Los caminos de la Poesía Quechua . Julio Noriega

Hace poco, en UyaBook tuvimos, a partir de una publicación de Atuqpa Chupan de unos poemas iniciáticos, una interesante conversación  acerca de si es conveniente promover a poetas quechuas que  recién empiezan el camino y aun no logran una voz  que vaya mas allá de  dividir motivos recorridos en versos yanqa yanqa. Esto lleva a pensar que si bien  el del quechua y las lenguas indígenas es uno de los territorios poéticos potencialmente mas fértiles del momento, hace falta  una reflexión critico  creativa, que  nos lleve a un florecimiento que rompa con las amarras de la subordinación. Tarea feliz para la cual ya contamos con reflexiones valiosas como la de Julio Noriega que comparte unos apuntes  sobre el tema  dados en una charla en Sn Marcos el pasado 17 de octubre. Nótese la importante reflexión en  torno a la autoría y  las trampas del ego  y el y colectivo. Chaytaqa allintan hamutananchik.

 

Los caminos de la Poesía Quechua

Julio Noriega

Knox College, USA.

 

  • Esta presentación se realiza gracias a la ayuda de tres trabajadores constantes en la investigación y difusión de literaturas indígenas en el Perú: Manuel Larrú, Gonzalo Espino y Dante González. Gonzalo y Manuel en el ámbito universitario, Dante en el de los libros. Manuel y Gonzalo como maestros de generaciones en aulas universitarias y en congresos académicos, Dante como editor de Pakarina y participante en ferias de libros y otros eventos. Pues, aprovecho esta oportunidad para felicitarlos por este honroso trabajo en beneficio de las lenguas y culturas indígenas.

 

  • Además, para mí, Gonzalo y Dante son consejeros de trabajo. Con ellos me es posible hablar de proyectos, discutir ventajas y desventajas de ciertas aventuras de investigación, en fin, gracias a estos dos amigos en el Perú y, a Fredy Roncalla fuera del Perú, me es posible también solucionar dudas y dilemas que nunca faltan. Así es que ahora estoy de nuevo en San Marcos, con vosotros, para hacer un alto y reflexionar sobre la poesía quechua y también para agradecerles, de manera muy especial, a todos por su asistencia y, a Manuel, Gonzalo y Dante, por ser los gestores y realizadores de este evento.

 

  • Los caminos de la Poesía Quechua intenta dar una idea del trayecto que ha seguido la poesía quechua del siglo XX y el de los primeros años del XXI; en este sentido, busca también resaltar algunos hitos, comentar aspectos que considero importantes y, sobre todo, contrastar cambios relevantes.

 

  • Empecemos con el ámbito de la poesía quechua. La poesía quechua en mi opinión ha conseguido instalarse en el ámbito de la escritura sin abandonar su ámbito oral. Cuando en 1993 publiqué mi antología de poesía quechua me sentí forzado a ponerle como título poesía quechua escrita, algo que ahora suena redundante porque creo que la poesía se ha establecido como tradición escrita y su referencia no se confunde ni se mezcla como antes con el canto. Ahora podemos decir que en quechua el canto es canto y poesía, poesía sin mediación alguna. Ya no es asunto en el que todavía la verdadera poesía quechua remitía al espacio poético del canto.

 

  • Es evidente que hasta hace poco, y tal vez para conseguir su reconocimiento en el campo de la escritura, la poesía quechua, por lo menos en el Perú, buscó realizarse, en cuanto a su difusión y desarrollo temático, completamente alejado del canto. Los compositores como Ranulfo Fuentes y Carlos Falconí se han difundido enteramente en el mundo del canto y nunca han formado parte de la poesía. Además, la poesía se ha mantenido totalmente alejado de los temas de la violencia política. Recién ahora, con Fredy Roncalla, que escribe poesía mientras escucha canciones en quechua y que hasta copia fragmentos de canciones en su poesía, y con el poeta quechua y compositor Carlos Huamán, la poesía y el canto quechuas van acortando distancias en cuanto a su creación, pero que conste, este acercamiento no es en cuanto a su difusión ni en cuanto al desarrollo del tema de la violencia política.

 

  • Otro aspecto interesante es notar que hasta el siglo XX la poesía quechua contaba con autores míticos y legendarios como los interesantes y aún misteriosos casos de Juan Wallparrimachi e Isidro Condori. Una especie de autor mágico el primero, un autor que a lo largo de casi dos siglos pasa, poco a poco, de tener un par de poemas a contar con casi dos docenas de poemas bajo su autoría. Y el segundo habría sido un amigo de Ángel Avendaño en la prisión del Cusco, un qorilazo, un wakachuta y monolingüe quechua que no sabía leer ni escribir, un nombre bajo el cual alguien como Avendaño u otro cualquiera habría escrito los poemas que se difundieron con su autoría. Ahora en cambio, desde finales del siglo anterior y principios de éste, los autores de poesía quechua son tan reales, tan de carne y hueso, cuya biografía suena algo menos misteriosa en comparación con la de los legendarios. Ya ni siquiera hay curas como Felipe Beltrán, casado con una india, y me imagino que creía en los indios más que en Dios.

 

  • También existe una forma de producción individual de poesía quechua que es polémica y tal vez algo sensible. El siglo XX está plagado de poetas con seudónimo. Como Andrés Alencastre, cuyo nombre real representaba, para mí, su identidad de hacendado blanco y Kilko Waraka, su seudónimo y su alter ego, que más bien remitía al papel de cuentero un quechua exquisito. Los poetas más actuales en cambio ya no necesitan de ningún seudónimo, prefieren su nombre propio y parecen estar muy cómodos y libres de contradicciones entre su identidad cultural quechua e hispana. Pero, yo sigo viendo que ese desdoblamiento de antes sigue presente, aunque de otra forma menos obvia y mucho más sutil y elaborada en algunos poetas quechuas. Me refiero a la presencia de una especie del yo quechua y el ego hispano o español. El yo se identifica con todo lo subversivo que significa escribir en quechua y el ego es, por el contrario, la obsesión por el renombre, la búsqueda de prestigio y reconocimiento, algo así como el deseo de ser la única estrella que brilla en el mundo académico y poético. Voy a pedir a la audiencia el favor de eximirme de citar ejemplos. Y de ser necesario puedo dar ejemplos de casos inversos. Gonzalo que es el único poeta modesto y humilde que conozco y Dante que tiene poemas en quechua y que rehúsa ser reconocido como poeta, tal vez porque sabe que el mundo quechua es más importante hacer cualquier otra cosa que oficiar de poeta.

