Conociendo mis orígenes. A. Edbel Vilca Cabrera (Quski)

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Por intermedio de Katherin Yurema Mamani Contreras accedemos nuevamente a  dos relatos del joven de doce años A. Edbel Vilca Cabera que se perfila con un cronista cotidiano  similar a Julio Chalco, con  la misma direccion hacia el origen que Alejandro Medina Bustinza (Apurunku). Casi como si los talleres de afinzamiento de la identidad de Chirapaq se hayan trasmitido de Ayacucho a Abancay.  Tanto Katherin como A. Ebdel son la mas nueva generacion de escritores del ande. Hablan en primera persona, sin huellas de traduccion cultural y alteridad absoluta,  y tienen una proyeccion que dara muchos frutos.  Este relato es el primero de una serie de dos.

Conociendo mis orígenes.

Quski

Hoy declaro que conocer mis orígenes; es conocerme a mí mismo, ello fortalece mi identidad en consecuencia mi autoestima.

A. Edbel Vilca Cabrera.

Frente al universo soy pequeño. La inquietud, a raíz de final de la clase del año escolar, desesperaba en mi mente, las interrogantes de ¿quién soy yo? Y ¿de dónde vengo? el ambiente de las vacaciones animó a mi mamá y ella a mí   para llevar  adelante un viaje a su tierra natal; un pueblito ubicado en Cusco _ ¡Genial! _ Mis orígenes también están en la tierra natal de mi mamá.

Me encontraba en una caja, donde sólo se veía una luz pequeña y muy fina que resplandecía por encima del objeto cuadrado, miré alrededor y vi también a otras personas que dormían, a medida que seguía observando parecía que la caja se agrandaba asombrosamente, de pronto sentí un movimiento ligero a mi costado, me fijé y era mi mamá, miré al otro costado y estaba mamá Julia, parecían dormir muy bien tapadas con una pequeña manta que sentía su llamado; yo también quería dormir.

Primero llegamos a la ciudad del Cusco y luego teníamos que partir a Ivin en un camión, estaban ahí vendedores de linternas, pilas, galletas y otras cosas más; Subimos al camión, nos sentamos en la esquina, nos acurrucamos, nos tapamos con la manta y nos dormimos. Al instante mamá Julia me dio chuño con queso, eso alivió por un momento el gran hambre que tenía muy dentro de mí, empezamos a caminar, todo era bonito: Los árboles, los riachuelos, el río y sobre todo; el gran relieve que existía era muy singular dentro del mundo, luego; caminamos dos horas hasta llegar a Ivin. Mamá; ya cuando estábamos en Ivin, me preparó una sopa, que le llaman Sara Lagua (crema de maíz) estaba muy rica. Al instante mamá Julia puso una tabla muy grande que brillaba con los rayos del sol y era la primera vez que veía un panel solar. Al anochecer mamá Julia saco la tabla, después la conectó a una corriente que enfocaba un foco y nos iluminaba, aún así la noche se sentía fría y oscura.

Al amanecer del día siguiente, ¡mi mamá no estaba! Solo mamá Julia y yo nos quedábamos, le pregunté y me dijo- Se ha ido a la ciudad del Cusco_ Sentí nostalgia; pero lo supere. Nos fuimos mamá Julia y yo a Watara, un pueblito más arriba de Ivin, donde vivía mi tío Ignacio y mi tía Eugenia; me dijeron que me iban a enseñar las labores de un campesino, me emocione; porque era nuevo para mí y más aún vivir las vivencias de mi tío. Me sorprendí al ver que la casa estaba separada, la cocina estaba lejos de los dormitorios y los techos eran de calamina.

