ENTRE EL MITO, LA HISTORIA Y LA POESÍA ( de Omar Aramayo) EN LOS NUEVOS ANDES Viktor K. Pelman

[Mientras retornan las aves al litoral y un canario vuela en la calle del poeta, reproducimos una nota de Viktor K Pelman, sobre Los Tupaq  Amaru de Omar Aramayo, diablo cercano al mito desde pequeno, como atestigua la foto donde esta waqtanpa junto a su padre. Cuidar la salud es tambien saber de donde venimos y quienes son nuestros heroes historicos y culturales. Companamos la entrada con La canción de Túpac Amaru, que es del códice Martínez Compañón, escrita el mismo año del sacrificio e interpretada por Cecilia Bohorquez , Javier Echecopar y Edith Ramos en Caxamarca]

ENTRE EL MITO, LA HISTORIA Y LA POESÍA EN LOS NUEVOS ANDES

Viktor K. Pelman

«El poeta y el historiador se distinguen en que el historiador cuenta los sucesos que realmente han acaecido y el poeta los que podrían acaecer. Por eso la Poesía es más filosófica que la Historia y tiene un carácter más elevado que ella» (Luis Alberto de cuenca)

Aristóteles, en el capítulo 9 de su Poética, escribe acerca de la Historia y la Poesía: «La misión del poeta no es tanto contar las cosas que realmente han sucedido cuanto narrar aquellas cosas que podrían haberlo hecho de acuerdo con la verosimilitud o la necesidad. El poeta y el historiador se distinguen en que el historiador cuenta los sucesos que realmente han acaecido, y el poeta los que podrían acaecer. Por eso la Poesía es más filosófica que la Historia y tiene un carácter más elevado que ella, ya que la Poesía cuenta sobre todo lo general, y la Historia lo particular».

Una primera precisión aclaratoria sería afirmar que la auténtica Poesía era para los antiguos griegos “la Épica”, al contrario de lo que ocurre hoy, en que la gente identifica la poesía con “la Lírica”. No puedo estar más de acuerdo con los antiguos griegos a la hora de identificar la verdadera Poesía con la Épica, emanada directamente de lo que los románticos alemanes llamaban Volksgeist (espíritu nacional o espíritu del pueblo), esa palabra iluminada e iluminadora donde las haya y de tan poco uso, por desgracia, en la actualidad.

En cualquier caso después de las invectivas de Platón contra los poetas, y en particular contra Homero, a cuenta de la presunta toma de partido de este y de los poetas cíclicos a favor de la mentira y en contra de la verdad postulada por los filósofos, venga Aristóteles a decirnos que Filosofía y Poesía no son en absoluto enemigas, ni tan siquiera contradictorias, y que la Poesía se sitúa en el plano de lo general y se acoge en su actuación a categorías normativas como la verosimilitud y la necesidad. Eso es justamente lo que las vanguardias, desde comienzos del siglo pasado, han negado a la Poesía, ubicándola en el limbo gratuito de lo absurdo y lo prescindible, y, por si fuera poco, tiñéndola de un tinte metafísico que la aleja de la realidad, que es donde habita y debe habitar, codo con codo con la Historia, de la que se distingue solamente, según Aristóteles, por tratar la Poesía de lo general y la Historia de lo particular, que viene a ser, en esta ocasión, bien poca diferencia entre ambas.

Tres ejemplos en los que Poesía e Historia dialogan de una forma especialmente subyugante son la Epopeya de Gilgamesh, suma y síntesis de la cultura mesopotámica, y dos poemas de no reciente catadura, Esperando a los bárbaros, del alejandrino Constantin Cavafis (1863-1933), y Lepanto, de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), el poema más alto que produjo «la más alta ocasión que vieron los siglos», al decir de Cervantes.

En el Perú, ni en Latinoamérica (visiblemente) no existe esa tradición, y al manifestar eso, me refiero a que la historia y la poesía no han logrado en el ejercicio poético un diálogo en el imaginario de los poetas, no, por lo menos visiblemente desde la aparición de la poesía con tema mitológico nacional inaugurado en “Los Dioses” por el también peruano Omar Aramayo (y que además recientemente ha volcado todo su dominio imaginativo en ese monumento de novela épica que es “Los Tupac Amaru”), y mucho menos alguien puede reclamar esa paternidad, la fusión entre poesía e historia no se ha dado sino a trancos tímidos, pues su presencia sería espina lacerante en un periodo en el que los medios de persuasión están abocados a quitarle humanidad y memoria a los seres humanos, verdadero caso excepcional en las latitudes de América Latina.

