El petróleo y la pandemia. Pedro Favaron

Por si aun no sabemos que el petroleo, o el gas no significa ningun beneficio a ls comunidades nativas, como tampoco lo hacen las “romatizadas vacaciones etnograficas y sicotropicas” amen de la complacencia y complicidad de algunos dirigente, el presente articulo de Pedro Favaron es bastante esclarecedor.(N del E)

Según denuncian los comuneros de una comunidad nativa de Yarinacocha, una empresa del Estado (de cuyo nombre, por motivos legales, no quiero acordarme) le entregó en efectivo el monto de 700 soles al jefe de dicha comunidad. La escueta suma fue dada con el “altruista propósito” de paliar las necesidades de los comuneros durante la inmovilización social decretada por el gobierno. El jefe en cuestión, sin embargo, tras recibir el dinero, no convocó a la comunidad para anunciar la donación y repartirla de forma equitativa u organizar una olla común, sino que la dio a sus familiares. Lamentablemente, algunos dirigentes indígenas y autoridades comunales se han vuelto proclives a capturar la ayuda recibida (incluso en este agitado contexto) para distribuirla entre sus propias redes de parentesco y de afinidad. No voy a decir de qué comunidad se trata ni voy a dar el nombre del jefe, ya que esto se debe resolver de forma interna. Sin embargo, siento necesario poner en evidencia que los pueblos indígenas no siempre están a salvo de la corrupción transversal de la sociedad. Entiendo que estas palabras pueden no resultar agradables a todos, sobre todo a los que quieren ver a los pueblos indígenas como eternas víctimas de un sistema opresor. Quienes viven en la ciudad y vienen a las comunidades de vacaciones etnográficas o psicotrópicas, pueden continuar romantizando. Pero si vivimos acá permanentemente y creemos en la capacidad que tiene todo ser humano de tomar decisiones éticas, no tenemos espacio para tales ensueños.

El propio jefe en cuestión ha terminado confesando su acción, pero la justifica diciendo que entregó el dinero a sus familiares porque ellos no habían recibido el bono del gobierno. No podemos pensar que éste es un evento aislado. Tampoco, que la empresa realizó la donación de buena fe y que ellos no tienen responsabilidad de lo que sucedió después con el dinero. Es evidente que si una empresa del Estado gestiona plata para una comunidad particular, por más ínfima que sea la suma, lo hace para ganarse la confianza de la población y tratar de imponer su agenda (y son muchos los intereses que están en juego en este momento en las comunidades de Yarinacocha, que forman parte del Lote 200 de explotación de hidrocarburos). Por lo general, cuando los Estados modernos negocian posibles concesiones extractivas en territorios indígenas no se comportan como árbitros imparciales, sino que más parecen abogados (e incluso promotores) de las corporaciones. Esto, por supuesto, no es ni siquiera liberalismo, en un sentido clásico del término económico, sino mercantilismo. ¿Es correcto utilizar la plata de los impuestos para financiar negocios que favorecerán a empresas particulares? Cada quien ha de llegar a su propia conclusión; y lo hará, entiendo, según su ideología y conveniencia. Pero es inadmisible darle plata de manera privada al jefe de una comunidad. Una donación debe ser hecha en presencia de la asamblea comunal.

Una parte del problema en las relaciones entre el Estado y las comunidades indígenas viene de la mala comprensión de la figura del jefe comunal. El jefe de una comunidad es un vocero, que no puede negociar ni tomar ninguna decisión al margen de la asamblea comunal. Por ejemplo, en la Comunidad Nativa de Santa Clara, de la que soy comunero, el cargo de jefe dura solo dos años. Y muchas veces se escoge al jefe por descarte, ya sea porque ninguna otra persona se quiso postular o para evitar que un candidato, del que la población desconfía por acusaciones precedentes, ocupe la jefatura. Quienes postulan al cargo de jefe algunas veces lo hacen para beneficiarse en nombre de la comunidad y son muchas las denuncias internas por corrupción. El cargo de jefe no tiene ninguna remuneración, demanda tiempo y gasto del propio presupuesto para realizar los trámites; por eso no resulta atractivo para quienes quieren mantener a su familia honestamente. Y dado el paternalismo vigente y la pobreza en la que viven la mayoría de comuneros, las pequeñas tentaciones resultan luego muy grandes.

