LA NOSTALGIA COMO PIEDRA ANGULAR EN EL CANTAR DEL WAKACHUTA. Indalecio Santisteban Flores*

Saludamos la reedicion por de decimo aniversario de EL CANTAR DEL WAKACHUTA a publiarse proximamente en Lluvia Editores con este comentario de Indalecio Santisteban Flores. La imagen es de la presentacion  hecha qayna wata en el Cusco.

(Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco)

 

El hombre adquiere su naturaleza peculiar gracias a la dimensión afectiva – volitiva, dimensión que lo transporta a lo sublime, al deseo de querer y ser querido. Tiene la facultad de evocación, de mirar lo recorrido y el gran deseo de volver sobre sus pasos ya marcados e imborrables en el tiempo y el espacio. No le queda sino, que reconstruirlos arrancando colores al recuerdo y matices a la memoria.

 

Otro aspecto digno de mención es la facultad del hombre de ficcionar, herencia que se pierde en los albores de la humanidad y, haciendo eco a lo manifestado por Mario Vargas Llosa, el arte de narrar es patrimonio de los pueblos, por muy primitivos que se les considere, al hombre le fascina narrar y escuchar narraciones, refiriéndose al protagonista de su novela El hablador.

 

Otro punto, relacionado con la apreciación de El cantar del Wakachuta, es la nostalgia, definida como tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, producto de un espíritu que ha sabido vivir la vida, todo en su tiempo y en su momento. La nostalgia se constituye como el soplo divino en el arte de narrar para que pueda tener encanto, atracción y hurgando en el corazón del lector hasta ocasionarle una sensación tristemente dulce.

 

Así tenemos en Cien años de soledad, según Bryce Echenique, el pueblo de Macondo empedrado de nostalgia, en medio de árboles que despiden aromas de nostalgia, hombres y mujeres que a diario transpiran nostalgia, ese ambiente nostálgico emana de las páginas de la obra de García Márquez y embriagan y dopan hasta la médula al lector para convertirlo en protagonista de los sucesos y hechos increíbles.

 

Guardando distancias, al leer las páginas de la obra narrativa Cantar del Wakachuta, hay pinceladas por doquier de nostalgia, aroma a tierra bravía, notándose la presencia de la fuerza telúrica de la tierra grauina influyendo poderosamente en la idiosincrasia de sus pobladores desde los primeros años de vida.

 

La nostalgia está presente en los nombres toponímicos, que demuestran que están grabados en la memoria a fuerza de vivencias y coraje. Así están presentes los pajonales, cumbres, quebradas, lugares con nombre propio como Siusa, Pucuta, Paccayura, T’aqata, Phaqllaq’asa; seguramente lugares marcados por la fatiga y los recuerdos desparramados en cada trecho de esos lugares. Lugares que para el peruano común y corriente están en el costal del anonimato, salvo que en uno de esos lugares haya ocurrido un hecho trágico como volcaduras, sismos, o crímenes masivos que afectan la vida nacional o, en el mejor de los casos, el descubrimiento de una gran mina, tal es el caso del poblado de Chalhuahuacho.

 

En sus páginas está presente la nostalgia del franciscanismo andino, donde los pobladores de los pueblos de Grau, al igual que los de las llamadas provincias altas, están identificados y familiarizados con los animales, sean estos potros, yeguas, ovejas y vacunos. Canciones, poemas, narraciones siempre reservarán un espacio considerable para incluir como personajes imprescindibles y casi humanos, tal es el caso del Yanagallucha, toretes como el Aguacero, que ya forman parte de la familia, identificados con sus dueños y que muchas veces arriesgan, sin mediar compromiso alguno, la vida en aras de sus amos. El alma andina está presente y ejemplo de ello es la frase: Entre la mujer y el caballo, más me quiero a mi caballo.

 

La nostalgia envuelve a muchos personajes con la chalina del recuerdo para ser protegidos contra el viento del olvido. Hay nombres que tal vez oculten a seres que tuvieron mucho que ver en pasajes trascendentes del autor y que están incrustados a fuerza de tristezas y gratos recuerdos y que afloran y se hacen presentes en las líneas del relato, así desfilarán con la mirada desafiante al tiempo y espacio: Octavia, Yaguno, Ceferino Delgado, Paula.