El manejo del lenguaje es una invectiva esencial para lograr que un texto alcance la calidad que la eleve a ser considerada “literatura”, algo que muy pocos escritores consiguen, a pesar que los medios y la industria nos presenten textos de “escritores” que supuestamente habrían logrado un sitial en el canon literario.

Existen hermosas imágenes en los textos coloniales tempranos donde se nos presentan a los dioses andinos, a la geografía latente; sin embargo, después de ese periodo no se ha hecho el esfuerzo de presentarnos en una reescritura literaria esos bellos mitos, trabajo que ha sido efectuado, sobre la literatura de las grandes culturas, por filólogos de presencia y prestigio internacional, y que por mucho ha servido para formar la conciencia y el orgullo nacional; quizá ese descuido ha hecho que en el caso latinoamericano y peruano en especial, los temas de esta referencia hayan sido subvaluados, claro, sin dejar del lado al solitario trabajo de José María Arguedas, además de genuino antropólogo dotado poeta.

Paralelamente, en el momento en que se constituyen los grandes imperios agrarios en el Oriente Próximo, la gran literatura que parte de los mitos y de la historia, y que siempre regresa a ellos, comienza a desarrollarse de una manera espectacular, hasta el punto que pudiera decirse que en ciertas joyas de las letras mesopotámicas, como el Diálogo del pesimismo, el Descenso de Ishtar a los Infiernos o la Epopeya de Gilgamesh, está prefigurada toda la literatura posterior, al helénico modo en que Atenea nació completamente armada de la cabeza de su padre Zeus. La Epopeya de Gilgamesh nos cuenta las hazañas de un rey de Uruk, Gilgamesh, quien, espantado ante la certeza de la muerte, parte en busca de la inmortalidad al país donde vive Utnapishtim, el Noé mesopotámico, la única persona capaz de transmitirle el secreto de la vida eterna. Fracasará, como es lógico, y volverá a casa con la sensación de que el hombre no debe competir con los dioses y sí, en cambio, aceptar su condición mortal. Entretanto, las doce tablillas que han conservado su historia nos han hecho vibrar con su bellísimo lenguaje, inaugurando la literatura y trasladando a la posteridad el poderío estético e imaginativo de la civilización que las alumbró, alma mater indiscutible de cuanto vino después, desde Homero hasta nuestros días. Qué ajena se ha mantenido a ese avance avasallador la literatura peruana, no por su riqueza, sino por el descuido de sus exponentes, de sus académicos, quienes han preferido sepultar esa riquísima veta para proponer un canon leproso cimentado en una falsa tradición. No ha ocurrido lo mismo con el enorme esfuerzo de sus historiadores y arqueólogos, que han sabido recuperar para la humanidad los grandes monumentos materiales de esas avanzadas culturas.

Escribo esta breve nota con la emoción que me alberga el recibir tres textos: Los Dioses y Los Tupac Amaru (del ya mencionado Omar Aramayo) y un breve, sustancioso y cálido libro, Viaje a la Libertad (de José Luis Velásquez); los dos primeros libros de un poeta peruano mayor, que debe, sin lugar a dudas, ser considerado como una voz alta de la literatura latinoamericana, rica en su lenguaje que es cordón umbilical con el origen mítico de los primeros tiempos; y el tercer libro, de un poeta en ascenso, que ha logrado ya un dominio pleno del lenguaje poético, el futuro nos dirá que el pasado histórico y el mito en la poesía tienen más valor que cualquier ejercicio temperamental.

Hay una veta oculta en los andes, su riqueza espiritual, ejercicio sagrado de la memoria ancestral que ha sido develada en los textos que comento, algo que me recuerda a Cavafis, ese poeta moderno de la tradición griega, que compuso en 1904 su poema “Esperando a los bárbaros”, cuyo escéptico contenido hoy, más de cien años después, continúa vigente tras el derrumbe de las utopías totalitarias. Es, sin duda, uno de las más hermosas muestras de la poesía del poeta alejandrino y confirma de modo contundente el enorme interés que suscitaba en él la Historia y el pasado mítico: «Muchos poetas —escribió— son exclusivamente poetas… Yo soy un poeta-historiador. Nunca podría escribir una novela o un drama, pero oigo dentro de mí ciento veinticinco voces que me dicen que podría escribir Historia». Más que un poema propiamente histórico, Esperando a los bárbaros es una parábola. Pero ¡cuánto conocimiento de la historiografía!, y en concreto de las fuentes antiguas que nos informan acerca de los últimos siglos del Imperio Romano, destila la pieza. Eso he encontrado en Los Tupac Amaru, cuánto conocimiento de las fuentes historiográficas, de las formas sociales, de la geografía de los andes, esa forma de construir y ascender a cada personaje con el lenguaje, es un signo elemental que solo poseen los poetas de primera línea, he aquí esa voz mayor.

