Dos poemas y un relato. Jose Diez (Atawallpac)

20161026_110720_lls

LA MADRE DEL POETA

JOSÉ DIEZ

27.10.2016

QUÉ HERMOSO SENTIRTE VIVA ESTE 2016

Eras la mañana al despertar donde jugaban

tus hijos.

La huerta cansada donde floreció las semillas

de tu juventud.

Eres la circunspecta devoción filosófica escrito

por un loco terrible y humano, que soy yo,

tu hijo.

Tus 100 años se esparcen por el Universo

de infinitas luciérnagas

que brillan moribundas.

Estoica en tus principios te hace la fuente

inacabable de mis sueños.

Cualquier puñado de tierra de mi dichosa

Patria, eres tú.

Me engendraste a tus 32 años y te lo agradeceré

infinidad de veces; a pesar, de que todo

se acaba un día, para siempre.

Pero ¿Cómo entender al hombre su falta

de espíritu?

Caminan individuos con la crueldad al lado

de la hipocresía inventando maldades.

En tus hijos jamás aceptaste el más mínimo

compromiso con la oscuridad de sus actos

en la sociedad donde nacimos.

Eso te llenó de luminosas mañanas

al despertar.

El orgullo que me depositaste en el corazón

es una piedra transparente parecido

al diamante. Y más precisamente cultural,

que millones de seres llaman: Machu Picchu.

El orgullo del hombre son los valores

y sus principios.

¿Qué me diría el poeta de los Dados Eternos?

Que con el orgullo no se juega.

Con el orgullo no.

Cuando llegaba la noche para llenarse

de sombras escogías el camino interminable

de una historia.

Esa historia quedó envuelta en estas palabras

al amparo de quiénes la deseen cultivar.

El tiempo sigue pasando como un viento

imparable y caprichoso.

Qué duro es separarse del amor

y qué trágico y duro es separase de la vida.

¿Quién no sabe que un día partiremos?

De esa inercia impensable lo sabemos.

Ya me darás la mano, alondra mía, junto

a la de papá, que hace mucho

tiempo me inquieta con su ausencia.

 

20161026_110720_lls

ASUNTOS INMEDIATOS

JOSÉ DIEZ

23.10.2016

>Ella no ama porque el hielo la consume<

El pecado es una ciencia de material inflamable

que se parece poco a poco al infierno.

Cuando me diga adiós/ se perderá por la distante

lejanía del recuerdo.

El mundo nos exige sacrificios que cuestan todos

los viajes a la Luna.

El Domingo en estado sólido cae como una plancha

de acero en mi cabeza, tronco y extremidades.

El Mar echa espuma por la boca.

Está infectada de rabia y babosea golpeando

incansable, bajo los efectos radioactivos

de la filosofía comparada.

Si fuiste el escritor maravilloso al premio Nobel

que el cielo te bendiga.

Te bendiga las agencias y distribuidoras con

la crisis de las primaveras internacionales.

La vida es una perra que nos ama y nos consume

en esa caja negra que se encuentra en los desastres.

El Cielo está cambiando de posición.

El poeta por este lado, renuncia a los círculos

de fuego; ya que las palabras en el diccionario

van perdiendo efecto y significado.

No me digas que esas piernas No.

Soy muy testarudo con la obesidad y también

con la anorexia.

Las mujeres afálicas tienen por entretenimiento

patológico la adopción de espermas

intrínsecamente genéticas.

Dormí bajo el puente de los clochard

en Notre Dame, y fue una locura del 75.

Pintaba y dibujaba en chez George por un vaso

de vino y más vino, cuando la vida era poesía.

En Barcelona bailaba en Escudillers y en Saint

Tropez casi me ahogo en sus aguas.

En Mónaco apenas pude entrar al Casino con

mi rubia experta en idiomas,

¿Qué me dice monsieur? …¿Que cuánto?

La capital racial del materialismo trans-dialéctico

es Suiza y los países de su entorno.

Si no te dan gato, te dan liebre o te darán uñas

de gato o un ratón de experimento.

Los átomos se encogen de estructura en el invierno,

por los análisis freudianos que la componen como el

el tritio y el deuterio, para que las detonaciones

atómicas sean más terroríficas y catastróficas.