 

Hay nostalgia en la mención de los seres tutelares andinos. Dioses más poderosos, efectivos y cumplidores en los favores solicitados. Dioses presentes. Protectores celosos de poblaciones y comunidades de los Andes. Dioses identificados con cada uno de los pobladores, sean pobres y ricos. Dioses nacidos en esta tierra, comprometidos con su gente hasta el fin de los tiempos, que jamás anuncian el fin del mundo y tampoco amenazan con mandar al infierno a sus fieles. Dioses que se contentan con frutos de la tierra, chicha, coca, flores, plantas aromáticas y, sobretodo, lealtad y fe; dioses que jamás exigirán diezmos exorbitantes, estos apus tutelares son Waqutu, Mallmanya y Yuringa. Asimismo, se menciona a la coca como hoja sagrada y benefactora y no como un producto satánico que hay que eliminar de raíz recurriendo a medios prohibidos y devastadores.

 

Se respira aroma de nostalgia en las costumbres narradas como el turupukllay, en donde los mugidos de los toros matreros se conjuncionan con el wakawaqra, los cuales se pueden escuchar a través de las palabras sentidas del narrador. El rascar del suelo de los toros, el aleteo huracanado de los cóndores, el olor de sangre producto de la lucha entre los íconos representativos de lo hispánico y lo andino que enervarán el espíritu reprimido del poblador grauino, que para el Wakachuta es su gran oportunidad de demostrar su valentía y además le servirá para demostrar que no es un cualquiera y que es capaz de realizar actos heroicos que le cubrirán de gloria en los parajes que conforman su patria chica.

 

Nostalgia con aroma femenino están en el recuerdo de amores, cuyos nombres son cofres que guardan suspiros, angustias, latidos acelerados de corazones, sonrisas grabadas con el fuego de la pasión en almas tiernas y frescas, todo ello envueltos en notas musicales arrancados de charangos, mandolinas y guitarras; infaltables e infalibles para ablandar cualquier corazón duro y engreído de las mujeres lindas y sensuales como son las Paulas y las Merys.

 

Igualmente, transpira nostalgia las remembranzas de la vida infantil y sobretodo la vida escolar, la vida de la escuela, el recuerdo del maestro de primaria que enseñó las primeras letras y víctima de mataperradas, travesuras, acciones con dosis de perversidad. Los primeros brotes amorosos y los castigos punitivos de la escuela tradicional.

 

Aparte de ello, el Cantar del Wakachuta pretende ser, desde el nombre, una épica; mostrando al wakachuta como un héroe singular, que a más de luchar en esas tierras agrestes y de ser aplastado por la geografía imponente y dura, toma como una acción de lo más rutinario el robo, la doma de potros, el capeo del toro y la seducción de mujeres como muestras de hombría. El desafío a la muerte en el turupukllay está en el cuento La última corrida de Cefero. Este relato es una muestra de cómo el wakachuta grauino juega con la muerte en las astas del bravo y vuelve triunfante de ella.

 

La disculpa de estas acciones contrarias a los valores citadinos, es la ya tradicional mención al Bandido providencia, o sea aquel que roba a los ricos para dárselos a los pobres, o sea un Robin Hood andino. Esta forma de actuar del Wakachuta nos trae a la memoria al famoso y legendario Luis Pardo, al mexicano Pancho Villa; bandidos enviados por Dios para ayudar a los pobres y que estos los esperaban como la venida del espíritu santo y los protegían.

 

Leyendo ciertos pasajes del Cantar del Wakachuta se puede avizorar cierto estilo rulfesco al tratar de dialogar e ingresar al mundo de los muertos. Igualmente, trae cierto recuerdo a Fabio Cáceres, personaje narrador de Don Segundo Sombra, obra de la literatura gauchesca, quien recibirá la educación de resero, de domar caballos, arrear manadas de ganados, carnear y conquistar chinas, con la gran diferencia de que el robo no forma parte del gaucho argentino.