La cosa no queda ahí, la epopeya de Los Tupac Amaru es también comparable a la obra de Chesterton, un inglés, quien compusiera el poema «canónico», el más vibrante, intenso y emotivo de todos los escritos sobre la batalla de Lepanto. Y la tarea no era fácil, pues el combate naval que enfrentó, el 7 de octubre de 1571, al Imperio Otomano con la Liga Santa cristiana. Pocas veces la realidad histórica y la ficción literaria se funden de manera tan armoniosa y sugestiva como en el crisol de Lepanto y Los Tupac Amaru, a mayor gloria de su autor, de la Poesía y de la Historia.

En la misma vera se halla Viaje a la libertad, de Velásquez, poema vibrante, telúrico y doloroso, La forma cavafiana de hacer Historia, de escribir Historia, es incluirla en sus poemas de carácter histórico, basados en personajes del mundo clásico, y en este caso el poetizar sobre la vida de un revolucionario por los derechos humanos, la vida del liberal Juan Bustamante, por mucho, padre de los indigenistas latinoamericanos; pero también, y sobre todo, en figuras pertenecientes a la decadencia de ese mundo, incluyendo el siempre fascinante siglo XIX.

 

“LOS TÚPAC AMARU” DE OMAR ARAMAYO: LIBRO DEL BICENTENARIO QUE TODO TAWANTINSUYANO DEBE LEER. Por Niel Palomino Gonzales

Leido por Niel en el reciente FIL Cusco. Companamos con una cancion de los Tupac Amarus de Tinta

Como se sabe, tanto la novela histórica como la historia novelada tienen por tema un hecho histórico y un personaje o personajes históricos. Empero, la diferencia esencial estriba en el elemento añadido. Es decir, la historia novelada es eso, una historia que se narra en forma de novela, sin variar los hechos y sin añadir algo del autor. En tal sentido, en ese libro predomina más la historia que la literatura. Y la crítica literaria no la acepta como novela por mala, la considera subliteratura. En cambio, la novela histórica es aquella en la cual, el novelista, sin variar los hechos históricos, aporta lo suyo, su cosecha personal. ¿Cómo así? Le inventa un sueño, ahonda más en el trauma o la una anécdota del personaje, le dota del lenguaje y le hace hablar, le concibe una carta, incorpora un personaje. Estos son los matices, que MVLL denomina “el elemento añadido” y son estos elementos los que, sin alterar la historia, enriquecen al cuento o a la novela y la hacen una obra de arte que no solo va a informar al lector, sino le va a entretener y conmover. En cambio la historia novelada solo informa. Ahora, ¿por qué el literato acude a la historia? ¿Cuál es el objetivo principal del novelista para tocar temas históricos? El gran György Lukács, en su Teoría de la novela, esboza una respuesta. Y nos dice que es para cubrir el espacio que no alcanza la historia en el público por su objetividad o porque pocos leen historia y muchos la novela. Balzac, el genio del Realismo, nos auxilia con otra respuesta. Porque, la novela es la historia olvidada de los pueblos. Y, nuestro Manuel Scorza, dice que la novela es el gran tribunal de apelaciones de los juicios perdidos.