 

  • Es inevitable en la poesía quechua hablar del monolingüismo, bilingüismo o inter-lingüismo diglósico. Sabemos que no hay poeta ni lector monolingüe quechua. En ambos casos se trata de estrategias de escritura y de lectura que de manera autodidacta ejercen hablantes bilingües del quechua y del español. En otras palabras, la poesía actual quechua excluye a los monolingües quechuas por no saber ni leer ni escribir, pero sí es escrita y leída, con limitaciones por cierto, por los bilingües, académicos en español pero analfabetos en quechua. Aclaro que no digo ágrafos sino analfabetos y, en este sentido, el quechua mismo es una lengua oral por excelencia. La solución vendría, por supuesto, con la escolarización del quechua, pero mientras tanto esta diglosia literaria es, a diferencia de la diglosia lingüística, rica, productiva y, sobre todo, creadora.

 

  • Finalmente, y creo que para bien, hay una continuidad en el aumento de publicaciones de antologías de poesía quechua que de haber circulado antes en versión monolingüe español, como recopilaciones de poesías quechuas traducidas al español y mayormente no contemporánea sino pasadista, ahora circulan en su gran mayoría en versión original quechua, acompañada de su traducción al español, es decir en versión bilingüe. Además, ahora tenemos antologías departamentales como la del Cusco y la mejor y última que acaba de aparecer, la de Huancavelica, preparada prolija y seriamente por el poeta quechua Isaac Huamán. Sin embargo, aún falta una antología comprensiva de la producción poética quechua en Ecuador y en la parte norte de Chile y Argentina. Por cierto, también hace falta una antología de poetas sanmarquinos, que hay tantos y tan buenos poetas y que puede superar a muchas otras de su género.

 

Lima, 17 de octubre de 2019.

“POESÍA QUECHUA EN EL PERÚ” DE JULIO NORIEGA BERNUY: UN LIBRO QUE REIVINDICA AL QUECHUA. Niel Agripino Palomino Gonzales

 

 

19944244_1533373130070673_6316335545539932052_o“POESÍA QUECHUA EN EL PERÚ”: DE JULIO NORIEGA BERNUY UN LIBRO QUE REIVINDICA AL QUECHUA

 

  1. EL AUTOR. El autor de este voluminoso libro que esta noche presentamos se llama Julio Noriega Bernuy. Él, sin lugar a dudas, es el más destacado especialista de la literatura quechua a nivel nacional e internacional. Su tesis de doctorado sobre poesía quechua y los dos voluminosos libros titulados Poesía Quechua en el Perú y Poesía Quechua en Bolivia son la prueba de lo que se afirma. Él es bachiller y Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es también magíster y doctor en Literatura por la Universidad  de Pittsburgh – Estados Unidos. Ha sido profesor de Literatura en las universidades del país y también en las universidades Indiana, Notre Dame, Wisconsin, Denison y Knox College, donde actualmente sigue siendo docente. El año de 1994 su libro de ensayo Buscando una tradición poética quechua en el Perú obtuvo el galardón Letras de oro al mejor ensayo estadounidense escrito en lengua castellana. Al año siguiente ese ensayo ganador fue publicado por la Universidad de Miami. El Dr. Julio Noriega ha publicado además de los mencionados, los siguientes libros: Escritura quechua en el Perú (2011), Caminan los Apus, escritura andina en migración. Su última publicación es Cine andino (2015). Como verán, por lo mencionado se trata de un verdadero docto o sabio en literatura quechua. Ahora, ¿de dónde es él? De Acochaca = Puente de arena. Así se llama la comunidad de donde procede nuestro autor. Y, ¿dónde queda eso? Acochaca queda en Ancash – Perú. Esta procedencia campesina es, seguramente, la prueba palmaria de su amor por el quechua y por lo más sublime de esa lengua: su poesía, sus takis y sus harawis.

 

 

  1. EL LIBRO. En más de 614 páginas, este libro es la más completa muestra de la poesía quechua escrita en el Perú. Como el mismo autor lo advierte, no es exactamente una rigurosa selección bajo los cánones de la poética occidental; es más bien una recopilación, una exposición del runa que se detuvo un instante para escuchar los latidos de su corazón y trasladar cada palpitar a la hoja en blanco y de esa forma desafiar la inmortalidad. Aunque muchos de los que aparecen en esta antología no llegaron a publicar un poemario, su poesía escrita en quechua, en muchos casos andaba desperdigado por los oscuros recovecos de las bibliotecas y las hemerotecas, aborrecido por los bibliotecarios y condenados al olvido. Poetas quechua sí, pero marginados por los Dukturkuna, para decirlo con la voz de Arguedas, aquellos que desde su visión criolla, capitalina, por más que lo hubiesen visto, jamás se hubieran dado la molestia de leerlos. En este contexto, lo labor realizada por Julio Noriega es una gesta que cual inkarri grueso riachuelo alimenta el esperado inkarri. El libro pudo haberse llamado la palabra del mudo porque es la voz de los sin voz. Es la voz silenciosa y silenciada durante centurias. Lo que hizo Noriega estar juntar esas voces disímiles en un solo grito parecido al retumbar de nuestro dios Illapa. A guisa de introducción le precede un sesudo ensayo sobre la poesía peruana, en ella, Noriega Bernuy, dice sin ambages: “Se difunde que lo indígena está aceptado, reconocido; también se dice, en teoría, que sus valores son símbolos representativos y constitutivos de la verdadera identidad nacional peruana. Sin embargo, en el fondo de muchos sectores hay un desprecio latente, que a veces se agiganta, contra ellos y contra todo aquello que no sea de inspiración occidental. Si por contadas exigencias del proceso histórico alguna expresión cultural indígena se ha incorporado marginalmente al elitista repertorio nacional tuvo que ser, previamente, objeto de condicionamientos, deformaciones y reducciones occidentalizadoras: siempre se la ha idealizado y ubicado en el pasado remoto, en el folklore y lo artesanal, nunca en su real dimensión de actualidad, vitalidad y autenticidad.”