Me llamó la atención, la casita del criadero, del chancho, cuando vi al animal muy gordo, salió de mi un gran susto; al poco rato tras mío un grupo de niños, que tenían la misma edad que yo, corrían en manos con paquetitos de galletas, las que yo me las compró en Abancay, me puse a pensar y me dije a mi mismo_ Los niños de Ivin, tienen alcance a las galletas ¡claro que no está mal! Pero ellos podrían satisfacer su apetito, con una canchita de haba o maíz; que es más saludable y nutritivo_ ¿Qué estaba pasando ahí? Acaso los niños, no están valorando, lo que es suyo y de ser así, cuando conoceremos el misterio de dónde venimos; estos actos no contribuyen a fortalecer nuestra identidad por ende nuestra autoestima. Ese mismo, instante recordé lo que mama Julia me contó una noche atrás, para distraerme del frío. Dice que la luna estaba triste y ya no iluminaba como antes, entonces los hombres, que amanecen bajo el recinto del molle, para guiar su camino, utilizan la linterna, con ella las pilas, muy pocos de ellos se dieron cuenta, que cuan contaminantes es una pila, y muchos otros siguen utilizando; nos falta reflexionar al respecto. Ya en la mañana vi a tía Eugenia quemando plásticos; pienso que esa acción, es copia de las ciudades para deshacernos fácilmente de la basura.

Estaba con una tristeza profunda; por las cosas que había observado y por la ausencia de mí mamá. Al instante vino Milagros; quien es mi prima, ella me enseñó sus chacras y los animales que criaba y me comunicaron que mi primo Adrián también iba a llegar, me alegré e hice mis deberes, como cortar la alfalfa y alimentar a los cuyes para después jugar. Cuando Adrián llegó me sentí feliz de tener alguien que me ayudara a cortar la alfalfa; al atardecer tío Ignacio nos llamó para arrear las vacas que estaban en la punta del cerro, sin pensarlo dos veces obedecimos y acompañamos a tío Ignacio en una gran aventura.

Por cada paso que dábamos nos sentíamos más fríos, mire a lo bajo y vi a Watara; habíamos caminado buen tiempo, cuando alcanzamos a las vacas me alivié, porque ya no caminaríamos más las arreamos y llegamos a casa donde nos esperaba un mate bien caliente y una sopa rica. A la mañana siguiente tío Ignacio, nos dio una nueva tarea, teníamos que sembrar las semillas de zapallo y acelga para que broten para el día de cumpleaños de Milagros. Al terminar los trabajos sacamos nuestras canicas y empezamos a jugar al costado del estanque de los patos, y a sacar tuna de las pampas donde se pasteaban las vacas.

Adrián, Milagros y yo acordamos en construir un espantapájaros para asustar a los pájaros que quisieran comer los cultivos, ya que mañana era el cumpleaños del tío Ignacio y además teníamos las herramientas adecuadas. No pudimos terminar la sorpresa de tío Ignacio, pero si le abrazamos y festejamos su cumpleaños con una sopa de codorniz y un segundo de chancho, los dos estaban muy ricos, en la noche comimos un chiri uchu.

Al día siguiente mi mamá vino, nos despedimos y partimos rumbo a la ciudad del Cusco para después ir a Abancay, tuve la oportunidad de observar acciones que no nos permiten a valorar nuestros orígenes y por ende fortalecerlas. Aprendí a valorar las actividades del campo, a degustar platos de mama Julia y tía Eugenia a sembrar y arrear vacas, correr al ras del viento con mis primos. Fue una experiencia singular.

Wiñay Suyasayki de Gloria Cáceres Vargas. Fredy Roncalla

Wiñay Suyasayki de Gloria Cáceres Vargas

Fredy Roncalla

En los periplos trasandinos asociados a la lengua y la cultura quechua, es común hablar de viajes (sin retorno)  hacia la capital. A nivel  lingüístico y de la creación  esta historia  tiene  una harto recorrida  plantilla diglósica que  resalta: a) la pérdida del idioma materno por el oficial; y b) el  encasillamiento subordinante de la lengua dominada.  La copiosa bibliografía al respecto  se refiere generalmente  al quechua pero  puede  bien ser  aplicada al aymara. El caso de las lenguas amazónicas es más complejo y recién empieza a tener la  atención que merece. Pero el viaje de ida  y de pérdida (no tan) irreparable de la lengua y cultura originara tiene una historia paralela, subterránea,  no  tan atractiva a la comodidad de la queja, pero no por ello menos  interesante y liberadora: el viaje de retorno de los espacios oficiales nacionales a los lugares y la lengua originarios. Viajes contradiglósicos alimentados por  circunstancias  familiares, por la ligazón  de los padres  a los espacios andinos,  y por el atractivo irresistible de las paqarinas creativas. Iman chay taytay? Empecemos  respondiendo la conocida mamá yo quiero saber/ de dónde son los cantantes. Porque resulta que muchos representantes  del  huayno y la música andina son nacidos en Lima o en ciudades de la costa.  Empezando por Yma Sumac, pasando por  Daniel Kirwayo, Manuel  Silva Pichinkucha y Sylvia Falcón, por nombrar sólo algunos. Igual con  conocidos escritores que han tenido el quechua como segunda lengua.  Caso Alejandro Medina Bustinza, (Apurunku) y Feliciano Padilla. Ambos nacidos en Lima. Apurunku  un residente  aymarino  de Tiaparo en el Callao como poeta, educador  y narrador en quechua y castellano. Feliciano Padilla criado en Abancay donde aprende el quechua para luego adoptar la  cultura  aymara del Lago, donde escribe poesía en quechua y novelas ambientadas en Grau y Cotabambas, aparte de una larga producción como escritor puneño. Ambos escritores  en plena  producción.