Es para evitar estos problemas que en el documento enviado al Estado dentro del marco del proceso de Consulta Previa por el Lote 200, los firmantes propusimos que las negociaciones deben darse, de principio a fin, en las propias comunidades nativas (no en hoteles de la ciudad de Pucallpa con unos cuantos representantes); y que todos los comuneros que así lo deseen deben participar, de forma pública y convocante. También se ha exigido que el proyecto de explotación de recursos cuente con el consentimiento previo de la comunidad. Cualquier Estado respetuoso lo haría así. Pero sabemos que la educación democrática en el Perú no es muy profunda, sobre todo cuando se trata de incluir a los menospreciados pueblos indígenas. Debemos aceptar que los únicos que pueden decidir si el Lote va o no va, son los propios comuneros, ya que son ellos los que sufrirán las consecuencias de un derrame o las molestias generadas por la explotación y la presencia de la empresa en sus territorios ancestrales. Las organizaciones indígenas tienen la responsabilidad de acompañar a las comunidades en el proceso, de brindar asesoría y de elevar los reclamos de las comunidades. Pero la decisión final es solo de las comunidades afectadas; no es una decisión de los dirigentes de las federaciones y de las organizaciones, ni de las ONG, ni de los aliados políticos de los pueblos indígenas. Los comuneros deben elegir de forma libre e informada; y su decisión debe ser respetada, se ajuste o no se ajuste a nuestra agenda política o a nuestros intereses económicos.

El caso de este jefe comunal me hace pensar sobre los modos en los que suelen llegar las ayudas económicas a los pueblos indígenas, especialmente ahora que la epidemia del Covid ha despertado tanto interés. Son muchos los que, durante esta epidemia y apelando a la vulnerabilidad, han recibido dinero nacional e internacional en nombre de las comunidades. No solo han recibido donaciones los dirigentes y las organizaciones, sino que muchos neo-chamanes indígenas, dedicados a proveer ayawaska a los turistas psicoactivos, han realizado sus propias campañas de recolección de fondos entre sus clientes apelando a las muertes en sus comunidades. Luego publican fotos en Facebook repartiendo alimentos como prueba para los donantes. Sin embargo, la transparencia demanda que las organizaciones y las personas que han recibido donaciones en nombre de las comunidades, hagan públicas sus cuentas, señalando cuánto dinero han recibido y de quién, presentando boletas de gasto, estados de cuenta y todo lo necesario, para que no quede duda. Algunos han hecho esto, pero son los menos. Y estas aclaraciones las deben hacer ante sus donantes, pero primeramente han de hacerlas en las propias asambleas comunitarias, al frente del pueblo. No se trata de acusar a las personas de corrupción sin prueba alguna, sobre todo cuando han existido muchos que han contribuido con generoso desinterés y sincera preocupación, sino de acostumbrarnos a la transparencia.

Entiendo claramente que los pueblos indígenas han sufrido una embestida terrible sobre sus territorios y un proceso histórico que los ha debilitado culturalmente y espiritualmente. Sin embargo, pensarlos como víctimas perpetuas no contribuye a fortalecer la autonomía y dignidad de los pueblos. Si queremos que nuestras familias, nuestras comunidades, que la salud de nuestros territorios y que la herencia que hemos recibido de los antiguos, persistan ante las múltiples amenazas que nos circundan, mi sugerencia, como comunero empadronado, es que en primer lugar nosotros debemos actuar con solvencia ética. Y sería muy bueno que todas las familias de las comunidades nativas y ligadas a los pueblos indígenas, dejemos de lado las malas prácticas políticas de la sociedad nacional, las mezquinas costumbres de los burócratas populistas y mentirosos, ese criollismo imperante y tan nocivo. Conviene actuar con honestidad, transparencia y justicia, para así fomentar la unidad entre las familias y ser un buen ejemplo para los demás. Y pienso necesario hacerlo con discreción. Nadie tiene por qué enterarse de lo bueno que hacemos por nuestros semejantes, del servicio que brindamos a otro ser humano (sea indígena o no, ya que la solidaridad debe ser universal). Aunque cierta actividad en las redes sociales y en los medios es necesaria para conseguir fondos, no es bueno sobre-promocionarnos en Facebook y personalizar mesiánicamente nuestra participación, siguiendo las lógicas alienadas del espectáculo y satisfaciendo nuestro propio narcicismo. El ayudar al prójimo brinda, en sí mismo, una insondable satisfacción; la vida se dignifica en el servicio a los demás. Pero si ayudamos con segundas intenciones, buscando un beneficio egoísta, la acción se desvirtúa. Pretender conseguir un rédito personal de la enfermedad, ya sea político, social, académico o económico, es una inmoralidad severa. Y creo que la ética es hoy un bien escaso. Como también lo es la capacidad de dialogar y de discernir de manera alturada con quienes piensan diferente a nosotros en algún punto.

