Itinerario por Tiaparo 7 y 8. Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

En  fechas  que  se rinde justo homenaje al kapaq apo Jose Maria Arguedas,  Alejandro Medina  Bustinza (Apurunku),  continua contandonos su retorno a Tiaparo. Sus paisanos apurimenos, andinos y universales, con voz propia y colectiva, aumentan con sus palabras el legado del maestro. Rios arguedianos de muchas voces  Uman Kalle y Ukun Mayu. Uman Kalle es un lugar privilegiado de la proxima novela de Apurunku. Yachachkanchik iman Ukun Mayu /  Rios Profundos kasqanta.

Con la disculpa a los amigos y a las amigas, que vienen siguiendo la lectura de: “Itinerario por Tiaparo” reinicio los siguientes números, que espero sean de sus complacencias. Mis agradecimientos a Fredy Roncalla en Nueva York, y a otros amigos de la cultura nacional, por permitirme llegar hasta ustedes.

 

Itinerario por Tiaparo No 7

(Antes, previa lectura de Itinerarios No. 1, 2, 3, 4, 5, 6)

Poeta: Alejandro Medina Bustinza   (Apurunku)

¿Quién dice que las tumbas son lugares, donde sólo posan los silencios, y el oculto de los temores habla desde sus habitantes taciturnos, aun cuando están cubiertos con la tierra sobre sus pechos? ¿Quién dice que ya no es posible comunicarnos, con los amos de los sarcófagos, sembrados en cada rincón de esta inmensa ciudad de los peregrinos del más distante?

Los poetas más cumbres han sido manantiales de los poemas más extraordinarios, antes y después de sus partidas. Con la muerte, acaso se camina juntos, brindando buen vino en cada estación de los huertos otoñales. Amando intensamente a las magnolias del arco iris en cada orilla y bajo sombras de sauces primaverales. Vallejo decía: “Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo / me moriré en París y no me corro / tal vez un jueves, como es hoy, de otoño…” Mariano Melgar antes de su fusilamiento en Humachiri, dirigido a la ingrata Silvia, escribió (…) “Muerto yo tú llorarás / el error de haber perdido un alma fina / pero aún muerto sabrá vengarse / este mísero viviente que hoy tiranizas /….Vuelve…vuelve palomita/ vuelve, vuelve, a tu dulce nido (…). Decía también José Martí, después de la muerte del gran poeta Whitman: (…) “Ya sobre las tumbas no gimen los sauces; la muerte es la cosecha, la que abre la puerta, la gran reveladora (…) Un hueso es una flor. Se oye de cerca el ruido de los soles que buscan con majestuoso movimiento su puesto definitivo en el espacio; la vida es un himno; la muerte es una forma oculta de la vida…”

Sí pues, entonces nos dirigimos hacia el descanso de Valentín, y ahí estaba él, en su lecho, ya sin adversidades felizmente. Sin insultos, maltratos ni golpes en su pecho. Sin quebrantos en sus alas de pajarillo trinador. No más puntapiés, deshonras ni ordenanzas antojadizas sólo porque tenía el color de su piel diferente. Nos acercamos todos, mama Meche sollozaba desde su río sangrante de su pecho. Sus palabras repercutían por todos los cobijos del panteón. Le decía a Valentín que cada mañana continuaba esperándole, justo en el patio de Huillcas Pata, siempre dispuesta para abrazarla, sentir su humano regreso de su wawua. Él, siempre acostumbraba llegar cargado de alegrías y su risa de niño juguetón.

Yo sentía partirse mi pecho en cientos pedazos de árboles derribados al oír a mama Meche, hablándole a su hijo. Cómo volver a empezar para ir corriendo, junto a Valentín, atrapando a los diminutos cheqollos, entre herbajes comprimidos que cercan a los huertos hortalinos de la comarca. O traveseando por las praderas ariscas de Sawirqay pampa, Allpatakana, Antalaqa, hasta llegar a Calvario pata. Seguro me hubiese dicho maula, por no haber aprendido a caminar las subidas.

Luego me conversaría acerca de la inmensa tierra que nos rodeaba, que aún somos los dueños legítimos de ellas, aunque poco a poco venimos perdiendo. Algún desgraciado mofletudo y panza chabacal, dicen los comuneros, desde el sillón de gran elegido importante, habría hecho negros negociados con grandes platudos de adentro y de afuera, dejando vendido cada pedazo de nuestras tierras y montañas. Hasta los ríos y riachuelos ya serían de otros. Valentín sabía muchas cosas. Wiapani estaba empezando a ser fracturado desde sus entrañas. La minería había llegado, como una forma de maldición infernal. Pronto los desgraciados destruirían nuestros verdes y puquiales. Ellos no respetan a las florestas, a los puquiales, pastos, al aire ni al agua. A las lagunas. Sólo nos provocará más odios y pugnas entre campesinos hermanos. Se aprovecharán de nuestras necesidades y pobrezas para parcializarnos a favor de ellos.

Nos alejamos, hacia la puerta del panteón, después de ofrecer nuestras correspondientes pleitesías en la tumba de Valentín. Ahí estaba él, con sus restos depositados en el sepulcro, envuelto de tierra por adentro, y pastos crecidos por afuera. Pero era sólo su tumba. Yo ya sabía que él, con toda su secreta energía vital de su esencia, ya no estaba allí. Valentín ya vivía allá arriba, junto a los cóndores, las huallatas. Allá en lo alto de los ischus, jugueteando con los relámpagos bravíos de las montañas. Sí pues, ya allá arriba vivía, en Apu Sondoro, al lado de los otros buenos tiaparinos. A veces baja, sólo para cerciorarse de sus caminos; a beber la agüita clara y dulce del manantial de uman pata. A visitar a sus amigos piskalas, akaqllos, y chiwakus.

Dejamos atrás al camposanto, y todos nos dirigimos a la casa de mama Meche. Su esposo, el tío Donato Machaca, silencioso, con su miramiento vacío hacia las profundidades de una inmensa tristeza, cansado, afligido y lento, caminaba adelante mientras de sus ojos pequeños caían temblorosas gotas gruesas de aguaceros. Mi corazón era traspasado por espinozos waranqos. ¡Cómo me dolía…! Puse mi brazo sobre su hombro tratando de apaciguar su hondo sufrimiento. Pero igual, a ambos nos invadía la tristeza.

Caminamos juntos, él me regaló una sonrisa extrayendo la lluvia de su rostro empapado, con sus manos llenos de cicatrices ya contraídas por el tiempo, clara señal de estampas que quedaban como testigos de sus mejores faenas en su época de mozo. Cuando enamoraba a mama Meche, demostrando ser un gran laceador y domador de caballos chúcaros; faenero, leñador y buen sembrador de sus chacras. Y aún barbecha la tierra y pirca los cercos. Mañana iré a Allpatakana, Antalaqa y Atun Rumiyoc. Hablaré con ellos, le pediré a mi abuelo Mariano Huillca, porque él siempre está en todas partes de estas montañas, seguro me escuchará, para que interceda y ruegue a los dioses grandes de esta parte de la tierra, calmar el dolor de mama Meche y taita Donato Machaca. Seguro me escucharán. Sí… mañana iré a Allpatakana… (Continuará)

Callao, 5 de diciembre del 2014

Itinerario por Tiaparo No 8 
(Antes, previa lectura de Itinerarios No. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 )

Poeta: Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

 

Aquella noche no pude dormir. Mis oídos estaban atentos a cientos de sonoros chillidos y parpadeos de los grillos, quienes transmitían sus conciertos desde cercanos y distantes de las afueras. Yo gozaba de pura dicha por el enorme momento de tan placentera circunstancia que volvía a vivir, como cuando niño adoraba sus sinfonías de estos ocultos insectos nocturnos. Mis acompañantes, mi hermana Trini y mi compañera Lola, simplemente quedaron rendidas por el sueño. Estaban agotadas.

Trini, había retornado casi al anochecer desde Uyuni, que fuera con la caravana del tío Misti Simeón Huamaní, donde hubo el Huaka Tinkay. Nos relató una serie de anécdotas curiosas y familiares. Yo esperaba que nos trajera alguna sobrita del acontecimiento, sólo apareció cargada de unos cuantos leños sobre su espalda escuálida. Bien amarrado con su improvisada chompa. Lola pasó la tarde, porque en Human calle desde la parte alta sentados, nos pasamos viendo bailar y cantar a los tiaparinos, en el patio grande del aposento, seguramente de una de las autoridades. Al lateral de la casa del taita machu Genaro Moraya.