He llegado a un grado de ignorancia que me da

igual la ortografía.

Zavía usté ke la qultura es la katastrofe del miedo

amviente. Zi ceñor ingenerio, la prueva es ta qui.

A la inmortalidad de la madre tierra le va a costar

mucho dinero. Mucho dinero y muchos cambios

de clima.

¡Qué belleza! ¡Qué mujer hermosa!

¡Qué presidente!

¡Qué hijo de Tuta Pérez!

El olor a muerto de la hipocresía, las leyes

y los valores, marca un antes y un después

en el tren de mercancías.

La descomposición sí que arroja pestilencia en los

discursos presidenciales de Londres y sobre todo

en la movida madrileña. Discursos morfina.

Hace 150 años que el cielo mantiene su camisa

de fuerza, para que los hombres gocen plenamente

con su moraleja leyendo: Vuelos al Insomnio.

20161026_111249_lls-1-2

ALMAS EN REMOJO

SALUTACIÓN A LA PROSA

JOSÉ DIEZ

04.11.2016

Una ventaja deslumbrante para colmar ilusiones me ofrecieron los degollados artistas del capitalismo en los tiempos paralíticos del caos.

No lo pude aceptar y tampoco pude reaccionar.

Quemaba la victoria de las frustraciones por la calles de Montmarte y en los suburbios parisinos del 75 y del 77.

Era y es la ciudad grande y otra vez grande y conflictiva y bretoniana, para los nuevos amigos del conde de la palabra, Antonin Artaud.

El barrio latino era el mundo de los dragones permisibles que caminaban errantes con la frescura de su ausencia; sobreviviendo a la abundancia de aquellos caminos insólitos e interminables.

UNICLAM, la agencia de viajes de José Carlos. Mabillon, el comedor de estudiantes. La Mesón de Saint Lazare y las orgías de Ivo Pérez y Óscar Málaga, mientras dejaban quemar sobre los hornos, la juventud de sus 30 años. La Bastille, Créteil Prefecture, Saint Denis, la Rochelle, Mouline Rouge, Pont de Neuf, Notre Dame, Place d’Italie, la gare du Nord; y Evelyn Cage, mi compañera Suiza y activista en los eventos culturales en el Teatro Olympia; y conyugales en el Quartier Latin, navegando por los metros de los enamorados con 900 estrellas de polyester en el corazón de los noctámbulos. Odeón, café Odeón y Café monsieur Le Prince, donde Gabriel con su arpa llanera aceptaba una copa de coñac para dar cuerda a la belleza musical venezolana.

Los tiempos han desaparecido sin magia y sin penas, que el sensor de las brújulas magnéticas orientan hacia los desfiladeros de Atacama; explorando los profundos infiernos que son un homenaje a la desesperación de la épocas terribles, el título de mi poemario invisible del 72.

Y ahí estuvimos Juan Barea, JC Rodríguez, Alfredo Pita, el pinche de Málaga y elloco” lindo de Ivo Pérez.

Tropezaba muy de vez con Nájar y Elqui Burgos, a veces con Arturo Castañeda, divorciado del ruido mundanal y tratando de peinar la poesía como expertos peluqueros de Avignon.

Delicias que saltaron del paraíso y de los alucinados puentes de los clochards bajo el cero de las temperaturas microbianas en el decir de César Abraham.

Cuántos nidos sembraron ideas, florecieron y sobrevolaron la place de la Concorde, el Arc de Triomphe, sin recordar las andanzas y travesuras de Apollinaire, de algún Modiglinai escapado del Louvre rociado de absenta y de idilios atormentados y fugaces.

Escucho los delirios de mi ser 37 años después de que a la inmortalidad la sentaran de rodillas en la Bastille. No como poeta recorrí las avenidas del Tequendama francés, me latía el hombre lúdico de la impaciencia.

Y cuántas veces he visto los ojos de poetas hundirse en las tinieblas de piedra calcinada descendiendo a los metros de Mabillon, Chatelet, Pont Marie, Sébastopol; con los intestinos vacíos por la solidaridad y las buenas maneras de vagar sobre este mundo.