Pedro Favaron,
San José de Yarinaocha, junio 2020

Jakonma niwe isin: Las respuestas del pueblo shipibo-konibo frente a la pandemia del coronavirus. Chonon Bensho y Pedro Favaron

 

 

 

 

 

Yo me llamo Chonon Bensho, que significa golondrina de los campos medicinales. Soy una legítima heredera del saber de mis ancestros, los antiguos sabios Meraya del pueblo shipibo-konibo. Escribo este testimonio reflexivo junto a mi esposo, Pedro Favaron, complementándonos, como deben siempre hacer el marido y la mujer cuando piensan de forma saludable y actúan según las antiguas enseñanzas. Pedro ya es parte de mi familia: él llama papá a mi papá, mamá a mi mamá, abuelos a mis abuelos. Aunque escribimos juntos, es mi voz, como mujer shipiba, la que mi prima en la escritura; con esto no pretendo dar a entender que yo sé más que mi esposo sobre la cultura shipibo-konibo o que yo tenga una prevalencia por el mero hecho de ser mujer e indígena. Ninguno de los miembros de la pareja es de mayor importancia. Lo que queremos es dar cuenta de que escribimos desde adentro de la cultura shipiba y desde un compromiso ineludible con una red de relaciones afectivas y comunitarias que vienen de mis ancestros. En última instancia, esta red de relaciones conecta a todos los seres vivos a una misma fuente espiritual, a una misma matriz de vida que todo lo sustenta.

Para nosotros, la nación indígena shipibo-konibo no es un objeto de estudios; somos parte del pueblo, y compartimos un pasado, un presente y un futuro. No podemos escribir fingiendo una distancia objetiva, propia de las metodologías modernas e ilustradas, que en nada se corresponde con nuestra manera de sentir la existencia y de entender el conocimiento. Desde la perspectiva indígena, la objetividad es algo demasiado artificial; es imposible concebir al individuo de forma autónoma, desligado de sus relaciones de afecto, de sus sentimientos, de su pertenencia al territorio y a la cultura. Escribimos este texto desde nuestra casa, en el Centro Poblado de San José de Yarinacocha, a orillas del Mapo Tea, que en shipibo significa pie de barro. Mapo Tae es un caño que la laguna de Yarinacocha inunda estacionalmente, con la llegada de las lluvias; cuando el agua se retira, podemos sembrar maíz, yuca, frejoles, en el terreno fecundado por el lago. Antiguamente, mis abuelas venían acá a extraer el barro para realizar sus cerámicas. Vivimos en el territorio ancestral del pueblo shipibo y dialogamos con él desde la intimidad del ser.

La epidemia del coronavirus ha afectado nuestro territorio y a nuestro pueblo. Casi todos hemos tenido o tenemos los síntomas de la enfermedad. Algunos de nuestros parientes han enfermado gravemente o han fallecido. Al principio, el Gobierno Regional decía que no había ningún caso en Ucayali, pero nosotros intuíamos que las autoridades mentían y no estaban tomando las medidas de contingencia adecuadas. Estamos acostumbrados a la desidia, la corrupción y la incompetencia de las autoridades; en Ucayali la población vive en una suerte de desamparo, y cada quien queda librado a su suerte. Somos las redes de parientes y afines quienes podemos ayudarnos los unos a los otros, al margen de cualquier intervención estatal. Cuando el Presidente del Perú decretó la cuarentena total, el 16 de marzo del 2020, la población de la región, en un principio, no entendió qué significaba la ley promulgada. La policía y la marina impusieron las nuevas restricciones, pero las personas no hicieron demasiado caso. Sin embargo, el temor y la tensión se hicieron cada vez más evidente en las calles. Nosotros decidimos aislarnos, ya que estamos acostumbrados a la soledad y al silencio; tenemos un espacio amplio en casa, con árboles y plantas medicinales. Es más, ya desde antes de la cuarentena mi esposo y yo cada vez íbamos menos a Pucallpa. Pero no nos aislamos por temor al contagio, sino para preservarnos de las personas afectadas por la paranoia mediática.