El caso de Gloria Cáceres Vargas es uno de ida y vuelta. Nació en Colta,  Ayacucho. Y desde pequeña se crió en Chosica, pero  pasó sus vacaciones escolares en la tierra de sus padres donde reaprendió  quechua. Ahora, desde Paris,  luego  de una larga trayectoria  como decana de educación en la Cantuta y profesora de quechua en la INALCO, se perfila como una sólida e innovadora narradora quechua. Antes de  pasar  a revisar  su brillante Wiñay Suyasayki, vale la pena detenerse un poco en su elección de lenguaje literario, dado que además Gloria tiene un  dominio impecable del castellano  intelectual, creativo y poético urbano provinciano, cuyos registros y motivos son campo por explorar, empezando por el dominio estilístico del español del Inca  Garcilazo y el Lunarejo para llegar a Juan José Flores – autor de Huambar Poetastro Acacau Tinaja, una obra maestra de humor narrativo bilingüe- , José Maria Arguedas,  Edgar Zárate, Zein Zorrilla y  escritores más recientes.

Pero cuando pienso en la  elección del lenguaje literario de Gloria Cáceres quien viene en mente, repetidas veces, es el poeta Maya Humberto Akabal. Conocí brevemente a  Humberto en Returnig the Gift, un encuentro continental de escritores nativo americanos en Norman, Oklahoma en 1992. Con motivo del  infame aniversario de la llegada de un tal Colón, y como respuesta creativa  a los quinientos años  de la invasión europea. Fue cuando el  autor del Animalero,  unos  bellos poemas breves  que recuerdan al Noe Delirante de Arturo Corcuera, abrió  el encuentro con unos llamados  de  pastores mayas y con sus poemas.  Con Víctor Montejo hicimos unas rápidas  traducciones del Amimalero para que poetas, novelistas, ensayistas, cronistas, periodistas  y académicos de casi todas las tribus nativo americanas  pudieran apreciar el sentido  de las performances de  Humberto. Pero su conferencia fue lo que me impresionó más. Hablando del origen de su poesía dijo haber recorrido toda la literatura moderna y contemporánea, desde  clásicos hasta  vanguardistas y surrealistas, pero  al final  su elección era ser poeta  maya, escribiendo  en una de las veintidós variantes del Quiché. Lo mismo que varios escritores Guatemaltecos y Mexicanos ahí presentes, y varios creadores bilingües nativo americanos. Salvo los casos aislados de Juan José Flores,  Killku Waraka y Kusi Pawkar  mas la opción tardía de José Maria Arguedas por la poesía quechua, la elección de Humberto Akabal se podría considerar como pionera de la escritura  en lengua indigena  por artistas con pleno dominio y conocimiento estilístico y estético del arte contemporáneo. Ya sea porque  lo que  subyace a éste no es suficiente, o porque el llamado de las paqarinas  es más fuerte.  Hablamos de Washington Córdova, Hugo Carrillo, Gloria Cáceres, Pablo Landeo, Yuly Tacas, Sócrates Zusunaga, Numa Armakanki,  Edgar Zarate,  el  grupo Atoqpa Chupan – que  lleva la escritura quechua  al nivel metalingüístico-,  y varios poetas y narradores escribiendo  primariamente en quechua  con y sin traducción al español, ingles y otras lenguas no aglutinantes.