 

Hay también fuerte influencia de la narrativa arguediana en cuanto al enfrentamiento de lenguas y costumbres ancestrales frente al centralismo y oficialismo de una lengua hegemónica en el arte de narrar, cuya producción literaria está destinada solo para lectores de habla castellana estandarizada.

 

Esta obra se constituye como un desafío para los que pretenden ignorar o soslayar a las denominadas literaturas de reclusión, literaturas populares y etnoliteraturas producidas por grupos sociales más o menos marginales; para muchos atentatorias contra la cultura oficial por lo cual se las ubica dentro de las literatura marginales, o sea de los peruanos de adentro o eufemísticamente llamados provincianos.

 

Asimismo, en sus líneas se expone el conflicto lingüístico, símbolo de la fractura cultural que separa y enfrenta a nuestros estamentos y etnias sociales, inevitable en el Perú por su naturaleza plurilingüe y pluricultural. Esto se nota en los diálogos de muchos de los personajes.

 

Ya no es dable tratar sobre la constante de la muerte, porque Hernán Hurtado Trujillo lo trata en su comentario, incluido como colofón en la obra tratada, como un tema recurrente del autor.

 

Pero sí, el suscrito se atreve a cuestionar el tema recurrente del trato al niño, a los hijos menores donde se les forma y educa con fuertes castigos corporales y psicológicos, incluso dándoles responsabilidades riesgosas muy a pesar de tener corta edad, considerando al juego como una actividad nociva para el niño. Inculcando acciones negativas como es el robo, el machismo a ultranza, el de matar a sangre fría; que a mi parecer ya debería estar cambiando esos viejos paradigmas, porque no me parece digno de un cantar un bandolero, ladrón, fugitivo de la ley y que hace sus propias leyes; encubierto con el cuento de robar para los pobres.

 

Una advertencia para Niel, que no difunda mucho lo que uno de sus personajes que se fue “al más allá” manifiesta que “la misa a las almas no salva. Las almas se salvan pagando sus pecados.” Esto podría traerle una persecución y excomunión ejemplar y quien sabe una quema gratuita de sus libros por parte del credo hegemónico, y todo por atentar contra una de las fuentes de ingreso seguro para sus insaciables arcas.

 

Por lo demás, parabienes para Niel Palomino por su heroísmo de sacar a luz una obra literaria que puede ser señera para otras, porque sus armas son su juventud y gran voluntad obsesiva de ser protagonista en el difícil e incomprendido mundo de la literatura.

 

 

*Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco

INKARRI Y ANARQUÍA ANDINA EN EL POEMA CCANTU Y OTROS TEXTOS DEL POETA APURIMEÑO ERASMO DELGADO VIVANCO. Niel A. Palomino Gonzales

Presentando al publico en general al poeta grauino Erasmo Delgado Vivanco, Niel A Palomino hace referencia  al la pugna  entre la poesia pura y la social en la decada del cincuenta. Pese a las apariencias, pensamos que  toda poesia  es social y es pura al mismo tiempo, pero mejor leer sobre el intersante inspector de educacion y anarquista que llevo su biblioteca a Chuquibambilla a lomo de una docena de caballos, como cuenta Niel. (nota del Edit.)

La altiva provincia de Cotabambas – Apurímac, tuvo en su seno a cuatro hermanos (tres varones y una mujer para ser exactos) que a fines del siglo XIX e inicios del XX hicieron gala de esa postura en prosa y verso: los Delgado Vivanco. Anarquistas los cuatro, amigos y discípulos del maestro Manuel González Prada. Pero, hasta ahora no han tenido el suficiente estudio y tampoco difusión. Es este texto, una aproximación a la producción poética de uno de ellos: Erasmo Delgado Vivanco. Exponemos algo de su vida y de sus ideas plasmadas en su prosa y, en especial en el poema Ccantu.