Sí, me dije en mi interior doliente, recordando a taita Genaro Moraya lleno de nostalgias por aquel personaje, tierno y amable, que tanto me hacía creer que yo sería el nieto de mi abuela más querido por todos sus ayllus, y muy conocido si yo no dejaba el lápiz y el cuaderno. Algo parecido así, diciéndome, venía a mi recuerdo taita Genaro Moraya. Tenía muchas vacas y ovejas, era unos de los kapak runa. Su crianza quedaba muy arriba del pueblo, tras el Apu Sondoro, Junto a Suparaura. De vez en cuando le veía alcanzar a mi abuela unos quesitos frescos y sabrosos. Me decían que eran ayllus. Era hermoso cuando venía a nuestra chosita a pedir a mi abuela, algunas recomendaciones para no cometer errores en su faena, como padre de su hogar y también como autoridad del pueblo. Mi abuela le brindaba siempre sus consejos. No sólo a él, sino a todos. Mi abuela se parecía a la Madre Patria de Human calle, impartiendo recomendaciones a sus parientes y demás habitantes del lugar.

Si taita Genaro estuviera presente, estoy seguro, me hubiese reconocido para luego envolverme entre sus brazos de hombre bondadoso y desprendido. Tal vez yo le hubiese desilusionado, acaso por no haber llegado con suficientemente bien agarrado del lápiz y cuaderno, como alguna vez él me había recomendado. Pero estoy seguro, en algo le habría agradado mi presencia. Si nuestra generación, en parte siquiera, acaso habríamos heredado aquellos valores de estos sencillos y tiernos campesinos, distintas serían nuestras convivencias.

Tiene varios hijos, algunos de ellos ojalá hayan adquirido algún rasgo de amabilidad innata como poseía taita Genaro Moraya. Lo que sí he escuchado, que los muy condenados de sus hijos hayan podido aprender y cuentan, son muy buenos intérpretes de la buena música nuestra. Eso me alegra mis sentimientos. Algo habrán aprendido de los buenos músicos que venían de otros pueblos: del genial Huamán Razo de Tapairihua, de los músicos de Pampallacta, Chapimarca, Huaquirka etc. Yo, sí los asimilé de ellos, cuando venían en épocas de las fiestas, gran parte de sus enormes sabidurías nos transmitían de manera libre, espontanea y directa. En especial de Quintín Machacca, don Guillermo Palomino, Esteban Tapia, Antonio Huamaní, Gregorio Camargo y de tantos otros músicos tiaparinos.

Desde mi ubicación de la lomadita arriba, traté de saludarlos agitando mis manos, pero parece que no me reconocían. A la mayoría yo tampoco no pude identificarlos, sólo a dos o tres personas, ellos no levantaban la vista para advertir mi presencia. Yo trataba de comunicarme con una serie de señas simbólicas. No fue posible; sin embargo, fue maravilloso y sumamente agradable oír y ver la música de la banda de guerra, y otra banda con tarolas y trompetas en competencia plena.

Luego supimos que entre los músicos estaban uno de los nietos de taita Julián Huillca tocando la tarola, por un lado, y por otro, estaba su hijo mayor de mama Meche, Gregorio Machaca, golpeando el bombo. Si yo hubiera estado muy seguro de ellos, inmediato hubiese bajado para enrolarme con mi rondín. Entonces los Huillcas les hubiéramos hecho bailotear toda la tarde y toda la noche.

Aunque debo confesar, no bajé por un pequeño temor de las circunstancias. No por estar o no estar entre ellos, sino, al llegar al pueblo hallé a muchos de mis parientes, niños y mayores, apaleados todos, por una malaria terrible del tiempo friaje, por la que estábamos atravesando. Alta fiebre, toz seca, escalofríos etc. Señalaban, tres días era su duración. Mama Meche estaba muy enfermita, me recomendó mantenerme en sumo cuidado. En los cinco días que estuve allí, bajé a la única posta médica que estaba ubicada en Retira Pata, sólo había un aviso: viajaron a dar informes a la Región de Salud – Abancay.

Felizmente yo había llevado, a manera de precaución, por mi tratamiento, porque padezco de amigdalitis crónica y presión alta. Por eso llevé algunas cápsulas y pastillas: Cetiricina, ibuprofeno, jarabe para la toz etc. Éstas, me ayudaron enormemente, claro que se acabaron en las bocas desesperadas por sanarse. Ya no quedaba nada para mí, por eso yo debía cuidarme. Era muy seria la enfermedad por esta temporada en pueblos alejados de la urbe. Aunque hubo momentos que me olvidé de las recomendaciones de mama Meche, no podía dejar de brindar la rica chicha tiaparina en jarras grandes, alguna bebida para el frío, pero siempre con cautela.

Aquella segunda noche, antes de cerrar las cortinas de mis ojos, quedé pensando en mi abuela. La pequeña habitación donde estábamos alojados, donde viví con mi abuela y era de ella, ahora un pariente había construido. No exactamente, pero nos hizo saber que sólo podíamos ocupar durante nuestra permanencia. Me hizo sentir muy mal, no le prestamos mayor atención, no habíamos venido para eso. Por eso aquella noche, saqué mi rondín y entoné aquella canción que tantas veces oía vocalizar a mi abuela mamay Anqui, una canción desesperada, afligida, como diría el poeta Pablo Neruda. Mientras en el batán grande, situada por nuestra cabecera, armoniosamente ella siempre amanecía cantando y moliendo el maíz, trigo, o el chuño seco para elaborar rica lawita, con su quesillo fresco, o surtido con huevos de gallinas gordas. Mi corazón se partía en mil pedazos al recordar aquella triste canción. Pero yo seguí tratando de extraer en mi rondín, las melodías más sentidas de aquella, y a la vez hermosa, balada andina:

Wasicha ruwakusqaita / vientucha aparpariska / ay vidallai vida mía/ waisin wasinchu purillasak / ay suertellay suerte mía / llakta llaktanchus purillasak.
Callecha ruwakusqaitas / lluklla aparparisqa / ay vidallay vida mía / callen callenchus purillasak

/ ay suertellay suerte mía / wasin wasinchus purillasak.

Con mis ojos pintarrajeados de gruesas lloviznas, quedé dormido. Afuera, las sinfonías de los grillos continuaban sus bandurrias. El vacío intenso, profundo, del espacio enorme del contexto geográfico de Tiaparo, permanecía con su cielo repleto de estrellas titilando a lo lejos. Recordé a Shakespeare, sobre estas cosas de las adversidades cuando nos sucede, él decía: “Suceda lo que suceda, aún en los días más borrascosas, las horas y el tiempo pasan… y lo bueno es bueno, aunque carezca de nombre; lo vil es siempre vil…” Al día siguiente nos esperaba Allpatakana. (CONTINUARÁ) Callao 15- 1-15

Itinerario 5 y 6. Alejandro Medina Bustinza (Apurunku)

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Apu kaspalla Apurunku waykinchis kaypipas maypipas  puripakuq. Qayninpa Tiararuman Chalhuankaman ima  kutimurqa, kunantaq llapaq gremio de escritores qellqapaqkunawan Chulukanasman richkan waykinchichik Armanduwan paninchik, Patriciawan, llapanku qellqapaqkunawan ima.  Allinmi wayki paniykuna!

ITINERARIO No 5

Alejandro Medina Bustinza Apu Runku

Aparecieron mama Mercedes, mi madre y demás familias con quienes habíamos llegado. Mi madre y mi tía Meche se abrazaron entre suspiros e inusitadas emociones encontradas. Otros jóvenes tiaparinos se acercaron. Yo no los conocía. Se ofrecieron amablemente trasladar del vehículo nuestros bultos. Creo que ellos tenían necesidad de viajar hacia Abancay, y como mi hermano retornaba de inmediato, preciso les era favorable para ser trasladados hasta Santa Rosa. Nos abrazamos con mama Meche, ella estaba muy desconcertada. Nuestra llegada era increíble para ella, jamás había creído que íbamos estar allí, aun cuando antes habíamos avisado de nuestro viaje.

La tarde empezaba hostigarnos, para cubrirnos con el manto oscuro de la pronta llegada del anochecer. Mi madre trababa conversaciones con mama Meche, seguramente encargándonos del hospedaje. Uno de los hijos de mama Meche, muy atento y cordial: Julio Machaca, arregló la habitación. Instaló la luz justo en la cocinita de mi abuela que ya no estaba, porque sobre su cimiento habían construido una pequeña casa con dos estrechas divisiones. Expresaban que en una de ellas íbamos a alojarnos. Yo estaba contento, por volver a pasar los días en esta pequeña habitación, donde parte de mi niñez fue esculpido con el fuego crecido y determinante de la ternura de mi abuela mamay Anqui. También con los crisoles del amor infinito que me entregaron mis tíos abuelos Huillcas – Huamanís y demás campesinos de Uman calle, quienes forjaron en los núcleos de mis huesos y raíces de este mi universo lleno de glóbulos purpúreos, que ahora cargo día y noche, por todas las elevaciones y llanuras de mi existencia.