Desde el comienzo de la cuarentena, mi esposo solo ha salido dos veces a la ciudad a comprar alimentos. En su segunda salida pasó por el mercado Bellavista, en Pucallpa. Cuando regresó, me dijo: “Esto va a ser peor que Wuhan”, ya que veía que en el mercado no habían medidas de seguridad e higiene, y que las personas se aglomeraban sin ningún cuidado. Al poco tiempo se multiplicaron las noticias de contagiados y muertos en Pucallpa, de hospitales desbordados y sin ninguna capacidad para atender a los enfermos adecuadamente, así como de farmacias desabastecidas y sobreprecios de las medicinas. Primero supimos de algunos amigos mestizos contagiados; luego escuchamos de cada vez más shipibos enfermos, en el asentamiento urbano de Cantagallo y en las comunidades. Algunos de nuestros parientes cayeron con síntomas agudos. Al tiempo que estas noticias llegaban, mi esposo empezó a leer un libro que hacía mucho tenía pendiente: Soy Sontone. Memorias de una vida en aislamiento, que es el testimonio de Antonio Sueyo, escrito junto a su hijo Héctor. Ellos son miembros de la nación arakbut y en este libro cuentan como Antonio vivió sus primeros años de vida sin contacto con la sociedad nacional. Y luego narran las primeras relaciones que establecieron con los curas, los buscadores de oro y los comerciantes mestizos. Mi esposo me leyó un fragmento que me estremeció el corazón:

 

El tiempo que estuvimos en Wadakwe fue la última etapa de nuestro pueblo como lo habíamos conocido. Fue durante ese periodo que llegó el wawie´, que significa algo así como aire contaminado. De un momento a otro la gente empezó a morir muy seguido, como nunca antes había ocurrido. Eso nos desesperó porque nosotros estábamos acostumbrados a morir de vejez o por accidentes en el monte pero no por enfermedades […] Fue un momento de caos y desesperación. Creíamos que todos íbamos a desaparecer […] Los cuerpos de los fallecidos no tenían heridas. Murieron principalmente las personas adultas mientras la mayoría de jóvenes sobrevivimos […] Tiempo después construimos una sola casa comunal con hojas de crizneja o bodnba parecida a nuestra antigua casa principal, pero donde ya no practicábamos los ritos por la muerte de los sabios y la preocupación por nuestro futuro (2018: 107-108).

 

Este testimonio conmovedor trajo a mi memoria las historias de nuestros abuelos, ya que también los antiguos shipibo-konibo sufrieron de plagas mortales tras el encuentro con los extranjeros. Según nos ha contado nuestro tío Pakan Meni (profesor Elí Sánchez Rodríguez), los antiguos shipibos solían asesinar a los primeros sacerdotes misioneros que llegaron al río Ucayali por temor a las enfermedades que traían. Por eso muchos franciscanos del Convento de Ocopa nos describían como violentos y peligrosos. Pero la agresividad de los antiguos no pretendía otra cosa que salvar su forma de vida, la libertad que amaban y la salud de sus familias. La violencia guerrera era una expresión de la insumisión de nuestros antepasados frente a fuerzas extrañas que querían forzarlos a vivir de una manera que a ellos les parecía extraña y carente de libertad. Las misiones pretendían disciplinar los movimientos de las personas, delimitar el territorio, acotar los desplazamientos, para que seamos más fáciles de gobernar. ¿Acaso para entender el amor predicado por Cristo hay que vestirse con ropa europea y vivir en un solo lugar, como ronsocos amarrados? Nuestros ancestros no eran despiadados, pero querían ser libres y vivir según las costumbres y enseñanzas de los mayores. Hasta que un día, cansados de darles muerte, los antiguos decidieron dejar pasar a los curas sin hacerles nada. Y entonces las enfermedades diezmaron a la población.