 

Erasmo es el primero de los hermanos. Los biógrafos afirman que él realizó estudios en el Glorioso Colegio Nacional de Ciencias y la superior en la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco. Se dice también que en Cotabambas tuvo una copiosa biblioteca, la misma que transportó en lomo de una docena de caballos hasta Chuquibambilla – Grau donde en la tercera década del siglo XX hacía de inspector de educación. Músico, cantautor, poeta y librepensador, a él se consigna la autoría de Barbarita, la más famosa canción de amor del pueblo grauino. Por eso, sin ambages confiesa que si no hubiera sido escritor rebelde: “Yo habría querido ser un gran músico. La música me encanta…”. En su condición de inspector de educación, Erasmo tenía una oficina en Chuquibambilla, a donde se había cambiado la capital de Cotabambas, provincia apurimeña que también había cambiado de nombre a Grau, a propuesta de un congresista parureño y un amazonense y en evidente homenaje a Rafael Grau, quien siendo limeño era diputado por Cotabambas por asuntos del centralismo limeño. En Chuquibambilla cumpliendo esa labor falleció Erasmo Delgado Vivanco en 1939. El escritor grauino Nilo Tomaylla cuenta que en su época de estudiante universitario en uno de sus retornos a su natal Santa Rosa desde Cusco, visitó el Cementerio de Chuquibambilla y allí, casi cubierto por la grama y pasto silvestre halló una tumba donde decía: “Aquí yacen los restos del poeta Encino del Val”. ¿Qué es de esa tumba ahora?

 

Desde Cotabambas, Grau o Cusco hasta Argentina, Cuba y México, Erasmo remitía, vía correo, ensayos y otros textos anarquistas sobre el derrocamiento del orden capitalista, la necesidad de liberar al hombre subyugado, sus postulados de la anarquía andina, firmados con el pesudónimo de Encino del Val. Estos eran publicados en el periódico “Ideas” de Río de la Plata – Argentina entre las décadas 20 – 30 del siglo XX.

 

El historiador Wilfredo Kapsoli en su valiosísimo libro Ayllus del Sol, anarquismo y utopía andina, da un papel trascendental a Erasmo dentro de la anarquía andina en el Cusco. En 1945 se publicó póstumamente una entrevista que sostuvo con los editores de la revista El Ayllu. En la entrevista que consigna Kapsoli se puede notar la concepción de la vida, del arte, del periodismo y de la revolución que subyace detrás de las palabras de este ilustre cotabambino. Incluso, su mismo ser y sus ideales. “Mi ideal individual ser un escritor notable. Mi ideal social ser lo más útil posible a la causa de la emancipación proletaria y humana”, declara Erasmo Delgado. Comprometido en cuerpo y alma con la lucha del proletariado y los desposeídos por su liberación y por una sociedad justa, su concepción del arte es que este debe ser un medio para la revolución. “El arte debe ser eminentemente social y, por consiguiente, revolucionario. Yo no soy de los que dicen “el arte por el arte y la ciencia por la ciencia”, lo cual es una doctrina burguesa pedantesca y abominable”. En efecto, el arte, el verdadero, siempre ha sido un acto individual de beneficio colectivo. “Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él”, dice Vallejo. Así pues, las obras de arte que más han destacado y trascendido son justamente las que tiene ribetes sociales, aquellas que detrás de la técnica y el formato externo, contienen una denuncia de las injusticias y atrocidades sociales. La poesía peruana de la década de los 40 y más aún de los 50, se dividió entre poesía pura y poesía social. Triunfó la social con Scorza, Romualdo, Rose, Mario Florián, Paco Bendezú, Valcárcel, Guevara, llamados poetas del pueblo. Los otros son menores y su poesía no cala en las fibras más íntimas del pueblo, porque son solo hojarasca. Mucho más antes que los poetas del pueblo, Erasmo Delgado ya había por el arte comprometido y despreciaba “el arte por el arte” de los parnasianistas, quienes por más premio nobel a Prudhomme ya están para siempre muertos. En tal sentido, la poesía de Delgado Vivanco, una vez que se halle y exponga, podría cambiar la historia de las literaturas peruanas.