Y resulta que Chosica, quebrada de poetas y escritores, fue donde Gloria Cáceres  vio de cerca el nacimiento de  Hora Zero  estando al tanto de los movimientos iniciales de Jorge Pimentel y Juan Ramírez  Ruiz de la Villarreal a la Cantuta.  Fue cercana también a la escritura de Jorge Eduardo Eielson y Oswaldo  Reinoso. Y años más tarde, esposa del querido y recordado Chacho Martínez. Pero si  ella está al tanto de toda la movida literaria de los fructíferos e innovadores 70 no es sino luego de haber sido decana  de educación en la Cantuta que ella empieza  a  escribir literatura en quechua.  Para publicar en Lima primero los poemas de  Munakuwaptiykiqa y luego los relatos de Wiñay Suyasqayki, que salió a luz  en edición bilingüe en 2011 por la Editorial de la Universidad Alas Peruanas.  Pudo escribir en castellano y ser una escritora de vanguardia, pero lo hace en qechua.  ¿Porque? La respuesta, obviamente está en Gloria, pero esto es indicativo que  la diglosia es un iskay way street y que la lengua usualmente dominante puede pasar a un segundo plano.

Nada más ilustrativo de esto que  el primer cuento de la colección: Imayma Chayasaq. Asentada su familia en  Chosica,  el padre llega  a Lima para llevar a la familia pasar una temporada en Colta. El viaje se hace en dos camiones de un conocido del padre y pudo transcurrir sin percances. Pero he aquí que en la Playa Hawai, al lado de Chincha,  donde seguro muchos niños y adultos habían escuchado el sonido del mar por primera vez,  la familia es separada por la indolencia del camionero. El padre y la niña se quedan atrás y la madre y hermanas adelante. De Hawai a Palpa, el padre y la niña pasan una serie de desencuentros tratando de alcanzar a sus seres  queridos. Todo esto es narrado en un quechua ágil, estilísticamente logrado, que retrata, acaso por primera vez, con la mirada de una niña no sólo los desencuentros físicos de la familia pero también las variaciones emocionales de la búsqueda de sus seres queridos en restaurantes y controles policiales.  Con esos mismos ojos  Gloria nos cuenta el ascenso a la sierra y diversos paisajes geográficos  y emocionales  en las varias estaciones previas a la llegada a Colta. En este cuento, a la dirección lingüística  contradiglósica del castellano al quechua se le suma la refrescante mirada  de una niña narrando la maravilla que es volver al lugar de origen. Se ensancha así  la usual y aprisionante temática del desarraigo con una de  celebración del tránsito y la llegada al origen, algo que se logra mejor cuando  la creación es para adentro y no se queda en la traducción cultural. La narrativa quechua de Gloria Cáceres es de tránsitos.  Porque para los andinos nuestros lugares originarios son archipiélagos que llaman narrativas en movimiento.  En los viajes del maestro Guáman Poma,  de Ernesto y su padre, en la fuga de Huambar buscando a  su querida Adelaida y fugándose del cura Asnovil Yayala, en los viajes del general Navala en la pluma de Nilo Tomaylla, de de los hermanos Montesinos narrados por  Feliciano Padilla,  y de un guerrero planetario y apurimeño llegando de un lugar a otro  del planeta en un abrir y cerrar de ojos, como cuenta Federico Latorre Ormaechea[1].

El segundo relato de la colección muestra que el lugar de origen es  sólo un punto de partida. Ahora  se narra en tercera  persona  un viaje de la niña Lulacha con la madre, sus hermanas, el padre y el joven Winku, que recuerda  no al capítulo del Zumbayllo, pero sí a  tanto joven andino con marcadas carencias emocionales y sicomotrices compensadas por una intensa lealtad a su familia adoptiva. El viaje se  hace de Colta  a Anquipa, una estancia a orillas de Wanka Wanka Mayu. Es casi un lugar idílico. Lulacha y sus hermanas juegan, recogen frutas, hacen travesuras que bordean a una cruel inocencia que acaso  sirven de trasfondo al silencioso sufrimiento de la madre por la ausencia del padre. De ello se da cuenta Lulacha, que sutilmente cuida de su madre sin causarle mas peso emocional. La historia, siguiendo el dinamismo de la narrativa oral quechua – que pasa de motivo a motivo  sin los pesados embragues de la novelística tradicional-, también presenta un interperformance con veladas comunales y nocturnas  de cuentos, canciones y sesiones de watuchis. De este modo, ambas narrativas, la oral y la escrita, se acercan y se borra la equivoca división maniquea entre oralidad y escritura. Pero lo que al final persiste es la ausencia del padre, y el doloroso silencio de la madre.

