Yaku unupa yuyaynin por Julio Chalco

Que el wayki Julio Chalco haya encontrado Yaku Unupa Yuyaynin en el baratillo del Cusco es algo hermoso. Si en el mercdo se venden esplendidas  papas, que mejor lugar para un libro donde se les  rinde homenaje.  Muy acertada la comparacion de Julio de los nodos de la poesia de Hugo Carrillo con la de los quipus, que  al igual  que la poetica del espacio  no son sino poesia concreta. Vamos acaso  llegando a comprender que en fondo la poesia integral, tan cara a la generacion del 70 es la del espacio, los sonidos, los  tejidos y las alineacioens  cosmicas en donde el hombre se sumerge en carne y hueso, como lo  buscaban las Armas Molidas. Mas problematico es pensar que Blas Valera haya escrito la Nueva cronica. No creo que un cura se atreveria a reecribir, en espanol huambar y mejorado, la Biblia, como ocurre al inicio de la Nueva Coronica, nispalla nichkani.
10003438_10202345149524473_1010348895_nOtra vez “El baratillo” me ha regalado una tierna sorpresa. El sábado pasado, casi ahogado en una oleada de libros de segunda mano, hallé un curioso poemario cuyo título es “Yaku unupa yuyaynin” (Memoria del agua) del poeta apurimeño Ugo Carrillo. Digo curioso pos su inusual propuesta de edición; ya que aparte del cuidadoso trabajo de edición se ha adicionado una suerte de khipu que no solo sirve de separador (como inicialmente pensé), sino plantea una íntima relación con los versos contenidos en el libro. Y es verdad, cada verso, palabra, imagen hacen de “Nodo” metafórico, como lo ha sugerido mi hermano Fredy Roncalla (en la espléndida introducción que le ha hecho al libro), para formar parte de ese tierno khipu que son cada uno de los poemas que forman el libro. Por su parte los poemas también son los nodos temáticos que construyen y transmiten el discurso íntimo del poeta y la polifonía de voces quechua que esconde, pero que está, desde tiempos inmemorables.
Por otra parte esto de los khipus son un tema que había dejado hace muchos años, pero luego de mi feliz encuentro con un monumental estudio sobre Blas Valera, que trae consigo los originales de esas crónicas, nuevamente me he puesto a repensar si realmente los incas tenían escritura. La propuesta de Blas Valera (que la mayoría de académicos cree descabellada) pone en tela de juicio la autoría de Guaman Poma con respecto a “Nueva Crónica…” y el contenido de “Los comentarios Reales..” del Inca Garcilaso. Y es que la estructura y discurso del libro de Ugo Carrillo actúa como VASO COMUNICANTE con lo que propone Blas Valera. El libro de Carrillo es una suerte de khipu de papel, donde la correspondencia entre tema, versos e imágenes forman (explícitamente) un bello discurso quechua, que proponen una lectura a manera de qhipu. Unos ensayos sobre el libro abren el khipu-libro, anunciándolo, mientras que otro lo cierra (en los qhipus existen dos pequeñas cuerdas, en ambos extremos de la cuerda horizontal, que se usan para sostenerlos. La información importante esta entre estos dos lados, atada en cuerdas verticales con varios nodos que contienen, se creía, información matemática. El libro sobre Blas Valera me ha hecho pensar que que quizá no solo era eso.
Los que consigan el libro tienen que leerlo así, a la manera de un qhipu.

Don Hilario regresa en Todos Santos. Julio Chalco

Don Hilario regresa en Todos Santos

Una mañana de noviembre papá me llevó a la vieja estación del tren de Sicuani donde la gente agolpada y con las miradas clavadas en la entrada había alfombrado de mantas negras el piso de cemento. Todas las mantas llevaban sobre sí cantidades simétricas de frutas, granos multiformes, platos tradicionales y panes de formas exquisitas.

– ¿Qué es lo que hacen papá? – le pregunté algo intrigado.

– Esperan a sus muertos – me susurró ceremonioso mientras yo veía fascinado aquel espectáculo de colores y olores. La gente, que en su mayoría eran campesinos, reconoció a papá y le ofrecieron bocanadas de aguardiente que él recibía ceremonioso, mientras que a mí me llenaban de frutas, panes en forma de monedas y trozos de bizcochuelos.