 

De la misma forma, Noriega nos advierte sobre la vertiente oral de la poesía quechua que cantan los quechuas, y de la vertiente escrita que redactan los mestizos; habla de cómo estos poetas se apropiaron de la escritura; habla del sujeto productor de poesía quechua y dice que este está ligado al quechua y al occidental y que usa pseudónimo en quechua; por ejemplo, Kilku Warak’a, Kusi Paucar, Chantay Achalmi. Más adelante, afirma Julio: “La poesía quechua escrita es una literatura cuya producción y recepción se realizan fuera del ámbito auténticamente indígena. Es producto urbano y tampoco llega al sector monolingüe quechua […] La falta de una infraestructura apropiada que permita su difusión, los pocos lectores bilingües (quechua – español) que prefieren leer en castellano y la imposibilidad de contar con el propio sector indígena, no alfabetizado, impiden un diálogo literario óptimo…”.

El presente libro Poesía quechua en el Perú, empieza con la huancavelicana Dida Aguirre y culmina con el cusqueño Luis Aureliano Zárate. Entre estos dos poetas están los más conocidos y clásicos poetas quechuas como el cusqueño Andrés Alencastre (Kilku Warak’a), los apurimeños José María Arguedas, Lily Flores Palomino y William Hurtado de Mendoza, los ayacuchanos César Guardia Mayorga y los hermanos Meneses y el huancaíno Eduardo Ninamango. Además de los dos autores anónimos, según la cantidad de poetas, el orden de producción poética es el siguiente: Cusco con 16 harawikus, le siguen 9 vates ayacuchanos, 4 puneños, 4 apurimeños, 2 huancavelicanos, 1 huancaíno, 1 ancashino y 1 chalaco. Como se ve, para beneplácito de los qosqorunas, los resultados arrojan al Cusco como la región con más producción poética en quechua, y de otro modo lo podía ser. En lo referente al género, son 34 varones y 6 mujeres poetas quechuas.

Estos resultados también tienen una interpretación lingüística: 1) las regiones mencionadas son justamente aquellas donde el quechua tuvo un fuerte arraigo y que aún persiste en la interacción cotidiana de sus hablantes. Y lo más triste, Cajamarca y Arequipa, regiones con quechua-hablantes, no tienen poetas representativos al parecer. 2) Asimismo, los poetas de cada región, a falta de una estandarización de la escritura quechua, han escrito según sus propias grafías como muestra de que no solo la cultura quechua sino el mismo runasimi está muy fragmentado. Así, algunos escriben el sonido fricativo dentilabial sordo con H y otros con J. Unos escriben con apóstrofo y otros sin ello. Esto, como nota el autor, es un impedimento para la fluida comunicación entre los lectores o receptores. Y, la única salida de este problema a nivel de la escritura es la estandarización de las grafías, solo así tendremos un quechua unificado y vigorizado.

En el prólogo de este libro, el mayor teórico de la crítica literaria peruana, el creador de la heterogeneidad para entender la literatura peruana, don Antonio Cornejo Polar dice: “Le tenemos que agradecer el haber echado luz suficiente sobre un lado oculto de la literatura peruana y el motivar, con toda conciencia, una reformulación de la imagen misma de nuestra literatura. Con los años este libro será referencia obligada para comprender la radical heterogeneidad – que es desgarramiento y plenitud- de la literatura del Perú”. Creemos que con esta segunda edición, lo vaticinado por Cornejo Polar se cumple y seguirá dándose en las aulas universitarias, pero, también en nosotros los quechua – hablantes, hermanos de Quillabamba. Seguro, ustedes al tener el libro en sus manos harán llegar a los labriegos quechua – hablantes monolingües de Vilcabamba, de Huayopata, de Chaupimayu, etc. donde el quechua sigue vivo. Entonces diremos que estos harawis han llegado a su ansiado y real receptor. Y esto, le alegrará a Julio Noriega Bernuy.

 

  1. LA SEGUNDA EDICIÓN DEL LIBRO

 

Conocí a Julio Noriega en Cuzco por intermedio de César Aguilar Peña, el gran Chillico. Desde entonces me honro con su amistad. Era el año 2015. Aquella vez, él nos confesó que la Dirección Desconcentrada de Cultura – Cusco, en la persona del laureado narrador cusqueño Luis Nieto Degregri, iba a reeditar de este valioso libro. Y así fue, la impresión se inició en la en el periodo de Nieto. Lo que ha hecho esta nueva gestión aquí con el poeta y antropólogo Gonzalo Valderrama a la cabeza, también presente aquí esta noche, es concluir con el mágico y encantador proceso de edición. Sí señores, la etapa final de la edición del libro es su presentación pública, ese ritual en que como pan caliente el autor o editor entrega al lector el libro impreso. (Recuerden que al final de la presentación se les va a obsequiar este libro).

