Ernesto lo que marca la pauta. Vuelvo desde donde volví pasando por Chalhuanca rumbo a Lima y New Jersey, que es apenas una larga estación de tránsito.

2-18-09

(1) Una lectura multilocal de los Rios Profundos

EL RETORNO DE JOSÉ MARÌA. Niel Agripino Palomino

Continuando con la voz colectiva inaugurada por el maestro, Niel Agripino Palomino nos cuenta la historia de mama Justina, que hacia poco estuvo en el Wanupata kaminakuy. Chaytaqa Don Maximo Damianwan kompanana

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EL RETORNO DE JOSÉ MARÌA

 

Pese a estar totalmente vieja, ciega y enferma, Justina realizó lo que jamás había pensado antes: irse a Lima. Y no precisamente porque algún hijo considerado la hizo llamar para que pasara sus últimos años allá; sino, porque antes de morir quería reencontrarse con un hombre, a quien ella en sus años mozos le había desairado como enamorado.

—Él mismo en mis sueños me pide que vaya. Seguro quiere verme. Tal vez, ahora más que nunca está sufriendo—. Me dijo en quechua.

—No puede llamarte un hombre a quien despreciaste, mamá Justina— increpé a la vieja. Pero, ella:

— ¡Que sí! — con una seguridad de roca andina.

Le pregunté entonces que si alguna vez sintió algún afecto por él y si ahora lo quería. Justina se quedó muda un rato y tosió. Su rostro arrugado adoptó una actitud reflexiva y por fin me confesó:

—Claro que lo quería y lo quiero mucho, pero una fuerza extraña y poderosa aquella vez me forzó a decirle no. Y ahora, esa misma fuerza me empuja a ir por él. Vámonos, Chawaco, hijo mío. Él me llama y me dice que solo yo puedo terminar con sus tormentos y agonías. Vamos, acompáñame a Lima, por favor.

Por eso seguí a Justina o mejor dicho la guie como un pago por todo lo que hizo por mí. Pues, justo cuando la orfandad me cubría con su manto de desamparo, ella me extendió la luz del auxilio. Mis padres habían finado dejándome como a retama menuda que en pleno alud, se aferra con su única raíz a la tierra movediza. Seguro al verme así, huérfano de huérfanos, doblemente pobre como ella, Justina, quien no conoció a varón alguno desde que el hacendado la forzó en la toma de agua, me crio con la más extraña ternura, que solo una mujer ultrajada y negada para tener hijos puede sentir.

Todo iba de lo más normal durante ese tiempo, hasta que últimamente la anciana empezó a percibir en sueños aquellos llamados raros que desde Lima le hacía ese hombre. Motivada por ello, mamá Justina se volvió evocadora. Recordaba constantemente su infancia y adolescencia. Eran años cuando tenía vista, hermosura y una voz de torcaza; por eso, no solo fue la mujer deseada por los indios, sino también por los mismos mistis y, en especial, por ese niño misti con alma de indio que se enamoró perdidamente de ella. En las noches antes de dormir, Justina solía contarme, que ese niño aun siendo misti, hablaba nuestro dulcísimo runasimi, cantaba nuestras canciones y bailaba nuestras danzas como si fuera un indio más. De la misma forma, presenció el odioso maltrato que los indios sufríamos por parte de los mistis y él mismo soportó en carne propia dichos agravios. Me dijo también que ese niño, obligado por su padre se había ido de Viseca. Prometiéndoles a los indios no morir, si primero no contaba al mundo las tradiciones, creencias y sufrimientos y alegrías de los indios.

—Escribiré hasta del amor que te tuve Justinita sunqusuwa[1]. Y volveré—. Le había dicho a mi abuela.

Pero ese niño misti con alma de indio no volvió, ni mamá Justina tuvo más noticias de él. Hasta que el viejo charanguero Julio, oyendo hablar a mi abuela de sus sueños, una noche nos contó que aquel niño estaba en Lima hecho un respetado profesional. Al escuchar eso, Justina empezó a llenarse de caprichos para ir al encuentro con él. Por eso, fuimos hasta Lima en el Expreso Puquio Pérez Albela con el dinero que el viejo Julio nos prestó, aun sabiendo que por ser tan pobres, nunca le pagaríamos. A la salida de Viseca, los únicos seres que nos despidieron fueron unos tukus o búhos con su ulular malagüero y los zorrinos con su olor a muerte cercana de algún familiar. Una sensación más fría que la nieve del Karwarasu[2] se apoderó de nuestras almas. Aun así, continuamos el viaje.

Cuando ya llegamos a Lima, en el paradero o agencia que dicen, entre mucha gente que bajaba del carro, distinguí a un joven que vino de Puquio con nosotros. Este se acercó a un puesto de periódicos y se puso a leer. Después de un rato de consternación, empezó a llorar inconteniblemente cubriéndose el rostro con las manos. Al verlo así, me aproximé y le consulté el motivo de su llanto. A lo que él, lloroso y con palabras entrecortadas, me dijo que los periódicos informaban que había muerto su maestro José María Arguedas. Al escucharlo, no dudé que se trataba de ese misti, pues, tanto me había repetido mamá Justina esos nombres y ese apellido.