Si los dos primeros relatos cuentan tránsitos trasandinos autobiográficos de Gloria Cáceres, el tercer relato, que da título a la colección, es ficción asentada en Colta. Cuenta una  larga  historia de amor que  empieza desde que un par de compadres  prometen hacer casar a sus hijos e hijas. Esta promesa no se cumple como solía pasar con los matrimonios  arreglados de antaño, ya sea por falta de interés o por los viajes de hijos e hijas a distintos lugares de la costa.  Pero una noche  de carnaval el amante ha bailado con la hija del compadre de su padre y esto  ha despertado  un amor silencioso en él. Ella ha partido a Lima y él la espera en Colta, ayudando a sus padres luego de la continua ausencia de sus hermanos.  Otra fiesta lleva a la muchacha a Colta y  hay un encuentro de la pareja. Despertar juntos  luego de una noche de kanchis kanchis desata  una serie de negociaciones entre los padres del joven -que están contentos-, y los de la muchacha -que la llenan de dudas. Al final la muchacha decide casarse, pero debe ir a Lima, con sus padres para preparar todo. El joven se queda en Colta, esperándola mientras sigue ayudando a sus padres. Hasta aquí la historia se desarrolla bajo el supuesto que  el trabajo en la chacra del muchacho no es suficiente para alguien que ya ha migrado. Que  conoce Lima y la modernidad. Aquí Gloria Cáceres cuida de no caricaturizar a la muchacha como una  limaca, retratando más bien  los conflictos internos  que le significan optar entre las presiones (egoístas) paternas, de la tradición, del atractivo de la costa, y del amor breve pero carnal al muchacho. Demás está decir que la muchacha no regresa. Y parece seguir un script conocido de viaje sin retorno y que la llegada es mejor que el origen. Pero en un final inesperado los antiguos amantes se  encuentran años mas tarde. Y resulta que ella, que regresa al pueblo a causa de una enfermedad familiar, no ha hecho pareja. Y conoce los vástagos del antiguo novio antes de verlo nuevamente. Así termina una historia que pudo  tener tono costumbrista. Es decir, usar la narrativa para ilustrar  la tradición y sus cambios. Pero el final ambiguo y abierto le da  mayor profundidad al relato y uno se queda en bolero, preguntando si los valores relacionales y verticales de todas las fuerzas vitales en juego en las elecciones de la pareja y los padres no han sido cuestionadas de raíz. Para hacer esto el manejo literario debe ser de primer orden. Y es un gran avance que Gloria Cáceres logre esto en quechua. Está abriendo el campo de la literatura quechua a espacios de exploración más amplios y liberadores.

Usando  términos que Julio Noriega y  Nilo Tomaylla han puesto sobre el tapete, asistimos a la aparición de espacios literarios andinos y trasandinos post arguedianos. Tanto en español como en quechua. Espacios y prácticas que empiezan a salir del entrampamiento temático que  la diglosia impone y que  deben tener mayores frutos pronto. En poesía, en narrativa, en tecnotexto digital, en pintura y en otras áreas de la creación. Algunos lineamientos de este espacio  postarguediano en las artes escritas serían: 1) la escritura de adentro y para adentro, sin recurrir a la traducción cultural, con el consecuente desmontaje de la alterización del poblador andino y quechua; 2) la literatura  como  un tránsito de ida y vuelta del quechua al español al quechua – nótese la brillantez del español de  Juan Espinosa Medrano, Juan José Flores, José Maria Arguedas, Feliciano Padilla, Hugo Carrillo, Odi Gonzáles y Pablo Landeo abriendo camino para una escritura en quechua más libre;  3) Usando el concepto de escritura transandina de Julio Noriega, la escritura quechua mutilocal, de archipiélago, alimentada sobre  todo por campos extranacionales de la migración; 4) Un horizonte  temático  que va mas allá de la usual alusión  mítica y de la narrativa de desarraigo – nótese que el cuento  y el watuchi están presentes en la narrativa de Gloria, pero no el mito-; 5)  La ampliación del horizonte escritural quechua en los  tecnotextos andinos de Markos Lukaña Champi, Ker Stroer, Serafín Coronel  Molina e Irma Alvarez Ccoscco; 6) El desafío de una escritura metalingüística – asumido por Pablo Landeo y el ayllu Atoqpa Chupan- y de una  literatura quechua postmoderna, no andina y experimental. Munaycham chaykunaqa.