 

Ahora, ¿por qué se debe editar libros como este? ¿Para qué poesía en tanta pobreza y exclusión? Como se interrogó hace mucho el alemán Horderling. Respondemos: 1)       Porque editar un libro que contenga poemas quechuas es reivindicar a nuestra cultura milenaria y a nuestra lengua; es contribuir poderosamente al fortalecimiento de la identidad cultural de nuestros niños y jóvenes; es contribuir con la resistencia de nuestra cultura; es tomar la vanguardia en la liberación, descolonización y refundación de nuestros pueblos. 2) Y se escribe poesía en la pobreza y en exclusión; porque la poesía es la única riqueza que tiene el pobre y desprecian los ricos; porque la poesía es grito de esa pobreza y denuncia de esa exclusión, sino pregunten a Vallejo, a Euguren, a Basho, a Cervantes, a Dostoievsky, etc.

 

Por todo lo dicho, agradezco al autor Julio Noriega que ahora está lejos, en EE. UU. exactamente, pero que su espíritu quechua, dicharachero y sabio nos acompaña, por haberme dado el privilegio de comentar este libro suyo. De igual manera, felicito a la Dirección Desconcentrada de Cultura – Cusco en la persona de Gonzalo Valderrama y Carmen Macedo por entregarles esta noche este mayt’u de takis y harawis para aliviar nuestras almas atribuladas o para sensibilizar esas almas petrificadas con emotivos y bien logrados poemas como estos que voy a leer en nuestra lengua ancestral…

 

Quillabamba, Ciudad del Eterno Verano, 06 de julio de 2017

EL TRABAJO DE CAMPO
 EN LA POESÍA QUECHUA ESCRITA. Julio Noriega Bernuy

Kaymi  iskaynin Poesia Quechua en Boliviamanta qallarina pata, kikin waykinchik Julio qellqasqan. Kusa.

EL TRABAJO DE CAMPOEN LA POESÍA QUECHUA ESCRITA

Julio Noriega Bernuy

 Knox College

Hace tres décadas me inicié en el estudio de la poesía quechua escrita. Primero en la peruana, después en la boliviana. Me iba a las bibliotecas nacionales y universitarias de Lima a ver qué podían ofrecerme, pero pronto me di cuenta de que en ellas no iba a encontrar lo que buscaba. Entonces empecé a archivar las escasas publicaciones escritas en que- chua que conseguía a través de amigos provincianos y de vendedores ambulantes como si se tratara de materiales incunables. Folletines, pla- quetas, revistas y ediciones de libros a mimeógrafo quedaron custodia- dos en un baúl viejo que tenía, a la espera de encontrar el momento y la oportunidad de dedicarme a su lectura y estudio sistemático.

La preparación del presente libro ha seguido un camino sinuoso, di- latado en el tiempo y rico en experiencias. Se inició en 1993, en La Paz, y se prolongó en otro viaje más largo por las ciudades de Potosí, Sucre, Oruro, y una estancia de varios meses en Cochabamba. El entusiasmo por la cantidad de materiales recogidos y la oportunidad de conocer a es- critores quechuas supusieron un acicate para tener concluido gran parte del libro en 1998 de vuelta a mi trabajo en Indiana, Estados Unidos. Sin embargo, en buena medida por motivos laborales, el proyecto hubo de ser interrumpido pero nunca olvidado, hasta este año en que decidí venir a Cochabamba de nuevo y concluir de una vez este plan de investi- gación que durante tanto tiempo me había acompañado.

Como ya he referido, no se trataba de mi primer itinerario de esta naturaleza por Bolivia, aún así necesitaba aclimatarme al nuevo espa- cio por lo que decidí hacer un viaje sin premura de reencuentro con los escritores, el paisaje, la naturaleza y el modo de vida andino. Tras dos semanas en Lima organizando materiales y estableciendo contactos con posibles informantes, llegué por tierra a Huancayo, con un itinerario de visitas a las comunidades de burilados de mate y a la feria dominical.

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Tenía la ilusión de tomar allí el tren macho hacia Huancavelica, el que según los huaynos de la zona “sale cuando quiere y llega cuando puede”, pero estaba fuera de servicio en aquellos días. En Huancavelica la altu- ra se ensañó conmigo. Sobreponerme a este peaje andino me fortaleció. Pude llegar a Ayacucho, ver las ruinas de Wari y la plaza de Huanta. Unos días después, en Andahuaylas, visité la casa natal de José María Arguedas y la tumba donde se han depositado sus restos, también dis- fruté del encuentro con el grupo de teatro quechua de Luis Rivas. Si- guiendo la travesía de la “mancha india” desde Andahuaylas, llegué a la entrada de Abancay, lugar en el que comienza la ruta de Los ríos profun- dos, un sendero paradisíaco que baja desde el barrio de las chicheras en Abancay hasta el puente de Pachachaka. La siguiente etapa del viaje me llevó al Cusco donde, interesado en las imágenes artesanales de la virgen preñada y de personajes con cuello largo como el de las llamas y alpacas, visité el taller de la familia Mendívil en el barrio de San Blas. Ya en Puno, pude comprobar cómo las islas flotantes de los uros y la isla quechua de Taquile se han adaptado al negocio del turismo ofreciéndoles sus pro- ductos de artesanía y excursiones cortas por el lago Titicaca a bordo de los caballitos de totora. Así pues, esta vez había entrado a Bolivia por Kasani y después de algunos días de estancia en Copacabana y en La Paz, llegué a Cochabamba.

El largo periplo de mi reencuentro con el mundo andino del Perú y Bolivia me había devuelto a Cochabamba justo un día antes del re- feréndum sobre la reelección de Evo Morales, unos días después de la entrega del Premio Internacional Linguapax 2015 al jesuita Xavier Albó por su trabajo en favor de la educación en las comunidades indígenas bolivianas, y unas semanas previas a la feria anual internacional del libro en esta ciudad. No hubiera podido encontrar una coyuntura cultural y política más oportuna para mi trabajo de campo, lo que aumentó mi entusiasmo y me generó interesantes expectativas.