Asombrado y dolido me alejé del estudiante puquiano y fui al lado de mamá Justina. Ella estaba sentada en una banca de cemento, seguro sin presagiar lo sucedido. No sabía cómo decirle y esperé un buen tiempo, hasta que ella me apuró que fuéramos en busca del hombre. Entonces, temeroso de su reacción le dije en quechua:

—Mamallay, dicen que ese hombre por quien venimos acaba de morirse.

—Por eso me llamó entonces, ahora ya lo comprendo. Habemos pues personas que antes de morir, agonizamos mucho tiempo en espera de nuestro ser más querido y recién cuando sentimos su presencia nos morimos— dijo mamá Justina también en quechua. Yo esperaba otra reacción: un grito de dolor incontenible, un desmayo tal vez, pero no, extrañamente no ocurrió lo que temía.

Estábamos más solos que el cóndor del Parque de las Leyendas de Lima. Como esa ave habíamos dejado nuestra quebrada adorada y nos veíamos en ese candente arenal, sin un árbol donde colgar nuestras penas.

De pronto, mamá Justina me sorprendió:

—Al panteón, ruégale a alguien wawallay para que nos lleve al cementerio.

—No puedo le dije, ¿a quién no más pedirle eso?

—Suplícale, date mañas, Chawaco. Es importante que vayamos allá, porque tengo llevármela como sea. José María tiene que volver pronto a su tierra natal—, me dijo con una convicción absoluta.

El estudiante puquiano permanecía aún allí. A él me acerqué y le pedí que nos llevara al cementerio. En cuanto llegamos, comprobamos que había mucha gente. Entre esa muchedumbre, al medio, cubierto su cajón por bandera nuestra y de otros países, era cargado aquel que en vida fue José María Arguedas. En ese mar de gente, estuve con mi abuela y vi cómo fue su entierro. Profesores, estudiantes, periodistas y personas humildes de todas las sangres, se aseguraban un lugar para llorar. Y lo hacían con tanta dolencia como si estuvieran en el entierro del familiar más querido.

En esos instantes, impiándose las lágrimas con las manos, el estudiante puquiano tomó una lata de pintura y en el nicho de Arguedas escribió: “Kaypiraqmi Kachkani” (Aquí estoy todavía). Algunos mistis enternados tomaron palabra y hablaron también. Un indio como nosotros se abrió un espacio entre el multitud y habló. Fue un discurso en castellano salpicado de frases quechuas, pero muy doloroso y entrecortado. Al final de su intervención tocó en su violín el Yawar mayu, una melodía tan triste que multiplicó más nuestras lágrimas. En ese instante alcé la mirada con dirección a la Sierra. El cielo andino estaba negro y lloviendo como si estuviéramos en febrero. Y la negrura del cielo serrano, enlutó también el cielo costeño, luego al de todo el Perú.

Pasadas las horas, todos abandonaron aquel cementerio llamado El Ángel. Pensé que nosotros también haríamos lo mismo, pero mamá Justina me contuvo con fuerza y me llevó a ocultarnos en un lugar del camposanto. Cuando por fin todos abandonaron aquel lugar, salimos del escondite y fuimos hasta aquella tumba. Ya allí y a esa hora, mamá Justina empezó a llorar recién. Sus sollozos dolorosos me cortan las últimas fibras de mi alma y me arrancaron las lágrimas más gruesas. Cerré mis ojos llorosos y los froté con mis dos manos. Cuando los volví a abrir. Justina ya no estaba a mi lado. Extendí mi mirada por todo el cementerio y ni sombra de ella. Entonces la llamé y no escuché respuesta alguna. Ahí nomás, como el mal viento de las punas, el miedo entró a mi cuerpo hasta enfriarme. Aun así, la volví a llamar por su nombre fuerte, muy fuerte con las pocas fuerzas que me quedaban y solo escuché el silencio misterioso.

Mis piernas temblaban y mi cuerpo ya se iba al suelo. Fue entonces que una pariguana adulta y de gran tamaño apareció justo donde antes había estado Justina. La miré asombrado y cuando aún no salía del desconcierto, vi lo que jamás voy a olvidar. La tumba de Arguedas empezó a temblar, y de ahí mismo, salió un hermoso zorro. Se sacudió de la arena, estiró su cuerpo con fuerza, echó un aullido sonoro al cielo y con pasos firmes se trepó a la pariaguana. Esta se elevó inmediatamente con dirección a Andahuaylas. Y ahora están allí. Ella agitando sus alas sobre la laguna Pacucha, y él, caminando por sus orillas en eterna hermandad entre el cielo y la tierra.

 

[1] Que roba corazones.

[2] Karwarasu. Majestuoso nevado ubicado en Puquio.