¿Qué será de Cato, César Vera, Estanislao el panameño, el arpista de monsieur le Prince, el taíno colombiano? ¿Qué será de Huáscar Amaru, los hermanos Arguedas? ¿Qué serán de ellos, de sus sueños interminables?

Con mis locuras los llenaba de felicidad bajo el supuesto nombre de Atawallpac (el ave gigante).

Los años me llevaron en sus andas de oro por esos largos recorridos de la eternidad inmediata y placentera. Las añoranzas hoy me dejan perturbado.

Y por esta centrífuga de los conductos terrenales de la casualidad conocí al poeta escritor Manuel Scorza. Al iniciado en gramática Chimú, González Viaña. Al “zambo”José Tang en la residencia de George Mandel, tratando de alcanzar lo inalcanzable. Conoció una estrella y se lo llevó a Lima para nunca más volver, ni aquí ni allá.

Los años tienen una historia marital que todavía mantiene su gimnasia en casonas y chambres de la ciudad lumiére con sus persistentes 60 vatios de candela.

La danza de la calavera erótica hizo sus revoluciones políticas y vaginales en los años más insensatos de la Cuba marginada por las garras del águila imperial.

Fueron los años de los tira y afloja con mr. Debray y sus impenetrables agentes dopados como perros policías.

París es una mezcla agridulce de sabores raciales. Es un claro oscuro de siluetas que se arropan en la noche fría, inaguantable. Es soledad y multitud, solidaridad y desprecio.

Aquellos años fueron comprobados en mi lista de recuerdos a punta de pistola y a punta de chalecos.

Los artistas, los poetas, el demiurgo de la Sorbona, el actor de teatro, el músico de restauran, el vendedor de sueños. El paranormal, el bien hablado, el cuentero ¿Qué más? ¿Qué más hay en París? Y una resbalada por el Sena te conectas con los dioses de Henry Barbusse, con Saint- John Perse y los fanáticos dadaístas.

He profanado amores y mezclas de mujeres, ansiosas de sentimientos extraños en esta ráfaga de siglos y voracidad cultural. Conquisté y fui conquistado.

Cada nombre es un epígrafe dedicado a la diosa del deseo. A esa mujer que se levanta como una sombra de los sueños y cruza la realidad cercenada a latigazos.

Y ahora nos llega la pena de envejecer sin trafa alguna, sin condiciones, sin tirantez. Si no es gris el cabello, es su caída frenética y sin discusión alguna.

¡Oh! maravillosas campanas que detienen el silencio de la muerte. La muerte que siempre toca en sus huesos la sonata al claro de luna.

Aproximación psicoanalítica a la creación narrativa de Rodolfo Hinostroza . Blas Puente Baldoceda

Nos acaban de dejar tres grades artistas peruanos. El poeta Rodolfo Hinostroza, el pintor Juan Javier Salazar y el acordeonista Celso Torres Neyra. A todos su familiares, amigos, y companeros de ruta nuestras mas sinceras condolencia. Acompano la entradada con una entrevista al poeta sobre “los huesos de mi padre” hecha por Ernesto Hermoza en Presencia Cultural
14900374_1232207586835392_5622520581189044166_n
Aproximación psicoanalítica a la creación narrativa de Rodolfo Hinostroza

A horcajadas entre el psicoanálisis freudiano y el psicoanálisis lacaniano, el discurso narrativo Aprendizaje de limpieza aborda la temática de la creación literaria en el seno de un hogar que habita el diáfano paisaje de Huaraz. El personaje narrador dice:

Toda una historia de literatos toda esta reyerta es nada más que una historia de literatos dios me he pasado la vida peleándome con mi padre y con mi madre a causa de la maldita literatura