Para nuestros antiguos, la viruela era un ser espiritual, un demonio yoshin que los azotaba y daba muerte. Se decía que la viruela se presentaba con la forma de un hombre blanco que perseguía a sus víctimas con enormes perros que ladraban. Y es que las enfermedades tienen un Dueño espiritual que se alimenta de la vida humana. Algunas familias huían a lo profundo del bosque, para irse a vivir cada vez más lejos de los sacerdotes y de los demonios de la viruela. También nos ha contado nuestro tío Pakan Meni que hubo un antiguo médico que contempló en una visión que la viruela entraba en el cuerpo de sus parientes convertida en sebe, que es un mosquito minúsculo que siempre anda en grandes grupos y que los mestizos conocen con el nombre de manta blanca. Para proteger a sus familiares, el Meraya cantó el ikaro del mono shipi y los convirtió en monos, ya que los monos son inmunes a esta enfermedad. Según nuestro tío, el nombre shipibo proviene de esta transformación. Hasta nuestros días algunos médicos curan a los niños con este canto del shipi para que no se enfermen, como si fuera una vacuna que los inmuniza.

Las historias sobre naciones indígenas diezmadas por las enfermedades traídas por extranjeros se repiten en todo el continente americano, desde Patagonia hasta Canadá. Tal vez por eso la enfermedad despierta en nosotros una suerte de temor genético y reminiscente, heredado de generación en generación. Por ejemplo, cuando yo era niña, mis abuelas me decían que los sacerdotes católicos eran peligrosos, onsa jonibo, porque transmitían enfermedades: por eso hasta el día de hoy yo siento cierta aprensión cuando me cruzo con un cura. Muchas veces, los especialistas académicos han presentado estas enfermedades desde la perspectiva del darwinismo social, dando a entender que la biología de nuestros antepasados no fue capaz de adaptarse a las nuevas condiciones de vida y que por eso fueron diezmados por selección natural. Pero lo cierto es que estas muertes fueron la consecuencia ineludible del imperialismo europeo y de su violenta intrusión en nuestros territorios. Hemos escuchado a indígenas norteamericanos afirmar que el gobierno de Estados Unidos mandaba a las reservaciones mantas y otros productos infectados con viruela para enfermarlos de forma sistemática. En el caso de nuestros ancestros, la vida en las misiones católicas, aglomerando a las familias alrededor de una iglesia, expandió los contagios y las muertes. Por eso, la gran mayoría de los supervivientes fueron quienes no aceptaron la invitación de los curas y se aislaron en el monte. Nosotros somos hijos de los que se internaron en el bosque para sobrevivir.

Muchos sabios del pasado, algunos de los grandes Meraya de nuestro pueblo, murieron por las enfermedades traídas por los misioneros, los comerciantes y por el Estado, en nombre de la religión y del progreso. Esto no solo significó un gran dolor entre sus familiares, sino también una pérdida insondable de los saberes ancestrales para las siguientes generaciones. Los ancianos no son seres desechables ni improductivos, sino que son el corazón mismo de nuestra cultura, aquellos que salvaguardan los conocimientos y la lengua. Cuando mueren los viejos, nosotros mismos empezamos a desfallecer. Las implicancias psíquicas, físicas, emotivas, culturales y espirituales de la actual epidemia de coronavirus, entonces, para nosotros son múltiples y ponen en riesgo nuestra misma continuidad como pueblo. Las enfermedades del pasado, junto con la expansión de los modos de producción mercantilistas y una relación desequilibrada con la tierra, han transformado por completo a las naciones indígenas. Los jóvenes están cada vez más desvinculados de la herencia de nuestros antiguos, de sus saberes y caminos iniciáticos, de la medicina ancestral y del territorio. A pesar de que la nación shipibo-konibo se vuelve cada vez más famosa y reconocida, tanto en Lima como en el extranjero, la mayoría de jóvenes no aprenden los conocimientos antiguos de todo corazón. Muchos fingen ser “chamanes”, como dicen ahora, solo para hacer negocio con los turistas incautos. Y nuestros dirigentes, en la mayoría de casos, se visten con cushmas cuando viajan al extranjero, pero cuando vuelven con plata a Yarinacocha son los primeros en emborracharse con cerveza, escuchando la música de los mestizos a todo volumen. Incluso algunos de los shipibos universitarios desprecian a sus paisanos que no han estudiado. Contemplar estas desviaciones es para nosotros motivo de tristeza y desesperanza.