Sí pues… ellos sembraron los huertos de alverjas y rayanes aquí adentro, aquí en los cientos de orillas de mis células vivas. Asentaron los chuños de arriba como perlas negras del espacio dinámico, y otros, de lunas plateadas burbujeando perdurables aquí entre mis sueños. Ellos sembraron en mí… perejiles, wakatayes, maizales y papas de todos los sonrojos y matices que pudieran existir en el cosmos. También las travesías de los rayos ariscos y los colores disímiles del arco iris.

Mi hermano, apurado subió indicando la hora de su retorno, y de inmediato nos despedimos. Sólo quedamos yo, mi compañera Lola y mi hermana Trinidad. Abajo, continuaban retumbando la música toril. Había muchedumbres bailando en Chaupin calle; algunos me conocerían, pero sólo nos miraban con cierta extrañeza. Había parientes que se me acercaban preguntándome cuál era el motivo de mi llegada. Al señalarles que se debía sólo a una visita y el deseo de reencontrarme con los míos, creo que no les satisfice con este mi argumento. Tuve la impresión, ellos creían que mi presencia se debía tal vez por asuntos de proselitismos electorales, o que yo estaba de candidato para algún curul territorial (estábamos en período pre-electorales regionales y alcaldías).

Otros parientes deliberaban que mi interés estaría también en recoger y reclamar pertenecías de mi abuela o de mi madre. Por ninguno se me había ocurrido la idea para viajar a Tiaparo. No importa. Aquella noche, antes de irnos a dormir en la pequeña habitación que nos preparara Julito Machaca: 20 cueros de oveja, otras veinte frazadas tejidas con lana de ovejas, colocada la luz, puesto mi buzo y una casaca gruesa sobre mi cuerpo etc. esperaba al frío intenso de la helada que vendría al oscurecer. Yo sólo deseaba descansar bien abrigado. Como dice Vallejo “Que frío hace Jesús…”

Antes de pernoctar, tracé la agenda de mis actividades en Tiaparo para los días siguientes. Al día siguiente iría al panteón. ¿Cómo podría yo transitar los limítrofes de esta villa apasionada y bellísima, sino no visito a saludarlos, antes, al lugar del descanso sacrosanto de cientos tiaparinos, donde reposan sus alabadas y amadas naturalezas de sus huesos…?. Yo, ya sabía que muchos de ellos, en especial a los que los conocí, tuvieron el privilegio de escalar y ahora permanecen eternamente en allá arriba. Me refiero en Apu Sondoro. Con algunos que emprendieron el viaje sin retorno y que ya no están físicamente para el goce de nuestros ojos, cuando ingresé al pueblo, bajaron y nos saludamos. Nos dieron la bienvenida con supremo contento. Eso, jamás lo olvidaré.

En el segundo día subiré hacia Allpatakana, Antalaka y Atun Rumiyoc. Ellos poseían tantas cosas por decirme. Sé que me están esperando. Además, todo estos largos años de nuestro distanciamiento inevitable y cruel, por no decir lo menos, almacené en mis átomos enormes pretensiones de encontrarme y conversar con ellos. Días antes ya me habían enviado sus mensajes para encontrarnos y volvernos a ver. Reencontrarnos para abrazarnos y cantar sentimientos de totoras y urpis, Tokaruaychas, y arpaschallay violenchallay. Especialmente con Atun Rumiyocc y con los habitantes de Gentil Machay. Dicen que están enlutados y a la vez furiosos, por las heridas sangrantes que venían causando los desgraciadores de las montañas a causa de la minería. Dicen también están coléricos por la traición miserable de algunos comuneros Felipillos. Hasta han aparecido nuevos nombres sólo por recibir migajas y favores. ¡Sí pues…las repugnantes ratas siempre están en todas partes…!

El tercer día iré a Gentil Machay; sí, a aquel lugar donde perduran sus restos de los antiguos dueños y señoríos de estas extensiones terrenales y praderas que hoy en ella habitamos. Los pobladores de Gentil Machay ya saben de mi presencia, y seguro desde ahora ya me estarán esperando.

Dejamos de vernos desde cuando fui niño, porque en aquella época cada año al realizarse la fiesta grande de Tiaparo: Mamacha Asunta, ellos, los habitantes de gentil Machay y Atun Rumiyoc bajaban como invitados especiales, vestidos con capas y ponchos de hilos de vicuñas. Sus atavíos sobre sus sombreros eran con plumajes de Siwar kentys y flores de kantus. Descendían avivando a los Apus guardianes principales del pueblo y entraban bailando en toro velay hasta el amanecer. Yo gozaba con sus presencias alborozadas. Ellos, al verme me llamaban y me trataban como si yo fuera uno más de sus componentes. Entonces yo saboreaba las melodías del toril ejecutados extraordinariamente por las bandas de guerra. Lo mismo con los violines de Benito Torres, Gregorio Camargo, Collayo de Saraica, Sacarías Quispitupa, Nicolás Huamaní y de otros. Entonábamos canciones de la tierra fecunda destinando nuestras composiciones musicales y espontáneas, hacia los toritos de las alturas de Tiaparo. En arpa, eran deleites a mis oídos de infante el del kusadito Nicolás Quispe, Juan Camargo, Argamonte, José Peña, Machu Almanza etc. Cómo bailábamos y cantábamos con todos los visitantes de las montañas. Con todos ellos seguro me veré en Gentil machay.
Antes de ir a dormir, fuimos a la cocina, acurrucándonos cerca al fogón de la tullpa, mantuvimos una larga conversación con la tía Meche, su hijo Julio Machaca Huillca, su esposa de Julio y los nietos. Al lado de la tullpa calientita le preguntamos cuantos hijos había tenido. Ella, nos respondió con la misma naturalidad de una madre ya venida a sus años otoñales, con cierto ánimo de contento mezclado con el abatimiento de sus ojos grandes y lacrimosos, designando los nombres de sus 5 hijos: Jorge, Juan (estaba en Lima) Ángela, Julio y Valentín Machaca. Terminó revelándonos con el rostro adolorido y su fisionomía afligida, que el último de su hijo citado, ya varios años atrás, habría sido arrancado de sus brazos por las garras desgraciadas de la muerte.

De pronto recordé el nombre de Valentín Machaca. Mi pensamiento quiso detenerse en un profundo suspiro y desconcierto, porque aquel joven amable con quién mantuve el primer encuentro, horas antes en Huillcas Pata, también dijo llamarse Valentín Machaca. Él, tuvo la amabilidad de informarme algunos pormenores del momento cómo atravesaba la comunidad de Tiaparo, y no tuve la ocasión para agradecerle por su gentil información. No le hice saber a la Tía Meche de este sucedido, sin antes preguntarle cómo era su hijo Valentín, si acaso había otro joven en el pueblo con ese mismo nombre y de qué murió.

Nuevamente sus ojos se humedecieron y su voz quebranto de madre adolorida, hizo temblar mi pecho porque empezó a revelar detallándonos a aquel hijo suyo que había dejado honda herida en su corazón:
“No, no hay nadie con ese nombre de mi qari wawuallay. Él era muy cariñoso, apenas tenía sus 22 años, conversador, amigable. Fue a servir a la patria en el ejército, allá en Antabamba. Muchas cosas sucedían en el campo aquellos años cuando él estaba de soldado,…un día mi wawua llegó sudoroso, pálido, quejándose de dolores en su espalda, pecho, estómago. Qué le habría pasado, no quiso contarnos, pero algo le habían hecho a mi wawuachallay. Sufrió varias semanas, un poquito antes de morir nos quiso contar…ya no lo entendimos bien…creemos haya sido en un enfrentamiento con enemigos, él habría logrado escaparse y estaba amenazado, o en el mismo ejército le habrían maltratado…él no quería volver a su base, y así murió de golpes que tenía en sus pulmones, pecho, estómago. Por ir a servir a la patria mi wawua murió…no sabemos pues a dónde quejarnos, tampoco el estado ha venido averiguar, si ellos sabían que aquí vivía. Ahora mi wawua ya no está conmigo. Su padre llora todas las noches por mi wawua… la vejes nos ha llegado rápido de tanto llorar por mi Valentin…”

(Continuará, Callao 24-10-14)

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TINERARIO No. 6

Alejandro Medina Bustinza Apu Runku

Al escuchar las versiones de mama Meche, mi corazón se estremeció en hondo dolor y zozobra. Qué duda cabía, fue con Valentín Machaca con quien me había encontrado y entablado conversaciones aquí en el patio de Huillcas Pata. Sí, hasta nos abrazamos con tanta ternura, y tenía mucha razón mama Meche, él era un joven amable, conversador y sumamente sensible a las vicisitudes que acontecían en Tiaparo. No les dije nada acerca del encuentro con Valentín, con mayor motivo mañana iremos al panteón. Pensando en Valentín y el sufrimiento de sus padres, me fui a dormir. Cuánta desgracia e injusticia persistía en la vida de los campesinos de las comunidades andinas. Tan igual o peor que los trabajadores despedidos de otras zonas del país, después de ser asaltados sus fuerzas productivas por los dueños del poder y de los sectores patronales.