Desde temprana edad el personaje narrador se apasiona por la letra de la lengua escrita y una vez asumida la escritura se horroriza ante la página en blanco, reacciones a las que subyace un resentimiento contra sus progenitores ya que ambos escriben con envidiable caligrafía y se desvelan por la gloria literaria. Dentro del marco del complejo de Edipo y el tránsito de la fase imaginaria hacia la fase simbólica, se concibe el ejercicio de la palabra en reciprocidad con el deseo sexual. Para este precoz voyeur de la privacidad de sus padres, la palabra es un flujo menstrual del inconsciente –o de acuerdo a Lacan, el inconsciente se estructura como el lenguaje–, y el acto de escribir similar a la defecación: chapalear gozosamente en esta nauseabunda materialidad para entregar al lector la subjetividad plasmada en una obra. Así pues mientras se masturba excitándose con las imágenes de un concurso de belleza en una revista, elabora mentalmente un concurso de belleza de páginas basada en la textura: el grosor, la porosidad, la dimensión y el corte del material donde se inscriben las palabras que configuran al sujeto. Este contenido psíquico de sesgo negativo –se alude a la violencia y la culpabilidad, por ejemplo– es exorcizado mediante un registro literario que pretende mimetizar la libre asociación de ideas de un paciente psiquiátrico. Rupturas sintagmáticas con la consiguiente trangresión y/o anulación de los signos de puntuación no impiden uno que otro rapto poético en las descripciones del escenario de la trama. Por lo general, prima una sintaxis narrativa de frases cortas en coordinación o en yuxtaposición que conforman párrafos tan breves como una frase, todo lo cual confiere un carácter fragmentario a la narración. Un simulacro estilístico que pretende reflejar la caprichosa asociación del decurso del inconsciente durante una sesión psicoanalítica. Ahora bien, una vez creada la palabra, no queda sino el vacío y la limpieza psíquica. El quehacer con palabra, artificio profano que se superpone al silencio sagrado, implica un sacrificio enorme e incomprensible. Escribir es, pues, una actividad enfermiza, extraña, transgresora, que sin pudor transgrede el silencio: o, en boca del personaje narrador, es manchar la página en blanco. Pues bien, al concebir la escritura como una usurpación y previlegiar el silencio con una soberanía legítima, el personaje narrador tal vez insinúa la impotencia expresiva de la creación literaria. Todo el estruendo de los escritores prolíficos no oculta sino una realidad esencial: la nada del silencio. Sin embargo, más adelante admite que la materia verbal es una forma de solución para la personalidad esquizoide y que la poesía sostiene al mundo. Pues bien, las páginas escritas sobre sus sesiones psicoanálisis constityen el meollo de su problemática: al destruirlas, atenúa su angustia. Probablemente porque allí quedan registradas la confesión de turbios sentimientos: violencia y agresividad instintivas, odio, hacia sus progenitores porque no sólo poseen el don de la palabra escrita sino que la ejercitan con buena caligrafía de la cual está privado el personaje narrador por haber aprendido sus primeras letras en una máquina de escribir. La burla de los mayores por el insoportable hedor de sus heces y su pésima letra predisponen al personaje narrador para escribir y dibujar con sus excrementos en un papel periódico. Esta afición por la materia fecal se vincula en cierto modo a una escena primaria de carácter anal: su padre era un sodomita consumado, inclinación que lo asocia no sólo al demonio y al azufre pero al ambiente del poeta maldito. Sea como fuere, el padre es autor de una obra teatral titulada La presa de los perros que versa sobre la palabra que todos se disputan: el personaje narrador considera sus dos libros publicados como dos niños muertos y para parir el tercero es necesario luchar y matar ante la indiferencia del padre. Este parricidio generacional en la creación literaria se enmarca dentro del concepto lacaniano “en el nombre del padre”, como el otro que posee el poder simbólico. Esto explicaría también la turbación profunda que produce en el personaje narrador la presencia de Córtazar en las calles de París en una circunstancia casual: este escritor consagrado es un desafío tan grave como la muerte. Por otro lado, la madre también es dueña del poder simbólico de la escritura y en su rol de matriarca puede escribir sobre las escorias de la familia, pero si el personaje narrador le arrebata dicho previlegio, teme conducirla al suicidio. En realidad, es imposible la relación entre una buena madre y un buen hijo, ya que ambas son imágenes míticas falsas: el contrato se trunca por la negación del uno por el otro y viceversa. Así pues, teme perder su imagen en el espejo materno: quizás el trauma sobre su identidad se remonta a la prohibición de lactar que le impusieron cuando era un infante. Pero este abandono existencial no conducirá al personaje narrador al suicidio. En cuanto a la relación de ambos con la literatura, dice:

Mi madre tiene terror a que escriban sobre ella.