Cuando la epidemia de coronavirus empezó, muchas comunidades nativas afirmaron que cerrarían sus fronteras para que nadie pueda ingresar. Pero lo cierto es que los mismos comuneros, mayoritariamente, salían una y otra vez de las comunidades para ir a la ciudad. Y es que las comunidades, incluso las alejadas, son cada vez más dependientes de los productos de la ciudad. Debido a la excesiva depredación de los espacios ecológicos, la alimentación de la nación shipibo-konibo ha ido empobreciéndose en los últimos años. El consumo de productos procesados, enlatados y envasados, con altas grasas saturadas y azúcar refinada, ha provocado un aumento en los índices de anemia y de otras enfermedades, como el cáncer y la diabetes. El alcoholismo es también un factor preponderante para la deteriorada salud de los hombres indígenas. Al mismo tiempo, somos cada vez más dependientes de la industria farmacéutica, ya que muchas familias han dejado de lado nuestras medicinas ancestrales, non rao. Nosotros, desde el principio de la cuarentena, hemos procurado alimentarnos con productos naturales y consumir medicinas tradicionales, como jarabes con cortezas y miel de monte, para fortalecer nuestro sistema inmunológico, de tal manera que la enfermedad nos encontrara fuertes y en salud. Creemos que esta enfermedad podría hacer pensar a las comunidades indígenas acerca de la importancia de conseguir cierta soberanía alimentaria. Deberíamos usar los territorios de la comunidad para volver a hacer chacras y otros proyectos de producción, como granjas de peces. Si el pueblo mejora su alimentación, los cuerpos estarán más preparados para soportar las enfermedades. Aunque nosotros, por nuestras ocupaciones académicas y artísticas, no podemos dedicarnos de lleno a la chacra, sí trabajamos los terrenos que hemos heredado de mi madre y de mi abuelo: reforestamos, sembramos frutales y cuidamos de nuestro jardín etnobotánico, en el que hay diversas medicinas vegetales. Sin embargo, nosotros percibimos que a nuestros paisanos cada vez les gusta menos trabajar en la chacra, y muchos quieren vivir en las ciudades.

Cuando se hicieron públicas las primeras muertes de shipibos, muchos de los aliados de los pueblos indígenas, académicos y artistas, empezaron a cuestionar en las redes sociales la desidia del Estado peruano. Pero a nosotros, esta actitud, nos parece un tanto ingenua. ¿Acaso esperaban que el Estado actuara de manera diferente? Aunque los colegios shipibos celebran cada 28 de julio la Independencia del Perú y los profesores enseñan a los alumnos acerca de los héroes de la emancipación, lo cierto es que nosotros nunca nos liberamos del dominio español, ya que los españoles no nos conquistaron. A nosotros nos conquistó el Perú. Fue el propio Estado peruano quien arrebató nuestro territorio y promocionó la inmigración de colonos. Según afirma Thomas Hobbes, todo Estado se funda con la espada; y la espada del Estado peruano cayó sobre los pueblos indígenas para reducirlos y marginarlos. La élite criolla legitimó su derecho a gobernar asegurando que los pueblos indígenas éramos como niños y, por lo tanto, incapaces de decidir sobre nuestro propio destino. La totalidad de los Estados del continente americano se ha constituido sobre las tierras expropiadas a los pueblos indígenas. La base de la identidad misma de los Estados es la violencia conquistadora. ¿Por qué ahora actuarían diferente, si su paradigma fundacional está signado por el robo, el desprecio y el asesinato? Todos los Estados, en el mundo, por la propia naturaleza de la centralización del poder, son fuente de corrupción; por regla general, mientras más abarcador y omnipresente es el Estado, más abusos sufren los ciudadanos y más tentados a delinquir se hallan los gobernantes. Pero en el Perú la situación es aún peor, porque se trata de un Estado absolutamente fallido y heredero de estructuras y dinámicas virreinales.