Al día siguiente, antes de las cinco de la madrugada alguien tocó nuestra puerta. Abrimos, el frío quemante cumplía su cometido emprendiendo a mordernos con sus dientes helados a nuestra piel. Apareció mama Meche trayéndonos agua tibia para lavarnos las manos, porque ya estaba listo el desayuno, nos decía. Invocó no levantarnos, argumentando que el frío estaba muy ofensivo. Quedamos sorprendidos por la atención esmerada y temprana de mama Meche; pues sentí vergüenza preguntándome qué yo había hecho para merecer tan considerada atención. Pero ella, con el acento cariñoso nos pedía que continuemos en la cama. Cuánto se parecía a mi abuela mamay Anqui.

Otro toque de la puerta escuchamos, al abrir era mamalla Sabina Torres, entró trayéndonos papa sancochada con su ají de queso, charqui tostado y agua caliente con hierba buena. Después vino otra, y otra, y otra. Nuestro dormitorio se llenó de chuños sancochados, mote calientito con pedazos de chicharrones; lawita de maíz con su morón de olluquito y queso etc. Retribuimos nuestros agradecimientos a todas, quedándonos conversando hasta la salida del sol, entonces abrimos también nuestros paquetes donde habíamos llevado nuestros cariños. Unos cuantos panecillos, caramelos, bizcochos etc. pero lo más interesante, desatamos lo que habíamos llevado con cierto temor para la familia de Huillcas Pata, si acaso de repente no iban a recibirnos.

Meses antes de viajar, junté unas cuantas cositas y ropitas para la familia de Huillcas Pata. Canicas para los chiuchis. Quedo agradecido a los amigos y familias por sus voluntades y sin mayores argumentos, quienes me alcanzaron cuando les pedí y el fin que se iba a cumplir: al profesor Carlos Gonzalo De la Torre, a la señora Gricell Vásquez, a mi hija Juliana Medina, a mi compañera Lola Matos etc. A ellos mil gracias. Mis parientes, con tanta alegría nos han recibido y eso fue maravilloso. Cuanto quisiera haber llevado para todos los niños del pueblo. En especial para esta temporada de friaje.

Ya en altas de la salida del sol, con el estómago lleno salimos del dormitorio. Por ahí subía jalando unos caballos, machu Simeón Huamaní y su familia quienes se dirigían a su cabaña de Uyuni. (El tío misti estaba aquí…oí comentarios que un día antes hubo celebraciones de varios matrimonios…me hubiera gustado presenciar; los casamientos en Tiaparo son muy especiales y de una connotación sumamente exclusiva y telúrica). Trini salió contenta, se enroló para ir junto con ellos.
Más arribita de Huillcas Pata, por la casa de don Vidal Román había banquete. Me llamó Trini antes de emprender hacia Uyuni. Subimos con mi compañera, pocos nos conocían. Parece allí ocurrió el matrimonio. Les reconocí a sus hijos de don Juan Soria. Nos invitaron a saborear caldo de mote pelado con sus carnes enormes, la chicha en jarra típica muy especial para estos eventos. Imagínense nuestros estómagos. Fueron muy amables con nosotros.

Después, ya cercano a medio día nos dirigimos hacia el panteón. Las despedidas de la fiesta toril por la conmemoración del 28 de julio continuaban celebrándose en las casas de las autoridades del pueblo. Con banda de guerra y orquesta. Sentía grandes ganas de entrar a bailar y cantar, pero tenía que cumplir la agenda. Llevamos nuestras velas, la coca, los licores, cigarros, inciensos, cinco colores de flores etc.

El panteón se hallaba bien conservado, cercado con paredes firmes, su puerta grande con rejas de metal. Qué bueno por estar así. El tío Donato Machaca que ya estaba con nosotros nos condujo donde Taitas Sinforiano y Julián Huillca Huamaní. Fue enorme la tristeza y el contento, mezclados así cuando vi y me acerqué a las tumbas de mis tíos abuelos, reencontrándome después de tantos años de ausencia en la distancia. Mama Meche les habló en doliente transmisión y con su voz animada. Les decía:

“Taitay Sinfo, taytay Julián Huillca Huamaní, kaijqa munaskaiqui wawayqikuna jawaqniiqi chayaramusqaku. Papai, kantan mañakuiqi atun taytachakunata niikunaiqipaq, sainaná kay wawanchiskuna amunanpaq sapa punchau, sapa killa, sapa wata…” (“…Padres míos: Siforiano y Julián Huillca Huamaní, aquí están tus hijos nietos que tanto los querías, han llegado a verte. Padre mío, te invoco a ti para que a los dioses grandes les pidas que estos tus hijos no dejen de venir siempre cada día, cada mes, cada año…”)

Luego modulamos aquel yaraví ayataki que de niño les oía cantar a don Luis Román y a don Justo Avendaño. Ellos, lo interpretaban con la correspondiente musicalidad de desconsuelo y lamento que encerraban en su interior este ayataki. El canto estaba orientado hacia los espíritus de los que ya no estaban en este mundo terrenal de los vivos (kai pachapi), sino en el otro mundo de abajo (uku pachapi). El ayataki lo dedicamos a todos los santos que descansaban en el panteón de Tiaparo, y brotaba de nuestros labios, agudo, lento, silencioso pero a la vez dulce, como gemidos huérfanos salidos desde nuestros pechos reanimados:

“Kay mundopi kausak runa / agua benditata / ichaikamullaway.
Achakallau aqakakallau / imai vidatat /kaillay vidari.
Wauqeikuna panaikuna / kuskapunilla / kausaikullanqis.

Gente que aún viven
en este mundo
échenme agua bendita.

Ay cómo quema
cómo duele
qué vida será
esta desconocida vida.

Hermanos hermanas
hagan vida
y vivan juntos
siempre juntos.
Con nuestros ojos llorosos, después de la ceremonia entre himnos y oraciones, ahora teníamos que dirigimos a la tumba de Valentín Machaca. Sí, fuimos hacia él, y ahí estaba… (Continuará, Callao 26-10-2014)

Conociendo mis orígenes. A. Edbel Vilca Cabrera (Quski)

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Por intermedio de Katherin Yurema Mamani Contreras accedemos nuevamente a  dos relatos del joven de doce años A. Edbel Vilca Cabera que se perfila con un cronista cotidiano  similar a Julio Chalco, con  la misma direccion hacia el origen que Alejandro Medina Bustinza (Apurunku). Casi como si los talleres de afinzamiento de la identidad de Chirapaq se hayan trasmitido de Ayacucho a Abancay.  Tanto Katherin como A. Ebdel son la mas nueva generacion de escritores del ande. Hablan en primera persona, sin huellas de traduccion cultural y alteridad absoluta,  y tienen una proyeccion que dara muchos frutos.  Este relato es el primero de una serie de dos.

Conociendo mis orígenes.

Quski

Hoy declaro que conocer mis orígenes; es conocerme a mí mismo, ello fortalece mi identidad en consecuencia mi autoestima.

A. Edbel Vilca Cabrera.

Frente al universo soy pequeño. La inquietud, a raíz de final de la clase del año escolar, desesperaba en mi mente, las interrogantes de ¿quién soy yo? Y ¿de dónde vengo? el ambiente de las vacaciones animó a mi mamá y ella a mí   para llevar  adelante un viaje a su tierra natal; un pueblito ubicado en Cusco _ ¡Genial! _ Mis orígenes también están en la tierra natal de mi mamá.

Me encontraba en una caja, donde sólo se veía una luz pequeña y muy fina que resplandecía por encima del objeto cuadrado, miré alrededor y vi también a otras personas que dormían, a medida que seguía observando parecía que la caja se agrandaba asombrosamente, de pronto sentí un movimiento ligero a mi costado, me fijé y era mi mamá, miré al otro costado y estaba mamá Julia, parecían dormir muy bien tapadas con una pequeña manta que sentía su llamado; yo también quería dormir.