La última vez que había visitado Cochabamba, Inge Sichra me con- fió su manuscrito Tradición quechua en Bolivia: cantos y cuentos (1985). Los útiles datos biográficos y bibliográficos de este documento, que para sorpresa mía se mantiene inédito, me sirvieron de guía para ahondar en mis pesquisas de entonces. De igual manera, en esta ocasión, a tra- vés de su mediación he podido entablar contacto con personas de las que yo ya tenía conocimiento, como la nueva generación de escritores y cultores de quechua. Sin embargo, mis averiguaciones en Cochabamba, Sucre y Potosí, confirmaron la advertencia que Sichra me había hecho: las actividades literarias en quechua que hace dos décadas se llevaban a cabo con frecuencia, no habían conseguido mantenerse hasta el pre- sente, habían desaparecido y casi nadie escribe ahora en quechua como antes se hacía en Bolivia. Las mujeres en la vanguardia de la poesía que- chua boliviana en Cochabamba habían muerto durante los últimos años: Emma Paz, Alicia Terán y las hermanas Revuelta. El panorama en otras ciudades como Sucre o Potosí no es más alentador; Mamerto Torres, quechuista y ahora profesor jubilado en Sucre, me recomendó que me quedara en Cochabamba ante la dificultad manifiesta de encontrar en otros lugares publicaciones de poesía quechua. Explica mejor esta situa- ción un pasaje de su correo electrónico ante mi insistencia en pedirle que me diera el nombre de algún poeta quechua reciente: “Como te habrás dado ya sobrada cuenta, gracias a nuestra política cultural en materia lingüística, en general, pero ante todo en el quechua vamos a la depre- dación total. No hay nombres que recordar, y si los hay, no creo que el motejar lo elevara ni a los talones del poetizar”.

Me instalé, por tanto, en Cochabamba durante unos meses con el objetivo de revisar los materiales que había traído conmigo, trabajar en las bibliotecas públicas y privadas de la ciudad y esperanzado en asistir a la feria del libro. En las bibliotecas he podido encontrar poemarios, anto- logías y revistas de circulación esporádica, pero, lamentablemente, algu- nas fuentes resultan imposibles de hallar en Bolivia, aunque sí aparecen en los catálogos de bibliotecas norteamericanas. Citaré como muestra de ello el libro Yarawis de Jaime Gutiérrez Achocalla, publicado en Cocha- bamba en 1972 por el sello editorial Club de Escritores en Quechua. El título y el autor de este libro son una rareza y la organización bajo la cual se publicó, un misterio para la propia sede institucional.

La feria del libro en Cochabamba resultó un éxito según la prensa. Seguramente ha debido de serlo en lo referente a libros escritos en es- pañol e inglés, pero no en quechua. En las tres ocasiones que asistí al recinto ferial durante la semana de su apertura al público, recorrí cada pasillo, expositor por expositor, buscando e inquiriendo por libros de poesía quechua. Examiné con detenimiento el programa de actividades de la feria y comprobé que el quechua no formaba parte de las mismas. Entonces, me rendí a la evidencia, de que la mayor parte de los libros ad- quiridos desde mi llegada había sido comprada a los libreros ambulantes que se exhiben junto a la oficina de correos. Esa era en realidad la feria de libros que yo buscaba, estaba ahí, en esos negocios informales de la calle, y no en el recinto oficial.

 

Me quedaba, al fin, la opción de contactar personalmente con los autores que tenían libros publicados y con los que sólo poseían manus- critos inéditos de su propia creación. El trabajo fue arduo, agotador, pero aleccionador y gratificante. Había que ser tan paciente como positivo en las gestiones. A las citas, unos llegaban con extrema puntualidad, otros con horas de retraso y algunos simple y llanamente ni llegaban ni se dis- culpaban. Incluso, a veces, pedían que se les llamara con un día o varias horas de antelación para recordárselo. Cuando acudían a la cita y acep- taban contribuir con sus trabajos en la preparación de la antología, había que trascribir los originales y traducirlos al español, ya que por lo gene- ral sus publicaciones o manuscritos en quechua son monolingües. Muy pocos accedieron a traducirlos ellos mismos, algunos no cumplían con los plazos, mientras otros no se sentían satisfechos con sus traducciones al comprobar que la versión castellana no transmitía la misma emoción que la original. Hubo, entonces, la necesidad de contratar transcriptores y traductores, y llegado el caso, para resolver imprevistos, yo mismo tuve que hacer de transcriptor, traductor, gestor, recopilador, editor, coordi- nador y hasta secretario de la agenda de algunos escritores. Por suerte, también he contado con el apoyo de amigos, colegas y escritores, quienes no sólo tradujeron los poemas, sino que me brindaron todo lo que yo necesitaba para salir adelante. Es más, tengo el recuerdo inolvidable de haber recibido un grupo de poemas inéditos, escritos y traducidos por una amiga días antes de su muerte, y de asistir días después a su velorio y funeral alentado por la fuerza espiritual que sus poemas y su persona me infundieron.