Erasmo Delgado Vivanco, más conocido como Encino del Val, se confiesa admirador de González Prada, Vargas Vila, Napoleón, Bolívar, Bakunin, Gandhi, Kropotkin, Faure. Los fragmentos de la entrevista y los otros textos evidencian que Encino Del Val era dueño de una prosa límpida e hialina; sólida y compacta; rítmica y florida. Seguro por ello, tuvo fácil aceptación en los diarios anarquistas de la América India. Y su poesía, por más comprometida que fuese, es poesía auténtica que nunca cayó en la fosa del panfleto ni del facilista o lo cursi.   ¡Veamos!

 

La primera lluvia titula uno de los poemas y en una de las estrofas se lee:

 

El suelo humedecido

exhala su oculto anhelo

de anual fecundación.

Cada milímetro cuadrado

de tierra es ovario,

cada gota de lluvia

es semen fecundo…

la tierra humedecida

al amor invita

y a la vida crea.

 

Este bellísimo poema es una celebración de la vida cósmica. En su estructura profunda es la concepción andina sobre la tierra muy contraria a la concepción occidental capitalista. Como sabemos para los andinos el planeta tierra, su suelo, es la Pachamama o madre tierra. Paridora de todo lo que existe. En cambio en la racionalidad occidental capitalista, es un objeto más para enriquecerse. Pero, además en el poema La primera lluvia está presente el yanantin, la dualidad andina y la complementariedad, porque la tierra es ovario que solo puede dar vida si es que se contacta con la gota de la lluvia que es semen. La racionalidad andina en el poema es tan evidente porque incluso en los otros versos se alude a la t’inka, rito ancestral andino en la cual se pide permiso a la Pachamama antes de escarbarle y sembrarle.

 

Ahora veamos la bellísima prosa poética titulada Día azul.

“Por última vez el dorado trigal ondea susurrando en la pampa y la ladera a la caricia matutina del viento. Treinta y tantos trabajadores amigos han venido a la chacra a segar la mies y llevarlo a la era. De ahí el dorado fruto irá al granero de la casa para convertirse en el oloroso y nutritivo pan. Es el pan que el indio recibe con beso, el niño con júbilo y el anciano con bendición al Sol. No hay una sola nubecilla en toda la cúpula celeste. Hermosamente azul está el Cielo. Son las 12. 00. Del próximo campo mugen los bueyes y de la lejana falda del cerro canta la pastora india. Con su huayno hechicero la pastora –virgen de diececiocho primaveras- embellece más aún el cuadro campesino. Un propio pasa por el sendero de la quebrada tocando su quena que hace latir los corazones de emoción rural.   El viento susurra tristemente en los arbustos y el arroyo que baja saltando del bosque gime desesperadamente. El Sol desde el cenit, inunda los campos de tibia luz invernal alegrando a los seres y las cosas. ¡Oh, la felicidad del Día Azul en el campo!”

 

Desde el título es una bella estampa de la vida campesina en su más cotidiana actividad. Pero, si nos detenemos en algunas expresiones como “Treinta y tantos trabajadores amigos han venido a la chacra a segar la mies y llevarlo a la era”, nos daremos cuenta que con “trabajadores amigos” hace alusión al sistema colectivo de trabajo conocido en los andes como ayni, trabajo de reciprocidad y no labor asalariado como se hace en el mundo occidental.

 

Si el modernismo es fiesta de color, cromatismo en palabras, la de Encino del Val es modernista; si el modernismo es musicalidad, ritmo, versolibre y prosa poética, la de Encino es modernista; si el modernismo es exotismo y aristocracia, la de Erasmo no es modernista. Él no hace alusión a mundos exóticos, preferentemente helenos y latinos. La poesía de Erasmo es andina, agrícola y bucólica. Más allá del narcisismo chocanesco y la altisonante rubendariana, los poemas de Encino del Val se aproximan más a los versos de José Martí en fondo y forma.

 

Ahora leamos Ccantu, el poema más emblemático y esperado.

 

CCANTU

Al borde de caminos solitarios
que suben de la quebrada a la puna,
de chacras de áridas laderas
donde ondula el dorado trigo
y en las viejas huertas de los tallos,
florece el ccantu en los inviernos.

 

Ayer, en los tiempos de imperial grandeza,
fue la flor predilecta del inca:
en el pecho del monarca su belleza lucía
y en las trenzas de la ccoya y las ñustas,
los grandes días de las regias fiestas.