Primero llegamos a la ciudad del Cusco y luego teníamos que partir a Ivin en un camión, estaban ahí vendedores de linternas, pilas, galletas y otras cosas más; Subimos al camión, nos sentamos en la esquina, nos acurrucamos, nos tapamos con la manta y nos dormimos. Al instante mamá Julia me dio chuño con queso, eso alivió por un momento el gran hambre que tenía muy dentro de mí, empezamos a caminar, todo era bonito: Los árboles, los riachuelos, el río y sobre todo; el gran relieve que existía era muy singular dentro del mundo, luego; caminamos dos horas hasta llegar a Ivin. Mamá; ya cuando estábamos en Ivin, me preparó una sopa, que le llaman Sara Lagua (crema de maíz) estaba muy rica. Al instante mamá Julia puso una tabla muy grande que brillaba con los rayos del sol y era la primera vez que veía un panel solar. Al anochecer mamá Julia saco la tabla, después la conectó a una corriente que enfocaba un foco y nos iluminaba, aún así la noche se sentía fría y oscura.

Al amanecer del día siguiente, ¡mi mamá no estaba! Solo mamá Julia y yo nos quedábamos, le pregunté y me dijo- Se ha ido a la ciudad del Cusco_ Sentí nostalgia; pero lo supere. Nos fuimos mamá Julia y yo a Watara, un pueblito más arriba de Ivin, donde vivía mi tío Ignacio y mi tía Eugenia; me dijeron que me iban a enseñar las labores de un campesino, me emocione; porque era nuevo para mí y más aún vivir las vivencias de mi tío. Me sorprendí al ver que la casa estaba separada, la cocina estaba lejos de los dormitorios y los techos eran de calamina.

Me llamó la atención, la casita del criadero, del chancho, cuando vi al animal muy gordo, salió de mi un gran susto; al poco rato tras mío un grupo de niños, que tenían la misma edad que yo, corrían en manos con paquetitos de galletas, las que yo me las compró en Abancay, me puse a pensar y me dije a mi mismo_ Los niños de Ivin, tienen alcance a las galletas ¡claro que no está mal! Pero ellos podrían satisfacer su apetito, con una canchita de haba o maíz; que es más saludable y nutritivo_ ¿Qué estaba pasando ahí? Acaso los niños, no están valorando, lo que es suyo y de ser así, cuando conoceremos el misterio de dónde venimos; estos actos no contribuyen a fortalecer nuestra identidad por ende nuestra autoestima. Ese mismo, instante recordé lo que mama Julia me contó una noche atrás, para distraerme del frío. Dice que la luna estaba triste y ya no iluminaba como antes, entonces los hombres, que amanecen bajo el recinto del molle, para guiar su camino, utilizan la linterna, con ella las pilas, muy pocos de ellos se dieron cuenta, que cuan contaminantes es una pila, y muchos otros siguen utilizando; nos falta reflexionar al respecto. Ya en la mañana vi a tía Eugenia quemando plásticos; pienso que esa acción, es copia de las ciudades para deshacernos fácilmente de la basura.

Estaba con una tristeza profunda; por las cosas que había observado y por la ausencia de mí mamá. Al instante vino Milagros; quien es mi prima, ella me enseñó sus chacras y los animales que criaba y me comunicaron que mi primo Adrián también iba a llegar, me alegré e hice mis deberes, como cortar la alfalfa y alimentar a los cuyes para después jugar. Cuando Adrián llegó me sentí feliz de tener alguien que me ayudara a cortar la alfalfa; al atardecer tío Ignacio nos llamó para arrear las vacas que estaban en la punta del cerro, sin pensarlo dos veces obedecimos y acompañamos a tío Ignacio en una gran aventura.

Por cada paso que dábamos nos sentíamos más fríos, mire a lo bajo y vi a Watara; habíamos caminado buen tiempo, cuando alcanzamos a las vacas me alivié, porque ya no caminaríamos más las arreamos y llegamos a casa donde nos esperaba un mate bien caliente y una sopa rica. A la mañana siguiente tío Ignacio, nos dio una nueva tarea, teníamos que sembrar las semillas de zapallo y acelga para que broten para el día de cumpleaños de Milagros. Al terminar los trabajos sacamos nuestras canicas y empezamos a jugar al costado del estanque de los patos, y a sacar tuna de las pampas donde se pasteaban las vacas.

Adrián, Milagros y yo acordamos en construir un espantapájaros para asustar a los pájaros que quisieran comer los cultivos, ya que mañana era el cumpleaños del tío Ignacio y además teníamos las herramientas adecuadas. No pudimos terminar la sorpresa de tío Ignacio, pero si le abrazamos y festejamos su cumpleaños con una sopa de codorniz y un segundo de chancho, los dos estaban muy ricos, en la noche comimos un chiri uchu.

Al día siguiente mi mamá vino, nos despedimos y partimos rumbo a la ciudad del Cusco para después ir a Abancay, tuve la oportunidad de observar acciones que no nos permiten a valorar nuestros orígenes y por ende fortalecerlas. Aprendí a valorar las actividades del campo, a degustar platos de mama Julia y tía Eugenia a sembrar y arrear vacas, correr al ras del viento con mis primos. Fue una experiencia singular.

HUWANCHA KANAWIRI. Feliciano Padilla

imagesEl ministro de Educación, por razones incomprensibles, sin ningún argumento científico válido, pretendió desactivar la Dirección General de Educación Intercultural Bilingüe que, en materia pedagógica ofrece la alternativa más pertinente y la que se corresponde con la realidad cultural y lingüística del Perú y con los Proyectos Curriculares de la mayoría de las regiones del país.

La educación bilingüe intercultural (EBI) no sólo acomete el fortalecimiento de la identidad cultural y resuelve la problemática de las lenguas nacionales, sino que, esencialmente, se orienta a recuperar los saberes de nuestros ancestros en todas las áreas del conocimiento para articularlos a la ciencia y la cultura universales, con el fin de que los peruanos nos reconozcamos como tales y aceptemos todo aquello que viniendo de occidente u oriente sirva para el desarrollo humano sostenible de la sociedad peruana.

¿Hasta cuándo hemos de permitir que la educación sea un conjunto de acciones colonizadoras, asimiladoras y modernizantes? En sociedades como la nuestra, la interculturalidad debe ser la base de la cual se deriven las competencias, capacidades, estrategias y contenidos enraizados en nuestra filosofía, conocimientos y prácticas propias, con el fin de que, a partir de ellos, incorporemos críticamente todos los conocimientos científicos y tecnológicos de la humanidad. Por eso, la interculturalidad debe ser un enfoque transversal que abarque toda la realidad económica, social y política del país. Los problemas de inclusión no funcionan sin la interculturalidad porque detrás de la exclusión hay un racismo de siglos, una discriminación abierta o solapada que agrieta mucho más nuestras heridas.

Por estas consideraciones me adhiero a todas las voces conscientes que se han levantado en el Perú contra esta pretensión del ministro. Es más, dedico a la DIGEIBIR y a todos los profesores de EBI este cuento escrito en mi condición de quechua-hablante.

HUWANCHA KANAWIRI

Autor: Feliciano Padilla (*)

Layqaquta yachaywasipi Huwancha sutichasqa maqt’illu, llapan pukllaq masinkunata, sapa kutilla waqachirqan. Huwanchaqa isqun watayuqsi karan. Wakin yachaqmasinkunapis isqun watayuqllataqsi karqanku; ichaqa kay Huwanchaqa, sapa p’unchaw allinta chawllata mikhuruspa anchata wiñasqa. Paywan tuparachiktinchisqa wakinkunaqa huchuylla karqanku. Wiraqucha Walintin Mulinas hamawtanqa kasqa. Allintas kay wiraquchaqa yachachiq, ichaqa mana chiwchikunaq maqanakusqankutaqa qhawarqanchu. Chay maqanakuykunaqa patiyupis sapa kutilla kaq.

Hurhicha, Manukucha, Winsischa, hamuychik, karahus – nispas nisqa Huwanchaqa.
Ama qapariychu. Lliw maqt’illukunaq uyarinantachu munanki . Kaypiñan kayku- nispas ninku.
Apamuwasqaykista usqhaylla quwaychik.

Hurhichaqa, Manukuchapiwan, mikhunankunatas qunku.
Pisillan kayqa. Sapa p’unchaw nisuta pisiyamun kay quwasqaykichik.
Chayllan papachu. Manan wasiykupi imapis kanñachu – nispas nisqaku Hurhicha, Manukuchantin.

¡Manan! ¡Manan ch’aynaqa kanmanchu! Paqarinmantaqa imapipis llank’anaykichik. Uyarishkankischu. Paqarinqa ashkata apamuwankichik- ch’aynatas nin Huwanchaqa t’antakunata, latanukunata, misk’ikunata qhawarispa.