Nosotros hemos visto, con indignación, a alguno que otro miembro del pueblo shipibo-konibo teatralizando ante las cámaras su propia enfermedad para buscar un beneficio personal. Hacer esto, mientras el pueblo se halla en un estado tan precario, es una patología mental y un veneno del alma. Lamentablemente, muchos de nuestros supuestos aliados políticos han enseñado a los pueblos indígenas a victimizarse y a depender de las migajas del Estado. Confiar en las democracias modernas, y en puestos de autoridad reservados para una élite letrada y tecnócrata que no convive con nosotros, resulta un despropósito. Además, el poder político y burocrático en el Perú, desde hace varias décadas al menos, ya ni siquiera lo ostenta una supuesta élite, sino una banda de delincuentes sin cultura, que odian su propio mestizaje y desconocen a sus antepasados indígenas. ¿Para qué gastar el tiempo quejándose del Estado? Para nosotros son mucho más interesantes las iniciativas de colectivos apolíticos que han tratado de hacer llegar su ayuda a las comunidades por una profunda empatía. No es necesario andar promocionando en las redes sociales y en los medios de comunicación nuestra solidaridad con las naciones indígenas y haciendo gala de nuestro ánimo filántropo: no se debe ayudar al prójimo para hacernos famosos y buscar reconocimiento social, sino que debemos hacerlo de forma desinteresada y sin aspavientos.

Los pueblos indígenas no somos ni de izquierda ni de derecha, ya que esa es una dialéctica moderna que no nos incumbe; lo que nosotros tratamos es de sobrevivir en este tiempo, adaptándonos a las antinomias y peligros de la modernidad, sin perder nuestras raíces culturales y espirituales. Tal vez algunos de los dirigentes, que ya no viven en las comunidades, se han ideologizado un poco, pero lo hacen solo para satisfacer las expectativas ideológicas de sus aliados políticos y de los académicos. Pero el pueblo tiene sus propias respuestas y sus formas particulares de organización. En medio de esta crisis de salud, algunos colectivos shipibo-konibo han alentado una vuelta a las medicinas tradicionales para luchar contra la infección. Un grupo de jóvenes de los asentamientos periféricos de Yarinacocha, por ejemplo, empezaron a promover las hojas del matico; incluso plantearon la posibilidad de mandar matico a la comunidad urbana de Cantagallo. Pero esta propuesta, aunque es la más conocida por el despliegue mediático que tuvo a su alcance, no ha sido única: muchas familias y médicos tradicionales han empezado a usar las plantas medicinales para curarse y tratar a sus pacientes, sobre todo en las comunidades alejadas de las ciudades. El poco apoyo conseguido por parte del Estado y la acción de los colectivos civiles, se ha centrado sobre todo en Cantagallo y en la Comunidad Nativa de San Francisco de Yarinacocha, que son las más conocidas y politizadas. Se trata de dos poblaciones que están profundamente divididas. Las ayudas sociales suelen ser capturadas por distintos grupos que no las reparten de forma justa. En cambio, las comunidades del río Ucayali, sabiendo que ningún apoyo les llegaría, han confiado en las plantas de los antiguos. Esas comunidades no pueden tener esperanza en la ciencia, demasiado lejana, ni en el Estado, indiferente; las personas más humildes, aquellas que no figuran en las redes sociales ni son famosos entre los extranjeros, no tienen más opción que depositar su fe en el Gran Espíritu y en la naturaleza. Tal vez por eso nuestro abuelo Ranin Bima, un médico Meraya de gran sabiduría, nos enseñaba que la compasión de Dios y la virtud de nuestra medicina son solo para las personas de corazón sincero y sin soberbia. A nosotros nuestros mayores nos advirtieron que los tiempos venideros serían muy inciertos y peligrosos para los pueblos indígenas; y que debíamos mantenernos con fe en Dios, en nuestras plantas y en los conocimientos que hemos heredado. Un cantante del pueblo Cofán, de Colombia, llamado Euclides Criollo, publicó una canción en Youtube que se expresa en términos similares, evidenciando las cercanas experiencias que vivimos los distintos pueblos indígenas de la Amazonía y del continente americano:

 

Nuestros ancianos tomaban yagé y aprendían que pasaría en el futuro.

Así nuestros ancianos tomaban yagé y sabían cómo prevenir las enfermedades.

Subían al cielo, hablaban con Dios, y aprendían a prevenir esta enfermedad mala.

Pero ahora nuestros antepasados han desaparecido y lo que nos dijeron ha llegado.

Ahora no hay nadie que pueda prevenir las enfermedades, solo Dios.