La narrativa quechua de Gloria Cáceres, por su brillantez estilística y porque en cada relato va abriendo caminos, es un gran aporte. Que suma a su trabajo en poesía y como traductora del español al quechua. Dicho sea de paso, mejor leer su narrativa sin recurrir en lo posible a  la traducción. Sus palabras calan profundo con la musicalidad que llevamos dentro y está retratada en estos bellos relatos.

Chelsea, noviembre 7,  2012

Con una nieve de poca madre.


[1] Tanto con el concepto de “sujeto andino migrante” propuesto en Escritura quechua en el Perú (Paqarina Ediciones, 2011), como con el de “sujeto trasandino” desarrollado en Caminan los Apus (Paqarina Ediciones 2011), Julio Noriega nos d alas bases para entender los textos andinos de migracion y sus correspondientes narratives en movimiento.

Wankawillka el libro quechua de Pablo Landeo. Gonzalo Espino Reluce

Pablo Landeo ha retornado definitivamente a su ayllu, a su comarca, pero su comarca es moderna, conectada, beligerante. Habla desde su condición runa. Desde allí nos muestra el poder de la palabra runa.  Una palabra que descentra y desmitifica varios tópicos a los que estamos acostumbrados. Primero, su terca persistencia  por hacer del quechua una lengua efectivamente de comunicación también en los fueros académicos, así lo hace. Sabe del culto al libro, pero su irreverencia desafía al lector porque (uno) nos vemos obligados a leer en quechua y esto es lo que autoriza al formato como jerarquía, pero leemos al creador, al narrador pausado y capaz de hacernos reir o amargar también (dos) en la escritura de los España. Para luego, volver sobre sus andanzas, (tres) ahora nos propone una lectura crítica –en quechua- y la que entenderemos que su qillqata simplemente es una representación de lo que él escuchó en su llaqta: “Wankawillka hanaqpacha ayllukunapa willakuyninqa uchuy warmakaspa uyarikusqaymi.  […] Kaymi taytachanchikkunapa simin. Runamasíy kaymi simichik!” (61), para  luego comentar su decisión: “Nuqapa qillqapi churaykuqllam kani”. (Ib). Con lo cual los criterios con que leemos usualmente se resquebrajan y son cuestionados. Y (4), este mismo testamento se abre en su segunda parte a una hermenéutica de los relatos de tradición oral que recoge y los convierte en cuentos modernos quechuas. Aunque Landeo insista, también, en la vieja tradición de ser re-presentado por otro, en este caso un wayqi y amauta, me refiero a las palabras de  César Itier.
Wankawillka es un libro quechua y su quechua fecundo y transparente,  orgulloso y sincero, su runasimi  invita en la qillqata a imaginarnos como ayllu, como si nos hubiéramos reunido para escuchar sus seis relatos. Y estos se suceden como continuos e irrenunciables a sus ancestros, aunque yuxtapuestos y por momentos reinventados. Los del diablo ocupan un lugar privilegiado, no necesariamente son preceptivos  y el personaje se comporta como juguetón al que suele vencer el runa. La debilidad trasunta una épica que nos recuerda a “El sueño del Pongo” o las maldiciones a la wakcha terminan coincidiendo con otros relatos que escuchamos en las noches de la pobre burlada, cuyo resultado grotesco –y monstruoso- se hace ver por la cosa del burro y aquella otra versión -que también difundiera Antonio Ureta, autor de Cuentos del Viento- en que la wakcha escucha que van a degollar a “su” ovejita, huye al amanecer y ya casi la captura, pero coge vuelo como paloma.