¿Qanri, Winsischa? Maymi apamuwasqayki
Manan imatapis apamuykichu. Taytaymi manaña llank’anchu. Chaymi mamallay qatupi siwillachakunata wintin. Wasiypiqa pisillatañan mikhuskayku. Allquypis, misiypis, tullullañan kashkanku – nispas Winsischaqa quyayllaña riman.

Karahus. Manan ñuqata ch’aynataqa niwankimanchu. Manan, manan Winsischa – nispas saqra hina qaparin, ñawinmanta ninataraq phatachispa.
Papachu, ama maqawaychu.

¡Manan, karahus! – nispas hallpapi quspachin, sikinpiñataq, wiqsanpiñataq hayt’aspa.
Chaymantataq Huwanchaqa iskaynin sapatunkunata Winsischawan llaqwachisqa. Winsischaqa waqansi, quyayllatañas waqan. Taytantas yuyarin, mamantas waqyan, ichaqa manas pipis hamunchu. Huq maqt’illukunallas quyayllaña qhawarinku Winsischata pampapi rikuspa.

Tawa killañas kay aychakunawan, latanuskunawan, t’antakunawan Huwanchataqa wirayachinku. Mayninpiqa qullqitas mañakun. Chaysi kimsantin iskulirukuna Titiqaqa quchapatapi huñunakusqaku. Chaypis yuyayninkunata kallpachispa Huwanchapaq ch’ullalla kasun, nispas ninku.

Ari. Kunanmanta pacha ch’ullalla kasun. Manañan allquchakuswanñachu. Kay kamalla Huwancha kachun. Paqarinqa kay maqt’ata kimsantinchikmanta maqasun – nispas ninku iskulirukunaqa.

Waykillasunchu – tapukunsi Winsischaqa.

Ari. kay allquta waykillasun. Qam, Winsischa, raqu k’aspita ch’uspaykipi apamunki – ninsi Manukuchaqa.

Chay p’unchaw chayamuqtinsi, Huwancha quchapataman silwarispa rishkaptin, Manukucha maqanakuyta maskaspa, Huwanchataqa sikinpi hayt’an. ¡Ima nanmi, Manukucha, karahus!, nispas hayt’ataqa kutichin. Chayllapis, Hurhicha Huwanchaq sinqanta saqmarparin. Manukuchañataq, Hurhichañataq ñawinta saqmaspa qumiryachinku. Yawarllañas Huwanchaqa kashkan. Chaysi yawarninta qawaspa waqayta qallarin. Waqashkaktintaq Winsischa k’aspiwan chakinpiraq, muqhunpiraq, umanpiraq takarparin.

Kaymi, ñawiy qumirchawasqaykimanta; kaymi sinqaymanta yawar phutuchiwasqaykimanta – nispas Winsischaqa allinta Huwanchaq chakinta takan.

Chaysi, isqun p’unchawmanta Huwancha Kanawiriqa kutimusqa. Wist’u chakis patiyupi purin. Ch’inlla, mana piwanpis rimanakuspa. Ichaqa manañas imatapis mañakunñachu. Quyayllañas purin. Lliw maqt’illukunas kusikunku. Paykunapis “ch’ullalla llapanchik Huwanchapaq kasun”, nispas ninku.

Chay p’unchawmantas Huwancha kanawiriqa mana pitapis maqanñachu. Allin maqtamansi tiqrapun. Iskay killamanta munagillu kapun. Machuyaqtintaqsi tata kuraq misan yanapaq tukupun.

(*) Feliciano Padilla: Profesor de morfosintaxis del quechua en la Maestría de Lingüística Andina y Educación de la UNA Puno.

 

Arguedas y la cultura andina.Nilo Tomaylla

 

ARGUEDAS Y LA CULTURA ANDINA (1)
Señoras y señores, Nosotros los homo sapiens tenemos una existencia de setenta mil años (digamos). En los albores salimos de ese gran continente llamado África, cuna de nuestra humana existencia. La escritura es nuestra amiga de ruta, solamente desde hace cuatro mil años. La mayor parte del trecho nos hemos comunicado exclusivamente con la boca. El invento de esos garabatos para guardar la memoria, fue revolucionario y fascinante. Solo que esa escritura, tan maravillosa y útil, dio no menos dolores de cabeza. El uso exclusivo por unos pocos, muchas veces, sirvió como arma de dominación. Antonio de Nebrija recomienda, en 1492, que su Tratado de Gramática de la Lengua Castellana serviría entre otros para conquistar y civilizar otros pueblos bárbaros (2). Los elementos estereotípicos del conquistador son la Cruz y la Espada. Por cierto había otro elemento casi intangible que era la escritura. Hay que imaginarnos al Inca Atahualpa examinando con curiosidad ese extraño artefacto que según el intérprete contenía las escrituras de la palabra de Dios y al no obtener ningún resultado fue a parar hacia los cascos del caballo del Capitán Pizarro. Ese día fue testigo de la división de los leídos –por más de que el conquistador no supiera leer, cosa casi normal visto el contexto de la épocay de los no leídos en los reinos del gran Perú. La colonia será casi un páramo en cuando a creación de literatura, amén de pocos como el Inca Garcilaso o Alonso de Ercilla.

De Juan de Espinoza Medrano se hubiera esperado algún signo de esa narrativa -que más tarde lo llamarían indigenista-, dado su origen quechua (3), apurimeño como Arguedas, contaba con más utensilios que cualquier intelectual. Conocía, el latín, el hebreo, el griego, el español y el quechua. Versado en teología y retórica; pero, su creación literaria fue limpia de la más mínima presencia de elementos de la sociedad de su época. Fue el eco tardío del culteranismo de la metrópoli, autor de El rapto de Proserpina y de otras obras, tan fieles a la tradición clásica europea. La Europa española, francesa e inglesa es más prolífica en cuanto a las creaciones narrativas. Por eso quiero aportar a esta conferencia con un libro que apareció en 1719 y que a muchos nos sigue encandilando. Me refiero a Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Esta obra es paradigma, entre otros, de ese mundo polar que aún cobra presencia hoy en día: oralidad y escritura. Dualidad que se asentó en la mentalidad de millones de personas durante estos últimos siglos. Este desventurado marino naufraga y queda varado, solo, durante veinte años en una isla llamada de la “Desesperanza”. Pero ni la isla era tan desesperante por la descripción casi edénica que nos hace nuestro héroe (para soportar veinte años se necesita ingerir al menos catorce millones de calorías); ni la soledad era su cotidiana compañera, preguntémonos de dónde ¡miércoles! sale ese Viernes que es su doméstico. Además ¿quién o quiénes son los peones que cultivaban sus campos de trigo y pasteaban su tropa de cabras? Robinson es el arquetipo de la escritura, mientras Viernes representa la oralidad. El uno tiene nombre propio y el otro es condenado al anonimato mediante el silencio de la parte de los que poseen el poder de la escritura. En estos dos personajes se halla el drama de la otredad y todos los clichés de la

civilización y barbarie. Blanco-negro, indio; civilizado-bárbaro, caníbal; cristiano-pagano. Toda la literatura fue enfocada desde este punto de vista. Robinson venía de York y fue rescatado por otros marineros y vivió feliz por muchos años. Pobrecito Robinson. Pero ¿quién escribió la vida de Viernes? Del otro pobrecito. Nadie, hasta la llegada de José María Arguedas. Arguedas es el primer escritor que traiciona y se aparta de los cánones de toda una estirpe de narradores que la escritura había parido. Escritores de una visión unidireccional, no tanto por desdén sino por desconocimiento. Arguedas es el primero que habla desde el otro lado, desde la república de la alteridad poblado por millones de individuos que eran completamente “desconocidos” por la élite escritural. La importancia de Arguedas reside en que la oralidad practicada por millones de años – y se seguirá practicando felizmente- fue develada y elevada a la cumbre narrativa con un nuevo registro estético y estilístico. Con el advenimiento de la República la presencia de la novela en el Perú es tardía y rala. Aparecen algunas obras de corte bucólico, costumbrista o de tradición. De otro lado en la mentalidad de la época la novela inspiraba una desconfianza sobre todo de la parte de la clase tradicional. Por cierto podría subvertir los usos y costumbres que venían desde la colonia. La aparición en 1867, en Colombia, de la novela María de Jorge Isaac, causa cierta desconfianza en la rancia mentalidad de entonces. Es un libro donde aflora los sentimientos del amor-pasión que podía poner en riesgo el matrimonio por compromiso, que estaba en boga, sobre todo en las buenas familias. Hay que imaginarse que en esta época las damas limeñas llevaban todavía muchos hábitos de la Lima virreinal. Como la “tapada” que les cubría toda la cabeza, donde solo se entreveía un ojo, probablemente de un rostro encantador.