Si juzgamos a la novela Los Túpac Amaru bajo los argumentos esgrimidos. Sí es una novela histórica, y mucho más, es la epopeya andina jamás escrita en esta patria grande. Comparable con las mejores epopeyas del mundo. ¿Cuál es el aporte o elemento añadido de Omar Aramayo?
En primer lugar está el lenguaje, la voz poética del vate Aramayo puesta en la boca de los personajes. El ritmo, la cadencia, la musicalidad y las figuras literarias desplegadas en toda la obra extensa y hasta en los títulos. Y, esto se explica porque Omar es un poeta consagrado desde hace más de 60 años. Otro elemento añadido son también las cartas, los mitos de Thunupa o Ekeko, la de Kopakati. Como también están los romances de los personajes, bien ficcionalizados y muy bien narrados. Y no podría ser de otra forma, Scorza dice sobre el mito: “Expulsado del tiempo y del espacio, los sobrevivientes de las culturas precolombinas. Porque un pueblo expulsado de la historia no puede retornar a la historia a través de la historia, sino a través del mito”. Es decir, de la literatura. Está también, el árbol genealógico de Túpac Amaru, está la línea del tiempo, el mapa del nuevo estado inca. Está la profusa bibliografía que el autor consigna en la parte final del texto. Todos estos elementos funcionan como hipotextos. Y a la vez son muestra de que la escritura de esta novela implicó también lectura e investigación del autor.

Geográficamente, los hechos ocupan tres continentes: América, Europa y África, por su puesto con mucha incidencia en Perú y Bolivia, en Cusco y el Altiplano. Y cronológicamente, abarca dos siglos y medio. Desde el crimen contra Túpac Amaru I por los españoles hasta la muerte del último Túpac Amaru, Juan Bautista en Buenos Aires.

La prosa poética de Omar Aramayo en esta novela, nos envuelve de hechos gloriosos de nuestros hermanos cusqueños y tawantinsuyanos, héroes nuestros, dignos de toda admiración; nos envuelta de ternura cuando se lee las cartas de Manuela Copacondori, a su esposo Pedro Vilcapaza, la carta de Diego Quispe a su mujer, de Narciza Castro a Andrés Tupac Amaru; nos envuelve de terror y dolor, los pasajes de la ejecución de José Gabriel Condorcanqui, y todos los que fueron presos y sufrieron la más insensata muerte por la libertad, derecho sagrado; nos envuelve de coraje e impotencia la historia de Antonio Varela Noguera, bebé mártir, que nació producto de la infame violación sexual del comandante Pedro Antonio Varela a la sobrina de Túpac Amaru, mientras ella estaba en la prisión del Cusco. Son hechos atroces. Nos muestra la crueldad de los españoles en la Caravana de la muerte; nos envuelve de sufrimiento con la agonía sin fin de Fernando Túpac Amaru y su muerte en España. Pero, además, la maestría poética de Omar Aramayo, su lenguaje, su amor a los Túpacamaru, nos conmueve hasta las lágrimas; pero también de admiración a los valerosos hombres y mujeres que lucharon contra la opresión y el abuso al tawantinsuyano. Nos baña de amor a ellos, porque lucharon por lo nuestro y murieron en la lucha, sin claudicar ni pedir clemencia al verdugo español. Más al contrario, murieron gritando “¡Libertad!”, “Volveré y seremos millones”. ¡Qué admirable e imitable forma de morir! Entonces hay que leer este libro con nuestros hijos, para purificar nuestra alma atormentada, para cicatrizar nuestras venas abiertas y para que nunca se nos olvide lo que ellos hicieron por nosotros, para reivindicarlos como legítimos mártires y héroes nuestros, para imitarlos y para terminar lo que ellos empezaron. Pues, a decir de Tito Galindo: “En 1780 la revolución tupamarista fue el intento más ambicioso de convertir a la utopía andina en un programa político. De haber triunfado, el Cusco sería la capital del Perú, la sierra predominaría sobre la costa, el indio y su cultura no habrían sido menospreciados”.

El adalid de esta gesta libertaria, José Gabriel Túpac Amaru, es mostrado como un hombre sabio formado por los jesuitas, políglota (hablaba latín, griego, castellano y quechua), político preparado, integrador de razas y culturas, amoroso esposo y padre, militante de la masonería, UN CUSQUEÑO UNIVERSAL. Y nuestra Micaela Bastidas, es mostrada como la amorosa madre, la incondicional esposa, la insuperable compañera, la gran estratega de guerra, la admirable agitadora de masas, la guerrera ejemplar, la ideóloga andina, la orgullosa y digna mujer que nunca se arrodilló ni derramó ni una lágrima ante la vista de los malditos pukakunkas españoles. ¡Cuánta falta nos haces hoy, mamá Micaela! ¡Reencárnate ya en alguna tawantinsuyana!