Hoy, que no existen tus reales dueños,
es humilde flor de los parias
que modestamente adorna el sombrero
de las jóvenes indias- las noches,
que llevan la merienda a la chacra
los días de la siega del trigo.

 

Mañana, cuando los parias se insurjan
de un confín a otra del tahuantinsuyo
al mago grito de libertad y tierra,
lucirá su color de músculos el ccantu
en el pecho de los bravos rebeldes
y será la simbólica flor del indio rebelde.

 

El qantu es una flor típica de los andes. Tiene forma tubular, aunque hay blancas, rosadas y amarillas, la más extendida es de color rojo. Está documentado que era la flor preferida de los incas, la coya la usaba para lucirla en ceremonias más solemnes. Hasta el día de hoy, en Cotabambas y las provincias altas del Cusco se usa mucho en las ofrendas.

En la estructura superficial de las cuatro estrofas se hace mención a esta flor. En la primera se la describe como planta silvestre que crece en la puna al borde de los caminos, chacras áridas y viejas huertas. De toda esta enumeración, la más llamativa es la frase: “florece el ccantu en los inviernos”. Se supone que en invierno no hay flores, pero, en verdad, el qantu florece en invierno como desafiando a la naturaleza. En la segunda estrofa, con el adverbio temporal ayer se dice que el qantu era flor de regias fiestas durante el incanato. En la tercera estrofa se hace alusión al presente, con el “hoy”. Entonces, en el actual tiempo, el qantu es humilde flor que apenas las indias llevan como adorno en sus sombreros. En la cuarta estrofa se hace alusión a un futuro a través del adverbio mañana. Se anuncia que en tiempos venideros, del confín del Tawantinsuyo surgirán los indios rebeldes gritando tierra y libertad y en sus pechos el qantu estará como símbolo de su rebeldía. Ese indio rebelde es el nuevo indio, el cholo o mestizo para decirlo como Zeín Zorrilla.

Como puede observarse, los saltos temporales son decisivos para entender la idea que subyace en la estructura profunda y esta es el inkarriy, pachakutiy o pachat’ikray que el mundo andino espera como identidad y utopía. Así el aparente canto a la flor se trasmuta en una arenga a la subversión del orden establecido desde la llegado de los españoles hasta el día de hoy. No es espontáneo ni gratuito que el poema tenga cuatro estrofas ni que se mencione el fundamental término quechua “tawantinsuyo”. Tampoco es gratuito que el tiempo termine en un futuro. Como sabemos, la concepción temporal andina es circular, ñawpa (ayer) es también “ñawpay” adelantarse, futuro. Ahí la evidente vuelta al pasado en una instancia futura. Empero, este inkarri o retorno al pasado no es un atavismo ni vuelta al mundo incaica sustentado en un mito. Tampoco significa rechazar la modernidad, sino dar un salto cualitativo de los valores y racionalidad andinas (la veneración a la Pachamama, la reciprocidad, el ayni) a estos tiempos para el allin kawsay. La postura del poeta no es arcádica ni utopía porque ese pachakutiy no es algo que va suceder porque sí, sino que el nuevo hombre andino, el mestizo o cholo debe hacerlo suceder. ¿Hay algún mejor poema que este de Encino del Val escrito en el país? ¿Cuántos poetas copé han escrito un poema de estas dimensiones? Creemos que pocos. Poquísimos poetas han logrado condensar en un solo y breve poema toda una nación, toda una época, toda una utopía, mito o religión, sociedad, gesta, cultura o mundo. En muchos poemarios se refleja apenas el “mundo” del vate.

 

Como puede apreciarse, la prosa y poesía de Erasmo Delgado Vivanco es anarquista y a la vez andina, en cuya estructura profunda subyace poderoso el inkarri o pachakutiy como evidente acto de manumisión del universo andino. Espero que a partir de este texto, se compile toda la producción intelectual y poética de este grande de Apurímac. Este poema de Erasmo Delgado Vivanco, merece un sitial en todas las antologías de poesía peruana.