Pero asombrosamente quienes rompen este vacío narrativo y conformismo intelectual son mujeres: Clorinda Matto de Turner, Mercedes Cabello y Flora Tristán. La Primera, cusqueña, escribe “Aves sin nido” y será la primera piedra angular de una corriente narrativa que abarca hasta hoy; donde el indígena y el ambiente rural serán los protagonistas inevitables. Desde entonces la novela, llamémosla indigenista, ocupa los sitiales preferenciales de autores de renombre mundial: César Vallejo, Ciro Alegría, José María Arguedas, Manuel Scorza –excepción del Nobel Mario Vargas Llosa que por cierto enriquece la diversidad creativa desde otro ángulo y quién será más tarde uno de los íconos de la literatura española y una referencia política del pensamiento liberal-. Ninguno de los escritores mencionados es indio – hablando culturalmente- son mestizos con una sólida formación intelectual. Todos, a excepción de Arguedas, para construir obras tan monumentales como Tungsteno, El Mundo es Ancho y Ajeno o Redoble por Rancas, han hecho una forma de trabajo de campo, si se puede decir, a su manera. Es tan difícil hoy en día encontrar donde se halla el límite que separa lo indio de lo no indio. Los indicadores para ser considerado indio eran la pertenencia a una comunidad, normalmente monolingüe y ágrafa. Históricamente no era considerado ciudadano; hasta la abolición de este principio por el gobierno militar de Juan Velasco, en 1969. Pero hoy en día también ser indio es cuestión de convicción frente a un concepto de mestizaje que todavía no cuaja en la mirada de otros pueblos o continentes. El europeo a un peruano sea de tez blanca o cobriza siempre le dirá indio, no con la anuencia peyorativa que se enuncia en el Perú, sino como algo natural. Y explicar la matemática del mestizaje será un intríngulis que no comprenderán ni aceptarán.

Estos escritores –siempre exceptuando Arguedas-, que explícitamente no se proclaman mestizos ni blancos, describen al indio como el otro, como el diferente. Arguedas si bien se reclama blanco – abandonado durante su infancia por azares de la vida en diferentes pueblos indios- en sus escritos lleva los ecos de la oralidad y el esquema de un pensamiento quechua. Su alma es Rucana, cultura que late en las fronteras físicas de los departamentos de Apurímac y Ayacucho, gracias a la asimilación del universo indígena durante aquellos años. Un aporte importante de la llamada novela indigenista está en que los diferentes autores cobijaron en sus obras lo que la historia había desechado, sobre todo, las luchas reivindicativas como producto de esa dinámica de saqueo y de crimen que se llamó la colonia y posteriormente la terquedad de la republica de mantener esta misma situación. Hay que mencionar a ciertos autores, que participaron en esta gesta de la narrativa peruana, que se van cubriendo con el polvo del olvido. Menciono a Enrique López Albújar, quien escribió una obra con un título llamativo “Cuentos Andinos”. Este escritor es la prueba instrumental de una visión racista de la condición del indio, en suma él consideraba al indígena como una raza degenerada que representaba lo peor de la barbarie humana. Olvidar a estos escritores puede ser el encubrimiento de un nuevo tipo de negacionismo

histórico, que debe ser condenado.
Por eso la novela peruana aparte de su valor estético es también el torso desollado de la historia peruana. La historia me sabe muchas veces a mentira. Me acuerdo de niño en la escuelita fiscal de mi pueblo, sentado (con mis compañeros sobre poyos de adobe, con nuestro cuadernitos sobre nuestras

rodillas), miraba un cuadro enorme que el gobierno había ordenado colgar en todos los muros del país. Ahí estaba representada nuestra Madre Patria. Era una mujer bella, vestida de tul blanco, sentada con celada, un escudo apoyado en la rodilla y una lanza en la mano derecha que apuntaba al cielo. Hasta entonces no conocía otra “figura” que la Pachamama con esa dimensión casi religiosa. Más tarde en Europa descubrí que era la Mariana francesa, símbolo de la república, imagen probablemente que venía de la Grecia antigua. La historia oficial peruana es la imagen idílica de esta señora. Si la mayoría de los narradores habían traicionado los principios de una sociedad tradicional de donde procedían, al volcarse a escribir temas de levantamientos de indiadas. Arguedas hizo lo mismo y más: traicionó a la familia de los intelectuales al inaugurar una escritura con la que rompe toda una estructura narrativa tradicional. Sus libros aúllan como el viento de agosto sobre la tierra yerma. Las piedras, el agua, el viento, el más pequeño objeto cobra consciencia y acompaña al hombre como en la poesía quechua, de orígenes remotos y anónimos, que se sigue cantando en el huayno:

Paraisancos mayu…
Río de Paraisancos. Río Caudaloso. No has de bifurcarte hasta que yo vuelva. Porque mi pececillo, en otros brazos, arriesga su vida…. Dice una de esas canciones en quechua que se canta en la chichería de doña Felipa. Metáfora de las partidas lejanas. Hay un género de canto de despedida que es hondo y desgarrador. Cada apurimeño que hemos saboreado las partidas lejanas, a veces sin retorno, anhelamos que el río no se bifurque, porque las aguas poco profundas son un peligro para el pez, que es todo el tesoro que

tenemos: La amada, los padres, la sementera, los rebaños, en suma el alma de una querencia. Cuánto debemos amar los andinos, con los huesos y el alma, para hacer de nuestras canciones metáforas de gritos de llanto y ardor. Yo también apuesto por los Ríos Profundos como la obra cumbre de este autor. Es un libro escrito en indio para el no indio, para el que no conoce este universo. Los hijos de este pueblo, los hijos de los indios que llegamos con el paso del tiempo a ser leídos, podemos descifrar fácilmente los códigos arcanos que lleva el mensaje de esta obra que no son otros que los registros culturales de los pueblos quechuas. Cuando el autor dice que el ruiseñor se parece a la ardilla, en uno de los pasajes de los Ríos Profundos, pareciera una comparación anodina, puesto que son dos animalitos conocidos universalmente. Pero, el ruiseñor, cheqollo en quechua, hace parte del imaginario de estos pueblos porque representa al espíritu despabilado, al granuja, al inteligente. Mientras que la imagen de la ardilla está presente en la cotidianidad humana, está en los libros escolares como en la rama de los pinos. Utiliza el insulto insípido “cuello de violín”, en el mismo libro. En realidad Arguedas hace una traducción literal del quechua “viulin cunca”. Este insulto – como muchos- usado en su acepción original, digo en quechua, tiene el poder de aniquilar al insultado y causar risa en los espectadores. Cuanto más cause risa más letal será el arma. Mientras los insultos en otras lenguas a menudo son procaces, blasfematorios y preámbulos de una rara violencia. El autor parece que deliberadamente usa esta especie de técnica del calambur, para que el lector se aproxime a su creación, provisto de otros recursos que muchas obras no los necesitan (4). Arguedas entrega con las dos manos y el alma sus

páginas al lector. Quienes lo recibieron con deferencia e interés son en ocurrencia intelectuales extraños al país, mismo a la lengua española. Los novelistas que he mencionado, y los otros que no mencioné, son las piedras con los que se han construido los muros de la cultura literaria de este Perú; pero Arguedas es uno de los pocos que dominaba la lengua quechua. La lengua representa a una cultura. Mi co-conferencista, el doctor José Marín, mencionaba que en el Perú hay tres mil variedades de papas, cada una con un nombre propio en quechua ¡Imagínense si desaparece el quechua, decía, se reduciría a un solo nombre toda esta diversidad: ¡patata! Entonces cómo debió haber escrito Arguedas. Un escritor que venía del universo quechua. ¿Cómo quién? Cualquier obra universal parte de un mapa reducido. ¿Es que debemos aceptar que la cultura quechua es tan pequeña donde no puede caber un libro universal? Por Dios, no olvidemos que en los andes no solamente nació la patata, sino también la coca-cola. José María Arguedas, para mí, es la figura resaltante del trabajo de esas mujeres y esos hombres que se dedicaron a construir una narrativa con elementos prístinos y vivos de este Perú de todas las sangres. Sin él sería incompleta la historia de la literatura peruana. Hay que anotar que muchos escritores sufrieron persecución política, cárcel y exilio precisamente porque esas obras de ficción reflejaban otra estética, otro estilo, otro contenido. Al mismo tiempo denunciaban a pulmón abierto justicia y solidaridad para los indios en una república patizamba, con un Estado que a menudo era tomado como rehén por un puñado de asaltantes. Arguedas es un hito y una referencia compleja, que sigue atrayendo estudiosos acuciosos y sobre todos nuevos lectores de diversos horizontes. Para mí es un eterno redescubrimiento, cada relectura de sus textos. Mi infancia fue la