– Si no les aceptas, se ofenden – me explicaba él, algo nervioso, cuando notó mi mirada inquisidora por la exagerada cantidad de alcohol que estaba bebiendo.

Fue aquella lejana vez donde papá me enseñó la importancia de esta celebración para la gente de mi región y que tiene mucho que ver con dos fiestas populares, de origen católico, que conforman una rara alquimia sincrética, mágico-religiosa en la zona andina del Perú: el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos que se realizan el 1 y 2 de noviembre respectivamente.

El Día de Todos los Santos se instituyó y extendió a toda la iglesia católica, en honor a todos los santos conocidos y desconocidos, gracias al papa Urbano IV (siglo IX), para que los católicos compensasen alguna falta a las fiestas ya institucionalizadas durante el año. Pero en realidad esta fiesta es un poco más añeja, ya que su consagración data del siglo VIII, cuando el papa Gregorio III hace construir una capilla en honor a Todos los Santos e institucionaliza su aniversario para el 1 de noviembre. Pero ¿por qué elegir ese día?  Se me ocurre pensar que fue para contrarrestar la festividad de Halloween (Día de las Brujas) que se celebra un día antes: 31 de octubre, aunque no tengo datos que corroboren esto, y además parece ser que esta última es posterior a la celebración católica. Por otra parte (y esto suena mucho más creíble) también puede estar relacionado con el ritual pagano de Samhain, el Día Céltico del Banquete de los Muertos que aún se realiza en Europa.

Llegados a América, los españoles se encontraron con que los aztecas, mayas y otros grupos ya celebraban a sus muertos desde aproximadamente 3000 años antes de su llegada. El Día de los Muertos, especialmente en los aztecas, estaba programado al inicio del noveno mes del calendario azteca, es decir a inicios de agosto y estaba presidido por el dios Mictecacihuatl (La Dama de la Muerte o La Catrina). Naturalmente los españoles se sintieron horrorizados por semejante celebración, que duraba todo un mes, y movieron las fechas de la celebración para hacerla coincidir con la celebración cristiana del Día de los Fieles Difuntos. Ahora dicha fiesta es la más grande que se celebra en México.

En el caso peruano existe un curioso antecedente narrado por Felipe Guamán Poma de Ayala (1615) en una de sus crónicas que dice lo siguiente: “Aya quiere decir difunto, es la fiesta de los difuntos (ayar macay quilla, “mes de los difuntos” en el antiguo Perú), en este mes sacan los difuntos de sus bóvedas que llaman pucullo, y le dan de comer y beber, y le visten de sus vestidos ricos, y le ponen plumas en la cabeza, y cantan y danzan con ellos, y le ponen unas andas y andan con ellas en casa en casa y por las calles y por la plaza, y después tornan a meterlos en sus pucullos dándole sus comidas y vajilla, al principal de plata y de oro, y al pobre de barro; y le dan sus carneros y ropa y los entierran con ellas y gastan en esta fiesta muy mucho.” Esto demostraría, desde el punto de vista histórico, que dicha celebración no estaba ajena a nuestros antepasados. Seguramente, al igual que con los centroamericanos, los españoles también se sintieron espantados con semejante ritual e igualmente acomodaron las fechas y la forma de ritualizar el evento.

Hoy en día ya no paseamos por las calles a nuestros muertos momificados, ni los depositamos en pucullos, ni gastamos en la ropa que deberían utilizar estos. La fiesta es mucho más compleja de lo que muchos imaginan y más mágica de lo que yo mismo pensaba.

En  la época en que papá estaba con nosotros la fiesta de Todos los Santos y los Fieles Difuntos significaba, en nuestro caso, ver la festividad desde la otra orilla, desde el lado de los “sin muertos”. Es decir cumplíamos solo algunas fases del ritual, menos la de recibir al muerto en la estación y tender su mesada en el cementerio. Todo cambió el día en que el muy pillo de papá decidiera dejarnos y cargarnos con semejante responsabilidad: la de amasarle sus panes, recibirlo con honores en la estación  y tenderle su mesada en el cementerio como dios manda.