No solamente eso también teme que hablen mal de ella es sin duda un poco parano siempre dudará de las buenas intenciones de quien lo haga además no veo por qué uno deba escribir sólo con buenas intenciones.


En el fondo tiene razón aunque no la tiene es una prueba de su fe en la literatura supongo que teme quedar retratada para siempre en alguna obra inmortal y en desventaja suya esto sería un acto irrevocable y malvado del que no podría reponerme.

Aunque ignora los secretos de su madre, el personaje narrador sospecha algo ignominioso e inhumano en ella, cuya revelación a través de la escritura lo aniquilaría, sin embargo, el escribir es fundamental y, a la vez, catastrófico. El personaje narrador insiste: es esencial escribir ya sea algo bueno, malo, sucio, con amor u odio.Y no importa el perdón de la madre, lo cual no va a restituir el secreto que la literatura revela, al convertir lo privado en público. Una literatura, pues, que cuenta la propia vida o la de los demás, aunque la vida de uno es nada, es indefinida en el dominio de lo imaginario, ya que sólo la inmersión en el dominio de lo simbólico configura la identidad ontológica.

Así pues, la pasión por la literatura en esta familia llega al extremo de la megolomaniaco. Al respecto de su padre el personaje narrador nos dice:

Por que toda esa megalomanía él necesitaba triunfar a toda costa debía probarnos a nosotros a mi madre que él era un genio o un gran artista incomprendido que un día sería reconocido por el mundo entero entonces podría pagar sus deudas con todo el mundo con mi madre ahora que lo digo tal vez con su propia madre y ser libre al fin magnánimo y desdeñoso con quien no lo había querido escuchar.

Asimismo, el personaje narrador adopta dos puntos de vista en la narración que mimetiza el discurso asociativo de una sesión psicoanalítica: por un lado, desde la perspectiva de su niñez, no entiende la escritura del padre; por otro lado, desde la perspectiva del adulto, afirma que era un lenguaje literario de fines del siglo pasado –rígido, convencional y enfático; aunque a los catorce años leyó unos versos tensos y musicales que lo emocionaron sobremanera pero duda si en la actualidad le causarían la misma impresión. Como quiera que sea, reconoce al fin y al cabo que era un poeta menor y un pésimo dramaturgo casi sin audiencia. Luego, finge entusiasmo e interés crítico en los escritos de su progenitor que enveje, cada vez más loco y miserable, cuyo estilo literario se había esclerosado en sus cartas rígidas, secas y autoritarias. Sólo por cumplir un deber y no por convicción se propone ayudarlo a difundir su producción literaria. Menciona, asimismo, que su madre no escarmienta porque prosigue con la ilusión de la consagración literaria: publica un libro de poesía y se vuelve a casar con poeta. Al personaje narrador le atormenta el argumento que hila su relato. Confiesa:

He tenido siempre ese fantasma de estar preñado de llevar algo en las entrañas el miedo de parir un monstruo que ha estado demasiado tiempo en mi vientre porque no había nadie para esperarlo a la salida (…).



Un libro puede ser un monstruo el libro que estoy escribiendo es justamente un monstruo.






En el litigio atroz entre hijo y progenitores con respecto a la escritura se pone en tela de juicio la autoridad y la idealización del padre como paradigma artístico a tal extremo que a un nivel onírico el personaje narrador deviene en agente activo de fantasías homosexuales que de acuerdo a las creencias populares obedece al hecho de querer ridiculizarlo, humillarlo, o derrotarlo. La disociación o identificación vital o literaria con el padre repercute negativamente en su libertad y en su capacidad creativa del personaje narrador: mutila su autonomía y lo condena al silencio. Reconoce, pues, que como hijo es diferente a su padre pero de algún modo está condicionado para seguir sus pasos sombriós, opacos, como un acto de obediencia al linaje. Asimismo, reconoce los sacrificios de su madre al haberlo criado sóla, aunque es una catástrofe haberla perdido. Siente en carne propia la crítica demoledora de un mediocre crítico a la producción literaria de su madre, y se propone vengarla. Sin embargo, reconoce la ligazón de sus padres como una unidad indestructible más allá de la muerte y si se separa de uno, el loco, automáticamente se separa de la otra, la feminista, y no queda sino un enigma: su yo, que, aunque bien equipado, le causa irrisión. Otra vez recurre a lo onírico –el niño con la madre en plan de comer un pollo asado que se transfigura en un buho o en un halcón que a su vez deviene un falo herido, símbolo del padre y el hijo—para revelarnos el conflicto entre la matriarca, el patriarca y el vástago, un triángulo erótico-sexual de personajes apasionados febrilmente por la gloria literaria.