infancia de Arguedas. Salvo que asisto a un cambio dinámico de la sociedad andina por muchos factores que sobrevinieron últimamente, como fue la violencia política que azotó al Perú, las carreteras que se extendieron a las comunidades más alejadas, la revolución de las nuevas tecnologías que alcanzaron al conjunto de la sociedad peruana y una emigración de la zona rural hacia las urbes. Abancay que era una pintoresca ciudad de hacendados hoy es una ciudad de dimensiones desproporcionadas. Este cambio no ha erosionado en nada los elementos culturales de la andinidad, que en tiempo de Arguedas eran marginados y despreciados. Al contrario hoy ocupan espacios importantes dentro de la expresión nacional. Es el caso de la música andina. No sé si se impuso o fue aceptada por una “cultura” hegemónica dueña sobre todo de medios de comunicación. O como dicen por ahí, simplemente, hemos empezado a mirarnos en ese espejo que se llama identidad, donde nuestra propia imagen nos ha sorprendido al reconocernos que éramos distinto a la que nos habían pintado siglos de colonización mental y material. Con el término arguediano no identifico al creador de Yawar Fiesta como escuela. El autor no es, ni tiene epígono – no encuentro un seguidor al menos en narrativa- es más que todo para denominar a la vasta producción de este autor y acerca de él. No se avizora otro Arguedas en el horizonte. Su obra es el dulce producto de un azar amargo. Es el redoble de la María Angola, la campana mayor de la catedral del Cusco: El dolor de su infancia sumado al dolor de los indígenas peruanos pero felizmente arrullado por la dulzura de la oralidad quechua. Desde la muerte de José María Arguedas, muchas aguas han corrido bajo el Pachachaca. Pero el cambio no quiere decir muerte de una cultura. Apuntalan esta premisa la presencia de escritores que vienen sobre todo de provincias, como al inicio de la esa gesta de la novela indigenista, en sus obras sigue la

presencia, desde otro arista, de elementos andinos de nuestra sociedad. Tal vez ellos constituyen el inicio de una nueva era post arguediana. Llamo a mi memoria para citar nombres y perdonen si hay inexactitudes, vivir lejos de mi país, me hace imposible de asir fácilmente autores y ejemplares: Enrique Rosas Paravicino, Cronwell Jara, Oscar Colchado, Feliciano Padilla, Luis Nieto Degregori, Mario Guevara Paredes, Eliodoro Vargas Vicuña, Carlos E. Zavaleta, Miguel Gutiérrez, Edgardo Rivera Martínez, Eduardo Gonzales Viaña, Walter Lingán. Señalo a Zein Zorrilla, escritor importante de estos últimos años. Pero también hoy en día se podría hablar de una transandinidad de la literatura peruana. Me refiero que dentro de los autores que no se consideran o no son considerados andinos en sus obras hay presencia de elementos indígenas ¿cómo hay que registrar “Lituma en los Andes” o “Historia de Mayta” de nuestro premio nobel? Las obras magníficas de Gregorio Martínez y Antonio Galvez Ronceros que nos hace recordar que la negritud también está en nuestras almas. Me acuerdo que tenía doce años cuando el Zorzal Negro, se murió en accidente de moto unas horas antes de su matrimonio. Todos lloramos. Era el único artista negro de aquella época que cantaba huaynos en quechua y llenaba todos coliseos del Perú. Transandinidad también son Santiago Roncagliolo, desde España; Alfredo Pita desde Francia o Daniel Alarcón desde Los Estados Unidos, en cuyas páginas los andes tienen la presencia descomunal del Huascáran, de otra manera no concibo cómo se puede escribir novelas sobre el Perú. Para mí simplemente sería como el almuerzo sin la “uchucuta” (5) Añado que la cultura andina no se halla exclusivamente en al ámbito rural, desde los años 1950 hasta hoy la ciudades peruanas se nutren de la presencia de provincianos, con un flujo de movilidad constante entre la metrópolis y las comunidades del interior. Y desde los años 1980 es internacional. En el verano

de 1999, en la explanada de Saint Antoine, en la vieja ciudad de Ginebra conté diecinueve quechuahablantes, durante un festival latinoamericano. Esto también puede ser transandinidad. Entonces hablar de Arguedas nos lleva inexorablemente hablar de nuestra cultura. Cultura dondequiera que se halle. Lo arguediano no es solo la narrativa, también es el sonido de un buen charango, es el huayno en la voz de Tula Cajigas o Nelly Munguia, es la voz de una reflexión etnológica, es poesía. Hablando de este último género son libros recientes que se aproximan a los ecos de la escritura arguediana. He leído una poesía que inaugura un realismo mítico que parte desde una oralidad relumbrante. Y ellos son desconocidos de los escaparates comerciales, cito tres autores: los cusqueños Carlos Velásquez Iwaki y Odi Gonzales; el apurimeño Fredy Amílcar Roncalla. Los tres viven lejos del territorio patrio, el primero en Japón y los dos últimos en los Estados Unidos. En la estela del haylli y el harawi arguedianos hoy existe una poesía compuesta por poetas quechuas de una formación lingüística sólida y que tienen el privilegio de ser bilingües o trilingües (el caso de Roncalla que escribe simultáneamente en quechua-español-inglés): señalo a los poetas quechuas William Hurtado de Mendoza, Hugo Facundo Carrillo Cavero e Isaac Huamán Manrique, entre muchos. Por eso a estas alturas nadie nos puede decir cómo debemos escribir y qué debemos escribir. El universo andino es basto y Arguedas es la cima del Qarwarazu, de una cadena de montañas que apenas empezamos a divisar. Para Terminar quiero contarles un pasaje de mi vida: Cada vez que regreso a mi pueblo la pascana obligada es la ciudad de Abancay. Para mí se ha hecho un ritual visitar el Mercado Central y tomar un buen

Caldo de Cabeza. En aquellos años aciagos de la violencia vi a mi lado a una anciana forastera que contaba sus reales para comprarse un plato de comida y le pedí que me aceptara invitarla, a la cual ella accedió. Al final de nuestro almuerzo, esta anciana me miro con un rostro dulce y digno y me dijo: Wiraqocha, Urpiq sonqon, qallpayki kausakuchunraq llank’akunaykipaq. Desde aquella fecha llevo estas frases en el corazón. La vida no fue fácil para mí – como para muchos, probablemente- sobre todo en mi condición de emigrante y andino. Cada vez que me acechaba sombras de naufragio me agarraba de estas frases llenas de ternura y esperanza. Tal vez se puede traducir como:

Espuma del mar, corazón de paloma. Que tus fuerzas no desfallezcan para que tú aún puedas trabajar.
El quechua es metafórico “espuma del mar”, en español significa “señor” y “corazón de paloma” significa “gracias”. Lo que para otros es válido una frase encontrada en un libro de cabecera o un pasaje de las sagradas escrituras, yo hice de esta frase mi compañera de andanzas, tal vez como una prueba de amor a esa oralidad de donde yo también provengo. Y en este año del centenario de José María Arguedas, me despido de ustedes con estas mismas frases. Muchas Gracias. Ginebra, 27 de octubre de 2011.

Notas 1) Conferencia de Nilo Tomaylla, organizada por el Consulado peruano en Ginebra en el marco del centenario de nacimiento de José María Arguedas 2) 3) Referirse al libro de Martín Lienhard El nombre exacto fue Juan Chancawaña y nació en el pueblo de Calcauso,

Antabamba 4) En las primeras líneas de la obra monumental de Cervantes, Don Alonso

Quijano quien es un caballero pobre, se alimenta entre otras cosas de “penas y quebrantos”. Esta frase tenía dos sentidos: una literal y la otra se refería a un plato compuesto de una especie de Chorizo, que en aquella época lo llamaban popularmente “pena” y “quebranto” era el huevo frito. A estas alturas nadie se da cuenta de ello. A Arguedas hay que leerlo casi de la misma manera. Guardando distancias, por supuesto. 5) Uchucuta, es el famoso ají molido peruano.

Bibliografía Básica: Arguedas, José María. Los ríos Profundos, Editorial Cátedra, Madrid 2010. Defoe, Daniel. Robinson Crusoe, Penguin Popular Classics, Great Britain, 1994. Lienhard, Martin. La voz y su huella, Ed. Casa Juan Pablos, México, 2003. Noriega Bernuy, Julio E. Escritura Quechua en el Perú, Ed. Letras y Ciencias UNMSM, Lima, 2011 Roncalla, Fredy Amílcar. Escritos Mitimaes, Barro Editorial Press, New York, 1998.

Vargas Llosa, Mario. La Utopía Arcaica, Alfaguara, Madrid, 2008.

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