Y es que algunas semanas antes de la llagada de nuestros muertos necesitamos agenciamos de los mejores granos de trigo para preparar el pan y las chutas, y de maíz para los maicillos. El día fijado para la preparación las colas son interminables en los hornos de leña que hay en nuestra ciudad. En esta etapa cada miembro de la familia amasa el pan sobre una descomunal mesa y amolda panes, wawas, caballitos, cuculis y más panes. Cuando el pan está en pleno horneo, los más jóvenes, nos dedicamos a batir los huevos con mandioca para los bizcochuelos, mientras mamá y alguna tía, que nunca falta, amasan la harina de maíz para los maicillos. La actividad termina normalmente de madrugada y tenemos que abandonar el horno, impregnados de un fuerte aroma a pan y cargados de canastas de carrizo que pesan una barbaridad. Días antes del primer día de noviembre, mamá se dirige al Mercado Central y regresa en un triciclo cargada de granos de maíz, habas, trigo y cebada; semillas de papá, año, oqa y olluco. Todo ello servirá para la mesada de don Hilario.

Recuerdo que el primer día de noviembre, cuando papá ya no estaba,  preparamos una comida especial y nos agenciamos de algunos panes, bizcochuelos, frutas y semillas, y nos dirigimos a la estación  de Sicuani para esperar a papá, que llegaba en el tren del medio día, y llevarlo a casa para celebrar su llegada en la noche (supe de esto la lejana vez en que papá me llevó a la estación). Cuando llegamos solo hallamos a un par de familias de campesinos nostálgicos que, al igual que nosotros, venían a recibir sus difuntos. Fue hasta aquella remota mañana donde caímos en la cuenta de que el tren del medio día ya no paraba en nuestra ciudad y que la vieja estación había cerrado hacía mucho tiempo; quizá por culpa de la modernidad. El tren del medio día pasó  sin posibilidad de parar y en su interior solo pudimos ver algunos rostros emblanquecidos y fantasmales, que nos miraban curiosos mientras nos disparaban con su odioso flash. Ninguno era papá.

Algo derrotados, regresamos a casa y velamos el recuerdo de papá durante esa noche. Al día siguiente (2 de noviembre), renovados nuevamente nos dirigimos al cementerio de San Felipe. Allí al pie de su lápida, que usamos como mesa improvisada, tendimos una descomunal manta negra, como la costumbre lo ordenaba, y acomodamos simétricamente puñados de granos, semillas, frutas y panes. Todas estas cosas las distribuimos en un orden significativo: Las wawas, caballitos  y  cuculis los colocamos en la cabecera junto a las cebollas en flor y las coronas. Seguidamente, casi al medio de la mesada, colocamos las frutas y los dulces que le gustaban a papá. Finalmente, casi al pie, situamos en puñados las semillas y granos.

El día dos de noviembre todos los “con muertos” celebramos en el cementerio junto al difunto hasta al atardecer, entre música, cerveza, chicha, aguardiente y abundante comida. Durante el ritual dedicado a papá toda la gente que lo quiso se acercaba y soltaba alguno que otro rezo. Nosotros agradecíamos el gesto con vasos de cerveza, aguardiente y platos de comida. En esta ocasión nunca faltan los “rezadores profesionales”, con pinta de ekekos, que pululan por el cementerio. Muchas familias se disputan, incluso con violencia, los favores de dichos personajes que rezan sus oraciones entre mascullos, gritillos y chorros de agua bendita, y cargan con casi todo lo que hay en las mesadas.

Fue hasta la muerte de papá que entendí el verdadero significado de las mesadas y la importancia que estas suponen para el difunto. Mamá me lo contó y nunca más lo he olvidado.