Corresponde aquí comentar sobre de la legitimidad para hablar de su propia cultura. El habitual informante se ha convertido en investigador de su cultura y ha elegido el cuento para narrar. Aún más, en su radicalidad indígena lanza un programa pone al quechua  como lengua efectivamente de comunicación y de los goces de la palabra: Wankawillka.  Será memoria de la voz y letras quechua, cuento moderno y bandera de movilización en torno a la cultura quechua. Con esto llega al dominio de ya larga tradición de escritura quechua, y en especial, de la narrativa quechua contemporánea en la que ubico como referentes a Rufino Chuqimamani Valer, Puku pukuy (1984), José Oregón Morales, de Loro ccolluchi (1994) o Valentín Ccasa Champi de Maman uywaq ukumaricha (2004), a los que debo agregar los estudiados por Itier: el ya mencionado Oregón Morales,  Porfirio Meneses y Macedonio Villafán.
Si en quechua lo escuchamos ficcionando un espacio, donde narrador se evidencia ante su oyente ya que este quiere atrapar los lenguajes de la palabra (se ríe del diablo, afila el de diminuto  cuchillo,  lo vive al cura, etc.) la inmensidad de la pena, imita el horror de la madrasta, que se asocia adicionalmente a la presencia del reportativo. En su traducción, por el contrario, es un narrador que parece no moverse, que narra con serenidad pero que aprovecha la progresión y la sorpresa.
Como todo, los relatos andinos que contemporáneamente  escuchamos, los suyos, los de Pablo Landeo tienen ese encanto en el que la palabra llega acompañada del lenguaje de las palabras. Por eso, si decididamente es el narrador que no atestigua, es el narrador que evidencia lo que ocurre a través de gestos que interpone en el lenguaje del relato.  Así, si apela a reportativo que será lo que califica como cuento y mito: “Huk biayahiru-s diyabluwan (…). Diyablu-s sayakkuykun” (dice un viaje con un diablo, dice el diablo…). (17).
“Usunqa kuchilluchanta ñaka-ñakayta afilarun. Tukuruptin-si, Usunpa maki chawpinpi kuchilluchaqa manchakuyllapaq llipipipirqun” (22)
Osón afiló un minúsculo cuchillo. Después de una difícil jornada, casi invisible, el arma refulgía mortal en la pequeñísima palma del héroe.”[dice]
Se ubicará también como alguien presente desde aquello que no puede atestiguar pero imagina:
-Allinmi wawqichallay –nikun-si runachaqa diyabluta (Ji, ji, ji, ji! Wawqichallay niykun diyabluta)-. (18).
-Bien, amiguito –dijo el hombre (Ji, ji,ji… Le dijo, “amiguito” al diablo (40)
Pero seguramente, donde la burla, la parodia, donde el indio se revela y se revela en el poder de la escritura, el poder que Landeo nos recuerda, ahora desde el lado quechua, son las exageradas ambicias del cura:
“Tayta kuraqa manapunis hawkalla kayta atinchu, chutuchapa qipa rimasqanwanqa. […] Churillay, ñuqallaymi kasaq mikuyllayki, ñuqallaymi hampillayki kasaq, amaña yanqata rimayñachu. Ñuqam pachachisqayki, ñuqam waqa-waqaykuspa pampaychisqayki. Murtahaykitapass ruwaykachipusaykim. Chaynachatan tratituta ruwaykusunchik varayuq awturidapa qayllanpi.
    Tayta kurapa nisqanpihinas tratitutaqa ruwarqunku.” (34)
“El más querido de mis hijos, por qué desvarías. Yo seré la ropa que cubrirá tu cuerpo, el pan que calmara tu hambre, la medicina que remediará tu dolor. Seré, llegado ese momento adverso, el quien ha de llorar tu muere. Compraré tu mortaja, vestiré tu cadáver con mis propias manos y mandaré  a enterrarte. Así haremos nuestro contrato, en presencia del varayoq de tu ayllu”. Entonces, dicen, hicieron el contrato, conforme a lo acordado;” (56)
Diablos y curas burlados, hombrecitos inigualables, pero épicos, deshumanizadas tratos, llenos de humor, sabia picardía, parodia y sucesivas sorpresa, llevan a los cuentos de ayer renovados en la letra quechua que aparece como trasparente en su prisma exacto para hablar y para posesionarse de la letra. Esa letra en cautiverio que empieza a liberar en la qillqata de Pablo Landeo, que empieza a dejar la muletilla de castellano, como voz de un ñuqayku que se deja escuchar singularmente en un ñuqanchis. Haylli wawqillacha Pablo Landeopa.
(Camino a Guanajuato, México)