Sami Kirki. Elvira Espejo Ayca / Julio Chalco

Luego de una reciente visita a Ollantaytambo junto a Elvira Espejo, Pablo Landeo y Dante Gonzales, Julio Chalco comenta “Sami Kirki” de Elvira Espejo. Notese los vasos comunicantes. arquetipicos, con los icaros de la amazonia, con cantos de Grau, los harawiys y el binarismo ritmico y sonoro de los cantos sagrados nativo americanos. Estamos todos conectados, y muy profundamente, camino a Hanan

Cuando niño, mi madre me decía que había una variante para hablar con los apus de tú a tú, una nota especial para impostar la voz, unas palabras exactas y univesales que nos podian conectar con ellos; y el río, la lluvia e incluso la granizada podían escucharnos y entender nuestras demandas. Una vez, en época de inundaciones, la vi pararse frente al Willkamayu, con los pies desnudos, las trenzas flameando entre la lluvia y el viento, los brazos abiertos de par en par, los ojos congestionados y la boca emitiendo una susurrante melodía que se combinaba con el murmullo salvaje y furioso de nuestro río. Era un canto personal, un reclamo triste y melódico que se hermanaba con la voz del río, como un tupanakuy entre ambos. Esa misma noche, el Willkamayu escuchó a su hermana y llevó sus furiosas aguas a la otra orilla, lejos de nuestra humilde casa de adobe (a medio construir). Ya más grande, en un pequeño trabajo de consultoría que hice en Santa Rosa de Huacaria, el primer bastión harambut – matziguenga de la Región Cusco, conocí a Don Alberto Manqueriapa, un sabio chamán que me explicó que los árboles curaban cualquier mal de la gente, pero había que pedirles la ayuda cantando, había que conectarse con el árbol mediante un canto schuwa para hablarle de la enfermedad y el proceso de su cura. Aquella era una bella melodía que, privilegiado yo, pude escuchar de boca de mi admirado Alberto y podría asegurar que durante su ejecución don Alberto hablaba con los árboles. Tiempo después, escuché un canto parecido en una sesión de ayawashka con otro chamán, que me dio una explicación similar: le canto un ícaro a la ayawashka. En Europa. los nórdicos tienen un canto parecido, una rara melodía hipnotizadora que convoca a los animales y espanta a los depredadores: se llama kulning.
Hago este pequeño comentario, a manera de introducción, porque hace una semana tuve la oportunidad de hacer un pequeño y maravilloso viaje al valle Sagrado con un grupo de amigos que visitaron la ciudad de Cusco, con motivo de la FIL Cusco 2019. Puedo decir con absoluta certeza que, aparte de disfrutar de la grata discusión que tuvimos dentro del vehículo, tuve la inmensa suerte de recibir de manos de la mismísima poetiza y artista boliviana Elvira Espejo el bello disco “Sami Kirki, Canto a los alientos sagrados” (su última grabación) y escucharlo durante el viaje: una sensación maravillosa que he vuelto a repetir en casa. En la introducción del álbum, Elvira explica que los cantos del disco son un homenaje a su abuela Gregoria Mamani, quién había escuchado cuando niña de boca su abuela Martina Pumala que “los cantos tenían tanta fuerza que podían responder al universo, por ejemplo el canto al sol en el mes de junio, el canto a las nubes en el mes de octubre, o el canto a la nueva producción en el mes de febrero”. Desgraciadamente, estos cantos que ahora sé que existieron y aún existen (el disco de Elvira es una prueba) van desapareciendo en la marea del olvido colectivo.
Elvira no es nueva en el canto, ya alguna vez la había googleado y descubierto el proyecto discográfico “Sonares Comunes” del músico boliviano Álvaro Montenegro y donde ella participa como cantante. Las 13 canciones del Sami Kirki son delicadas piezas musicales que transportan a algún lugar, siempre despejado, de nuestra inmensa sierra: huelen a río, luna, sol, noche, madrugada, ocaso.
Muchísimas gracias Elvira, mamaya, por este bello y oportuno regalo.
Tupananchiskama!

Papa tras la niebla. Julio Chalco

Desde la distancia, que suele remitirnos a momentos pristinos y fundantes de la infancia, Julio Chalco comparte un recuerdo de su padre en un viaje de retorno de Huyro a Sicuani, aludiando a la seguridad de su presencia en los primeros pasos de la vida y en la lejana Oviedo. Toca asi un motivo muy presente entre los ninos/ viejos andinos: la presencia y ausencia del padre, sus huellas en toda la vida. Algo que Julio tambien a tocado en su recuerdo de Sonia Yasmina. Yaqalla waqachiwanki.
Todavía nada entre mis recuerdos imprescindibles la lejana vez en que llegaste a Huyro y me rescataste de las manos de la bruja buena que era la tía Asunta. Estábamos los tres (ella el abuelo y yo) sentados frente al fogón de leña tomando un café renegrido del cuál sacaba siempre cantidades bíblicas de pequeñas hormigas ahogadas y cocinadas que habían llegado ahí junto al azúcar. Entonces entraste repentinamente por la pequeña puerta que da al patio, arropado como un ukuku qullana y cargado de enormes chutas. La emoción que sentí al verte se contrajo cuando vi la repentina mueca de tristeza de la tía Asunta que tuvo un amago de apoplejía y soltó el jarro desportillado ante semejante impresión.
Confieso que fue una dura despedida. Hablaste, explicaste y negociaste con ellos el resto de esa larga noche, mientras yo dormía acurrucado entre tus brazos viendo cómo los carbones de ese fogón se consumían inevitables como la vida misma.
Recuerdo, como si fuese hace un instante, aquellos pucheros incontenibles y los descomunales cabellos negros sueltos de la tía Asunta que flameaban como la bandera negra de la despedida, mientras nosotros subíamos sobre ese viejo camión cargado de frutas que treparía serpenteante las montañas para llevarnos de vuelta a Sicuani. Tiempo después… solo mucho tiempo después comprendería que nunca más vería a esa tierna anciana que solo quería hacerme feliz.
Luego el flashback de la memoria me pone sobre tus fuertes hombros que me hacen navegar entre una tenue neblina nocturna que corre hacia mí como un río de aguas vaporosas. Mis manos atenazan tu cabeza que mira hacía al frente. Tu voz me pregunta si estoy bien, contesto que sí. En ese trance, noto que hablas con “otros” de cuya presencia solo puedo notar por el coro irregular de sus voces y el sonido de sus pisadas sobre el barro. No tenía miedo. Siempre lo supiste ¿verdad? Sabía que estabas ahí abajo sosteniéndome y alimentando mi seguridad con tu voz y tus hombros de ukumari, incluso a la mañana siguiente cuando desperté y descubrí la serpenteante carretera por donde habíamos caminado… Aún estaba sobre tus mismos hombros.
Es curioso, pero en ocasiones, durante una de mis habituales caminatas, tengo la misma sensación de seguridad, cuando repentinamente me veo envuelto del tenue manto de esa niebla que usualmente se cierne sobre Oviedo o alguno de los parajes asturianos. Estoy como programado para pensar que estás ahí… aquí, a mi lado, cercano, oteando mis pasos, abriendo la neblina para mí. Te imagino decepcionado con mis desaciertos y alegrándote de esos pequeños triunfos que a veces llegan inmerecidamente a esta impredecible neblina que es mi vida. Pero vuelvo a la dura realidad y caigo en la cuenta de que ya no estás y esa duda no me permite caminar solo. Es entonces cuando te extraño ríos, bosques, niebla, voz guía… No lo puedo evitar.
Oviedo, junio de 2017