No entiendo para qué colocar tanta tontería sobre la tumba de papá, si él no disfrutará de todo eso, le dije con cierto fastidio a mamá. Aún no entiendes el significado, contestaba con mucha calma, mientras me invitaba a sentarnos al costado de la tumba de papá. Si llegas de un largo viaje ¿cómo te gustaría que te recibiéramos?, preguntó mirándome fijamente a los ojos. Me gustaría que se alegrasen, contesté apresurado. Seguramente pedirías que cocine tu plato favorito ¿No es así?, contraatacó mamá, inundándose en una risa pícara. Sí, respondí con severidad, pero ¿qué tiene que ver eso con papá? Él ya está muerto, dije. Eso no significa que no pueda visitarnos, respondía sin inmutarse. Ahora llega de visita, como los demás difuntos. Entonces hay que preparar su llegada, pero mucho más importante es su ida. He allí la verdadera razón de esta mesada. No entiendo la última parte, dije sin estar convencido. Don Hilario nos acompaña hoy, pero tiene que irse al atardecer, antes de que anochezca, explicaba. Se irá nuevamente por un año y para eso debe provisionarse de comida y tomará la que está en la mesada. Pero como no puede llevar tanto en sus espaldas, tú le hiciste un caballito fuerte que trasladará lo que no pueda cargar. Pero no puede irse solo, alguien tiene que acompañarle en su camino. Nosotros no podemos hacerlo, porque no pertenecemos al mundo de los muertos, pero las wawas sí lo pueden hacer por nosotros. Las cuculis, que con tanto afán amasaron aquella noche, cantarán durante su camino ¿Aún sigues creyendo que no tiene sentido?, concluyó.

No supe qué contestar a mamá. Estaba tan avergonzado por lo que había dicho, que solo se me ocurrió acercarme más a la tumba de papá y devolverle el libro de “Songoku”, que guardaba en la mochila, para que lo pueda leer por mí durante su regreso a ese mundo.

Desde esa vez hemos intentado repetir esta bella tradición que la gente de mi pueblo aún conserva. Muchos creen que el verdadero enemigo de este ritual mágico-religioso es la modernidad. No estoy de acuerdo. No creo que lo uno con lo otro se contrapongan. Así las lápidas sean cápsulas espaciales y ya no hayan cementerios distritales o la comida sea comprimida; nuestros muertos seguirán visitándonos para provisionarse de nuestro recuerdo. El olvido y no la modernidad, es su más grande enemigo.

 

Cusco, agosto de 2011

Bibliografía

Guamán Poma de Ayala, F. (2007 [1610-1615]). Nueva crónica y buen gobierno. Lima: Fondo de Cultura Económica.

Ramos, L. (1998). Culturas clásicas prehispánicas: Las raíces de la América indígena. Madrid: Anaya.

“Comunidades Originarias: Nación Ch’umpiwillka, Manam Chinkanchisraqchu” . Julio Chalco

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El día jueves 19 de septiembre de 2013, a las 7 de la noche, será presentado en el Centro de Convenciones de la Municipalidad del Cusco: Salón Pisaq, y en ceremonia especial, el libro “Comunidades Originarias: Nación Ch’umpiwillka, Manam Chinkanchisraqchu” de Victor Laime Mantilla.

En su libro, Victor Laime Mantilla propone una interesante tesis, la de demostrar la plena vigencia de las identidades locales de los andes en general y de los pueblos que conforman la nación Ch’umpiwillka en particular. En esta línea, todos los capítulos del libro, en especial los dos últimos, se dedican a cuestionar “aquellas ideologías uninacionales y monoculturales que nos hicieron y siguen haciendo tanto daño” (Laime, 2013: 12), lo que, a la manera arguediana, le lleva a proponer una prurinacionalidad acorde con la cosmovisión andina, y las de las otras culturas milenarias asentadas en nuestro territorio.

Las páginas del libro recorren sendos documentos históricos  del siglo XVI al XVIII y fuentes orales locales, en busca de una explicación histórica sobre el origen de las Comunidades Originarias de lo que él acertadamente denomina Nación Ch’umpiwillka. En esta implacable búsqueda nos muestra datos fidedignos que nos explican, a la par de su tesis, una maquiavélica realidad planificada intencionalmente desde la colonia, y cuyo objetivo aún se sigue practicando al pie de la letra: la minorización y posterior desaparición (lingüística, social y étnica) de las comunidades originarias.

Otros aportes importantes del libro son las nociones de ayllu, llaqta o marka, cuyas diferencias sirven para explicar costumbres ancestrales y modos de vida. Por otra parte, los datos apuntan a demostrar que posiblemente en esa provincia se hablaron mas tres lenguas indígenas: quechua, aymara y el ch’umpiwillka (una lengua desaparecida)

Por todo ello pensamos que “Comunidades Originarias: Nación Ch’umpiwillka, Manam Chinkanchisraqchu” es un significativo aporte para investigadores, historiadores y lectores en general, además de “actualizar” el panorama editorial de nuestra región que de un tiempo a esta parte de muestra desértico.