Se han producido cambios importantes en la forma actual de escribir y en la percepción que los mismos autores tienen de sus obras escritas en quechua. A los autores noveles no les importa la imagen de poeta, y menos aún la de poeta quechua. El ejercicio de la escritura tampoco es experimentado como una actividad aislada, de inspiración y creación individual, sino más bien como un acto social, colectivo y grupal. Se es- cribe en talleres y escuelas como un entrenamiento en el manejo del len- guaje escrito, y en organizaciones o clubes, como una actividad más de las destinadas a fortalecer la presencia de la lengua y la cultura quechuas en espacios urbanos y académicos. Si antes la motivación para escribir en quechua era demostrar al lector la riqueza y los recursos expresivos de una lengua milenaria y evocar, con cierta nostalgia, la grandeza del imperio de los incas, ahora la poesía quechua escrita cumple una fun- ción tangible, específica e inmediata, ya sea ésta colectiva, individual o personal. El poeta ve en sus poesías el instrumento con el que puede al- canzar una meta académica, social, política o inclusive económica. Una de las consecuencias de esta realidad se pone de manifiesto en la reitera- da presencia de copistas o arreglistas que, en lugar de crear sus propios libretos o textos, se limitan a copiar de la tradición oral o inclusive de la obra de otros autores con el único propósito de conseguir beneficios. La misma línea de reflexión puede explicar el desinterés al que se ha visto abocada la escritura en quechua, a diferencia de la aymara. La razón estriba en la rentabilidad académica y política, en estos momentos, del aymara en el escenario contemporáneo de Bolivia. Hasta los maestros jubilados que escriben, lo hacen no sólo porque disponen del tiempo ne- cesario, sino porque creen estar continuando su labor educativa fuera de las aulas de clase. También hay quien considera sus escritos un producto más sujeto a las leyes del mercado, de manera que el precio final del libro debe incluir horas de trabajo en él invertidas, costes de publicación y, llegado el caso, valor añadido por su escasez. Esto es lo que me sucedió recientemente con una escritora que me pidió que la pagara en dólares por sus poemarios, y al hacerlo yo en bolivianos redujo a unos pocos poemas su inclusión en la actual antología. En sentido contrario, quiero agradecer la generosidad de tantas personas que colaboraron conmigo de manera altruista y sin pedir nada a cambio.

El año pasado, en una conversación informal durante el III Encuen- tro Internacional de Literaturas Amerindias, organizado en Iquitos por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Elvira Espejo Ayca, ac- tual directora del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF) y poeta indígena trilingüe en quechua, aymara y español, me contaba que en su comunidad nativa, Qaqachaka, en Oruro, la comunicación diaria en quechua ya no distinguía igual que antes aquella pertinencia lingüística tan ponderada por el Inca Garcilaso de la Vega entre ñaña, pana, tura y wauqe. El término wauqe, según me decía, había desplaza- do a las otras tres variantes de registro de género entre los hablantes de Qaqachaka. La sorpresa que experimenté ante esa noticia la he vuelto a revivir ahora cuando veo en el último verso del poema de Delia Paco Cuenca “Mana qhari wawa rumi sunquyuq”, premiado por la Academia Regional Quechua de Cochabamba y recogido en esta antología, el uso ambiguo del término ñaña, que bien puede excluir en sentido estricto al sujeto de género masculino o, por el contrario, incluirlo pero bajo la categoría femenina, colectiva y castellanizada, de ñañas, en vez de ña- ñakuna o ñañapura. Ambos datos confirman que, aunque no se haya alterado de manera sustancial el sentido de hermandad ni de solidaridad indígenas, el registro lingüístico de género en quechua está cambiando, funciona de una forma en la interacción comunicativa entre dos indivi- duos y de otra, muy distinta, cuando se trata de un grupo, varios grupos o grupos de diferente género. Ante la evidencia de transformaciones lin- güísticas como éstas, es necesario resaltar que la división entre el que- chua escrito y oral, urbano y rural, culto y popular ya no se sostiene. Los cambios lingüísticos y culturales señalados, así como la difícil separa- ción en quechua entre la difusión oral y la escrita, la poesía y el canto, el poeta y el compositor, son más patentes en Bolivia que en otros países andinos como el Perú, donde la poesía escrita en quechua no se canta, ni tampoco el compositor oficia de poeta. Por tanto, esta antología ofrece un apartado especial para las composiciones que, después de haber sido creadas para el canto, han pasado a ser consideradas como poesías en antologías regionales de poesía quechua escrita en Bolivia.

La experiencia expuesta en los párrafos anteriores no puede llamarse sino trabajo de campo y creo que es, por ahora, la única metodología dis- ponible, capaz de garantizar la elaboración de antologías de poesía que- chua escrita en el ámbito nacional. El trabajo de campo es una metodo- logía de la ciencias sociales aplicada al estudio de las literaturas étnicas y, en su realización, se vale de mecanismos que subvierten la relación tra- dicional entre el sujeto, el objeto y el campo de estudio. El sujeto, en este caso, tiene que hablar necesariamente la lengua quechua como nativo, es decir, que su origen cultural no puede ser ajeno al mundo andino; en cambio, el papel de informantes lo asumen generalmente profesionales e intelectuales de rango intermedio pertenecientes al área; y el campo de estudio ya no está ubicado en una comunidad étnica ni en un lugar re- moto, exótico, sino en las mismas ciudades y dentro de sus instituciones representativas. Este es el modo más seguro de acceder a publicaciones locales e informales que, si bien cumplen con el depósito legal, no siem- pre tramitan el ISBN, y están fuera de los circuitos de distribución y ven- ta habituales, por lo que es poco probable que lleguen a ocupar un lugar en los estantes de las bibliotecas o librerías. Son libros ajenos a aquello que Michel Foucault denomina heterotopías de acumulación del tiem- po, espacios de la cultura occidental, como museos y bibliotecas, donde el tiempo es archivado e inmovilizado indefinidamente (Foucault 1985: 5). Se limitan, más bien, a circular en el ambiente familiar de paisanos, amigos, compañeros, conocidos y algunos interesados en el tema. Si por casualidad llegan a alguna gran biblioteca, como las que hay en los Estados Unidos y algunos países europeos, surge de inmediato el proble- ma del lenguaje literario quechua, que no es común a todas sus variantes y que carece de un sistema único y uniforme de representación escrita. Con el agravante de que cuando se habla del quechua en el campo de la lingüística andina se entiende que se trata de una familia de lenguas, con más de una decena de dialectos bien identificados y fragmentados a la vez en muchos subdialectos locales. Esta situación exige, en el fondo, que el investigador combine en su investigación la búsqueda de las fuentes bibliográficas y su posterior interpretación con la información directa que se puede obtener sólo a través de entrevistas presenciales con los autores, investigadores y profesores del lugar al que pertenecen el autor y su poesía. De esta forma se logra esclarecer el significado preciso de cier- tos términos, modismos y giros lingüísticos propios de cada localidad o área y, sobre todo, se descubren los móviles y propósitos que motivaron al autor a escribir sus poesías. No tener en cuenta o prescindir de estos aspectos extraliterarios empobrece y lastra cualquier estudio riguroso de análisis e interpretación, ya que los textos poéticos quechuas todavía se encuentran íntimamente ligados a las circunstancias y motivaciones particulares de cada autor.