 

Nosotros no podemos perder la confianza en nuestra medicina, en nuestra visión, en nuestros sueños y en nuestra raíz espiritual. Desde que mi esposo y yo sentimos los primeros síntomas del coronavirus, empezamos a utilizar nuestras plantas y los conocimientos que hemos heredado. Primero se nos congestionó la nariz, luego la garganta y nos dolía la cabeza. La enfermedad nos provocó mareos y náuseas. Nos faltaba el aire. Era como estar con mal de altura. Se nos bajó un poco el ánimo y sentíamos dolor en la espalda. Hicimos preparados con kion, limón y miel de monte. También vaporizaciones con matico, ajo sacha, ajoskiro, mucura, eucalipto, cebolla, kion, ajos y limón cidra. E infusiones con diversas plantas y gárgaras. Ya sea por nuestro estado inmunológico, por la carga viral o por las medicinas que usamos desde un primer momento, no llegamos a caer con fiebre ni perdimos el apetito. Algunos de nuestros parientes, en cambio, pasaron varios días sin comer. Sin embargo, cada vez son más las familias que están usando las plantas desde los primeros síntomas; muchos evitan así que los síntomas sean graves. Creemos que este virus puede dejar secuelas a largo plazo, por lo que vamos a continuar usando plantas. Nosotros confiamos en las medicinas vegetales como profilaxis, para tratar los primeros síntomas y para reducir las secuelas; entendemos, sin embargo, que cuando hay situaciones más complicadas, ya las plantas no son tan eficaces, y pueden incluso ser contraproducentes en algunos casos. No conviene ni una soberbia positivista, que niegue las propiedades y posibilidades de la medicina tradicional, ni tampoco una cerrazón etnocéntrica, que desconozca los innegables avances de la medicina moderna, sobre todo para las intervenciones de urgencia. Lo más conveniente, a nuestros entender, es una actitud intercultural, que pueda establecer un diálogo respetuoso entre el saber científico y el conocimiento ancestral; buscamos reconocer las virtudes de ambas tradiciones, aquello que una puede aportar a la otra, y saber cuál conocimiento aplicar en cada momento de la enfermedad.

El Estado peruano ha respondido a esta epidemia siguiendo las directrices de organismos internacionales con intereses poco claros. Sabemos, además, con certeza, que existe una élite mundial con ideas maltusianas y eugenésicas, que desprecia a los pueblos indígenas, que nos considera un rezago primitivo opuesto al progreso. Ellos no lamentan las muertes, ya que sostienen que el planeta está sobrepoblado y que algo debe hacerse; el fallecimiento de los pobres y de los ancianos es considerado necesario para imponer nuevas formas de gobernanza. Los medios de comunicación se han encargo de expandir el temor y la necesidad de ejercer un control biopolítico de la población. Muchos de nuestros paisanos, cuando sienten la enfermedad, por temor se arrepienten de sus malas costumbres y de su pensamiento negativo, y empiezan a orar a Dios; pero si se recuperan, se olvidan y vuelven a los mismos comportamientos errados. Nosotros no sabemos aún cuáles serán las consecuencias futuras de este confinamiento, pero en nuestros sueños se nos han pronosticado tiempos oscuros. Pensamos que las necesidades económicas de las familias pobres del Perú, incapaces de ganar el sustento diario, pueden desbordarse. Sabemos también que muchos shipibos están retornando a sus comunidades desde Lima e Ica, trayendo con ellos la enfermedad, por lo que intuimos que esta crisis sanitaria está lejos de acabar. Estamos seguros de que si fortalecemos el sistema inmunológico de la población y usamos las plantas medicinales, los índices de mortandad no serán tan altos y no tendríamos que estar tan asustados. Nosotros, en lo personal, preferimos mantenernos lo más alejados que no sea posible de las estructuras de poder y de las formas de vida consumistas y artificiales. Nuestra mayor riqueza son los saberes que hemos heredado de los antiguos y nuestra gran fe en la protección del Espíritu. No abandonaremos la humildad y la sencillez, ni a los árboles y a las plantas de nuestro territorio ancestral.

 

 

 

San José de Yarinacocha,

mayo 2020

 

 

Bibliografía:

 

Criollo, Euclides. 2020. Curagandeccu Ttu’fa’cho Paqque’suma (Cofán song about COVID-19)

https://www.youtube.com/watch?v=kCr0rBWd6qA

 

Sueyo Irangua, Antonio y Hector Sueyo Yumbuyo. 2018. Soy Sontone. Memorias de una vida en aislamiento. Instituto de Estudios Peruno y Ministerio de Cultura (Cusco). Lima, Perú.