Así pues, como en las mejores novelas de la literatura universal, en Los Túpac Amaru, confluyen temas y sentimientos como el destino, la vida, la fatalidad, la muerte, la política, la historia, el honor, las traiciones, la venganza, las luchas, la ternura, los amores, las costumbres, la explotación, las abusivas mit’as, los impuestos, las perversiones de las autoridades coloniales y la iglesia durante el Virreinato, etc. Por lo manifestado, está Los Túpac Amaru quepa en lo que nuestro Nobel Mario Vargas Llosa denomina novela total.

A casi 500 años, esta novela tiene los méritos suficientes para constituirse en una obra de bicentenario junto a El espía del Inca de Dumett. Al respecto, hace unos días el narrador Zeín Zorrilla, nos preguntaba, ¿qué bicentenario de la independencia?, ¿la independencia de quiénes? ¿Cuál de las independencias? La que unos extranjeros regalaron a los criollos de Lima o el que la peleamos desde Manco II hasta Basilio Auqui? quiénes? ¿La que se proclamó en Tacna 1811, de Huánuco 1812, de Cuzco 1814, la proclamada por el capitán morochuco Basilio Auqui en Cangallo – Ayacucho de 1814 o la de San Martín en 1821? Con legítimo derecho, los escritores limeños, han escrito novelas como La Perricholi, reina de Lima y afirman que ella y Santa Rosa de Lima, son los personajes emblemáticos del bicentenario; pero para nosotros que aún miramos el mismo cielo que miraron Los Túpac Amaru, para nosotros que aún pisamos la misma plaza donde humillaron a los Túpac Amaru, para nosotros que terminaremos lo que Túpac Amaru II empezó, nuestros héroes del bicentenario son las y los Túpac Amaru, las Micaela Bastidas, las Tomasa Titto, los Túpac Karati, los Tampuwaqsu, los Vilcapaza, las Bartolina Sisa, etc. Por eso, este es el libro que todo cusqueño y todo tawantinsuyano debe leer.

Dice Scorza: “Nosotros vivimos en un continente donde lo escrito ha sido una permanente falsedad, que comienza con la instauración de la República. Las propias constituciones son colecciones de mentiras, de mala literatura; las Constituciones de América son resúmenes de humor negro. El periodismo mismo es una calumnia permanente de la realidad. En esa realidad de la literatura se presentó como una apelación a la verdad…”. Como un intento de establecer la otra verdad, la verdadera verdad, pero de ninguna manera la voz de los vencidos, sino la voz de los que, soslayando su egoísmo y sus intereses personales y familiares, fueron capaces de dar su vida por la patria grande, por la libertad del tawantinsuyano. En ese sentido, solo la literatura, solo las obras como Los Túpac Amaru de Aramayo nos puede redimir y manumitir. Por eso, quien pretenda buscar la información más completa sobre lo que significó el levantamiento tupacamarista que lea este libro.

Los Tupac Amaru es de un autor puneño. ¿Por qué un puneño debe escribir sobre Túpac Amaru? Porque ese puneño ama al Cusco, con el mismo amor milenario que sintió el puneño Manco Qapaq en cuanto hundió la barreta de oro en el sacratísimo Wanakawri. Pues, no olvidemos que los incas descienden del Altiplano. Y desde aquella lejana vez, los hermanos del Altiplano han estado siempre en auxilio a Pachacutec contra los Chankas, a Manco II contra los españoles y sus aliados, a José Gabriel Túpac Amaru II contra los españoles. Y, porque el Alto Perú se continuó la lucha de los Túpac Amaru. Entonces, Puno es Cusco y Cusco es Puno. Y tal parece que son los españoles quienes destruyeron esa unidad para enemistar dos pueblos hermanos. ¡Y ojalá este libro vuelva a hermanarnos!

Novela histórica, novela total, documento de resistencia andina, denuncia del vil e insano acto terrorista contra nuestros antepasados, ópera de los guerreros inkas, primera epopeya del Tawantinsuyo, este libro es un acto de amor a los Túpac Amaru y sus descendientes directos que aún viven en Cusco y el Altiplano, como diciendo, ¡LO MATARÁN Y NO PODRÁN MATARLO!. Por todo ello, Kawsachun Tupacamarukuna, Haylli, Jallalla wiñaypaq, taytamamanchis Túpac Amaru Micaela Bastidaspuwan.

Gracias, gran Omar Aramayo Cordero, por este amor al Cusco y a los Túpac Amaru!