Resultado del trabajo de campo como metodología adaptada a la re- copilación y al estudio de la poesía quechua escrita fue la publicación de mi primera antología completa dedicada a dichos textos en el Perú (No- riega 1993), con la cual he podido establecer una metodología y contri- buir a una tradición que rescata “las creaciones en quechua de los poetas cultos contemporáneos que escriben en la lengua autóctona con propó- sitos decididamente literarios” (Salazar Bondy 1968: 12). Con la misma metodología de trabajo y con propósitos similares, me satisface publicar en esta ocasión un compendio de mis archivos de baúl como una forma de heterotopía andina, cuyas páginas acumulen y dispersen a la vez dos siglos de poesía boliviana que por estar escrita en quechua escapó a los muros de las bibliotecas.

Cochabamba, noviembre, 2015. Julio Noriega Bernuy Knox College, USA.

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POESÍA QUECHUA BOLIVIANA, POESÍA INDÍGENA Y JULIO NORIEGA BERNUY. Gonzalo Espino Relucé

 

Celebrando la aparicion de este loable trabajo de  Julio Noriega, agradecemos a Pakarina Editorial haber compartido las introducciones que acompanan al texto. Aqui  la de Gonzalo Espino

POESÍA QUECHUA BOLIVIANA, POESÍA INDÍGENA Y JULIO NORIEGA BERNUY

Las posturas posmodernas esconden un profundo desprecio por las cul- turas originarias. Al contrario de lo que podríamos esperar, su multiculturalismo las lleva a expresar un oculto tufillo aristocrático o una sutileza perversa y excluyente, aun cuando aparentan ser progresistas en la escena literaria contemporánea. Desde hace más de dos décadas vivimos en el Abya Yala un momento nuevo donde la poesía indígena se plasma como un proyecto común desde las lenguas originarias. En este sentido, la reciente publicación de Paria Zugun (2014) en que Adriana Pinda, de origen mapuche, sigue la línea creciente de una poesía que leíamos ya en Ajkem Tzij, Tejedor de palabras (1996) del poeta maya k’iche Humberto Ak’abal o Tatsjejin nga kjaboya, No es eterna la muerte (1994) del poeta mazteco Juan Gregorio Regino.

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La escena cultural insiste, sin embargo, en el silenciamiento y en el desencuentro entre la poesía indígena y la crítica, toda vez que ésta opta por obviarla. Basta leer las páginas de trabajos que en el área andina han contribuido con aportes significativos para la comprensión de las prácticas literarias del siglo XIX y XX, me refiero a Hacia una Historia Crítica de la Literatura en Bolivia (2002), editado por Blanca Wiethüchter y Alba María Paz Soldán para el caso boliviano, en cuyas páginas la literatura quechua está ausente, al contrario de lo que ocurre en Colombia, donde los trabajos de Miguel Rocha (2014) sí la incluyen de manera preferencial. Aun así, los trabajos inaugurales de Ángel María Garibay, las discusiones de Miguel León-Portilla, las reflexiones de Edmundo Bendezú, o los importantes aportes del bloque sureño respecto a la poesía mapuche (Iván y Hugo Carrasco, Claudia Rodríguez) han sentado las bases de una tradición crítica en la poesía indígena.

Convengamos en que la poesía quechua tiene una doble orientación. La que viene de la tradición ancestral junto con el origen de la lengua, acompañada del cuerpo y del evento, y la otra que tiene que ver con la domesticación de la palabra por los misioneros (Noriega 2011) o con el rapto de la palabra (Espino 2015) en pleno siglo XX. El desarrollo de esta doble tradición sin duda ha sido desigual en toda la historia reciente. Se puede rastrear esta poesía en los cuadernillos publicados en Potosí y Oruro a fines del siglo XIX; pero, sin duda, es a mediados del siglo an- terior cuando, con el concurso internacional de poesía quechua de 1951 en Cochabamba, se difunde la poesía de Mosoh Marka, que aparece en esta antología, y se publica en Cuzco, al año siguiente, el primer libro orgánico de poesía, de gestos sublevantes y una escritura monolingüe quechua, Taki parwa (1952) de Kilko Warak’a (Andrés Alencastre). A partir de lo cual se sigue una línea de producción poética que resulta divergente y desigual para todo el área andina, como lo será en el caso del quichua ecuatoriano, el de los quechuas del Perú o el del quechua de Bolivia, con especial énfasis en estos dos últimos países. No aparecía con certeza una continuidad, con la excepción de algunos autores que de manera individual coparon el espacio letrado indígena: Ariwa Kuwi o la reciente Achic Pacari Lema o Ch’aska Eugenia Anka Ninawaman hasta el lanzamiento poético de Olivia Reginaldo, las participaciones locales de poetas quechuas tanto como la publicación de dos revistas quechuas Atuqpa chupan y Kallpa.

Según lo observado en nuestros viajes a La Paz y a Cochabamba, la poesía parecía haberse detenido en el inventario de Jesús Lara, el de La poesía quechua (1947), aun cuando conocíamos los poemas de Lidia Coca que en la revista Guaca tuvo la ocasión de publicar. Al parecer, y así lo hacían ver sus propios críticos, hacía falta promover la discusión sobre poesía quechua e incentivar la preparación de antologías más com- pletas y actualizadas. Cuando todo semejaba quedarse en el modelo de escritura caracterizado por Lara, quien, además, se limitaba a repetir la imagen paladina del Inca Garcilaso de la Vega; cuando la poesía quechua parecía no tener importancia en la escena literaria boliviana, uno de nuestros estudiosos empezó lentamente a recopilar textos poéticos, viajó por distintas ciudades, halló un repositorio inimaginable, conversó con autores y seudo autores, que por su apariencia de gringo le exigían algún tipo de retribución. Me refiero a Julio Noriega y a su exigente y notable trabajo: Poesía quechua en Bolivia que reubica las prácticas poéticas de América del Sur y en especial las de la poesía quechua, cuyas referencias nos enviaban siempre al pasado colonial o a la música popular, pero no necesariamente a la práctica de una literatura.

Resulta inevitable mencionar a Julio Noriega como a uno de los estudiosos más lúcidos y profundos de la cultura quechua por su capacidad de sistematizar e imaginar escenarios históricos tanto en su azaroso y complejo devenir como en el contexto de la movilidad social y cultural quechua. Así lo atestiguan sus libros Escritura quechua en el Perú (2011) y Caminan los apus (2012), desde lo que podríamos llamar aportes para una lectura andina y crítica de la cultura quechua contemporánea. Todo esto como consolidación de una trayectoria intelectual que se inicia con una modesta pero contundente tesis de grado, Regionalismo y literatura peruana (1985), y cuyos trabajos se definen con la publicación de una singular colección de poesía que visibiliza todo el siglo XX: Poesía quechua escrita en el Perú (1993). Este libro se convertiría pronto en referente necesario para cualquier acercamiento a la cultura andina del siglo XX. Se trata, pues, de una de las antologías más completas e intensas, publicada en un momento en que hablar de poesía quechua parecía un ejercicio más o menos de iniciados o una postura exótica. Con esta experiencia trasunta los dos primeros referentes, la Poesía quechua (1965) de José María Arguedas, una antología basada en traducciones y en la que se incluyen solo a tres poetas contemporáneos y la Literatura quechua (1980) de Edmundo Bendezú que ofreció una versión parcial, contemporánea y solo en traducciones. En cambio, la antología de Julio Noriega es un libro emergente, aleccionador y tremendamente fértil para la producción intelectual quechua. Por su insistencia en el lenguaje y no en la ortografía, Poesía quechua en Bolivia se preocupa por presentar la escritura diversa, no en unifi-carla, sino en resaltar lo heteróclito. Julio Noriega Bernuy no tiene la vocación del civilizador, es más bien el waykimasi que se sabe de adentro por su origen andino-quechua y que se sabe mover en el otro escenario, el de la academia, por su trabajo sobre otras literaturas no indígenas. Así, repito, nos advierte de la enorme variedad de tradiciones literarias en las que se escribe y al mismo tiempo exhibe los límites de un tipo de escritura como ésta para la consolidación de una tradición literaria escrita en quechua.

 

La estructura de esta antología concilia el eje diacrónico con el asun- to temático y establece, al mismo tiempo, no solo la continuidad poética en la forma sino en la trasgresión de la misma, cuyo transcurrir lo obser- vamos en las nueve unidades con las que se organiza la antología. De este modo se combinan escritores conocidos con inéditos. Así entonces, se empieza con autores que aparecen tempranamente en Oruro y en La Paz. El empeño por hacer visible la presencia de la poesía quechua no parece seguir el camino de la tradición poética hegemónica de nuestros países. Todo lo contrario, invita a crear una agenda para el debate. Lo hace a través de la diversa y heteróclita poesía que nos propone, desde los textos que muestran ya su “vejez” respecto a la “joven” poesía que aparece en- tre aquellos que nomina como “Inéditos” o aquellos que aparecen como parte del apartado “Centros de aprendizaje” Si hay que volver sobre la poesía quechua boliviana, tendremos que recuperar una estructura inherente, en su inevitable vínculo con el canto o con la representación del poema, es decir, la presencia del cuerpo y de la palabra, cuando ésta se dice. Y ésta es una nota que resalta en la poesía boliviana, pero al mismo tiempo, es aquello que nuestro autor define como poesía bilingüe, esto es pensada desde la condición de llaqta y ayllu, es decir desde un nosotros, que es exclusivo y excluyente (ñuqayku) a un que más bien piensa los tránsitos y la movilidad que asume como característica las posibilidades de que el otro, el de la ciudad y la capital lo conozca en su lengua, además del quechua, que se traduciría en un nosotros inclusivo, profundamente intercultural (ñuqanchis).

 

Sin duda, Poesía quechua en Bolivia es cierre y apertura, ya que con su publicación concluye una demanda a la que silenciosamente ha sabido responder Julio Noriega. Y apertura, porque, como reclama insistentemente la academia, este corpus organizado que convierte a la poesía en un hecho contundente, en una muestra de su propia existen- cia, provocará una inevitable movilidad discursiva y será un llamado a los doctores, para repensar lo epistémico de la literatura latinoamericana y de la literatura andina en particular. De allí que la investigación de Julio Noriega constituya un aporte singular que, sin complejidades teóricas, se asienta en lo que había venido escribiendo en torno al que- chua, pero que ahora, desde la poesía contemporánea y en diálogo de retorno con los hablantes-lectores en quechua, se realiza como un acto de reciprocidad. En este sentido, Julio Noriega nos recuerda a Guamán Poma de “Camina el autor”, en una suerte de travesía que apenas se ha detenido para entregarnos Poesía quechua en Bolivia, libro katatay, kipe, tejido tenso que pone en discusión el aparente orden de las letras y las culturas en los Andes.

Gonzalo Espino Relucé Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Irrupción y avance de la literatura bilingüe en el Perú. Julio Noriega Bernuy

Imayna  haykayna  runasimi chayraq llapan  warni qarikuna qellqasqankumanta sumaqtan waykinchik Julio Noriega  rimarin. Chayqa Boliviapi  “Cine Andinotapas” “Antologia de la poesia quechua Bolivianatapas” qespichiyta tukuspanña.  Kusatan chay “Libros peruanos” kikin Julio qellaqasmanmanta tapukuntaq.