En la novela Fata Morgana el personaje narrador transcribe las palabras de su psicoanalista Richter:

Y esa tarde, una vez más Richter había puesto el dedo en la llaga: mi padre era escritor, mi madre era escritora, yo era escritor, y esto bastaba para configurar un melancólico triángulo edípico en el seno mismo de lo que yo llamaba mi vocación literaria, de la que, según acababa de constarlo, no tenía escapatoria.



En una entrevista, Hinostroza declaró que Aprendizaje de limpieza y Fata Morgana constituyen, en realidad, un solo libro. La lectura de ambos libros corrobora dicha conclusión del autor biográfico ya que la columna vertebral se asienta en tres asuntos temáticos que se correlacionan: la vocación literaria, el proceso de la creación, y el logro de una obra maestra. Después de seis meses de parálisis creativa el personaje narrador retorna a la novela y menciona los problemas de carácter estructural que afronta durante la escritura: metaforizándola como una bola de nieve que en su decurso deviene más compleja con una acumulación de situaciones y efectos hasta estallar con fuegos de artificio simbólico, aunque, se admite, que todavía carece de remate. Abrumado por la intensa actividad cultural, el goce erótico, los deleites culinarios y los vinos, de la vida parisina, así como también de las asfixiantes sesiones psicoanalísticas y clases en una universidad provincial, se refugió en la encantadora isla Deyá considerada como un desprendimiento del Paraíso Terrenal y donde se propone escribir su novela, la obra maestra que conferirá una unidad compacta y transparente a su brumosa existencia caótica.

¡Esta y no otra era la ocasión soñada para escribir mi maldita novela y dar término a aquella obsesión que me amargaba la existencia! Al fin se desbloquearía esa situación que me hacía olvidar el rigor de mi vocación literaria en aquella oscura universidad de provincia, que me arruinaba la salud en aquellos coctelitos de mierda, que me hacia perder el tiempo en amoríos futiles en lugar de dedicarlo a mi obra, esa quintaesencia que sólo yo podía crear, y en la cual se jugaba el sentido de mi zarandeada vida.

A los 34 años el personaje narrador teme convertirse en una vieja gloria literaria que no ha producido en seis años nuevas obras mejores y sólidas de acuerdo con un dinámico ritmo editorial. El tiempo mítico del horror a la página en blanco era el resultado de una ambición ilimitado que resumía las frustraciones literarias de sus padres. La solución era pasar del limbo de los proyectos a la acción, es decir, escribir, y saber si la novela es factible y no una treta de sus fantasmas psicoanalíticos. De no poder cristalizar la novela, escribiría poesía, teatro y hasta cuentos, pero jamás la novela, lo cual era como comenzar con la literatura. Por otro lado, teme haber perdido de la urgencia por escribir:

esa angustia creativa, desgarradora, abominable y perentoria, que era la misma que me había llevado a escribir unos pocos poemas fulgurantes de cuyos réditos vivia hasta la fecha; temía que irse las urgencias se hubiera ido todo mi talento, tal como el niño del refrán que se va con el agua del baño, por las negras cloacas del inconsciente, con un chapoleante ruido de succión.


Una vez encarrilado en el proyecto de escribir la novela, el personaje narrador debe adoptar una posición contemplativa, pasiva, receptiva, una suerte de concavidad psicológica, propicia a la creación literaria. En este estado de receptividad que condiciona en cierto modo percepciones de carácter suprasensible, a tal punto que el narrador personaje se emociona hasta las lágrimas ante el espectáculo de un petirrojo posado en una rama

Pero el caso es que buscaba sumergirme en aquel estado tan especial de absoluta disponisbilidad espiritual, sensible al menor soplo de viento o cambio de humor de las constelaciones, entregado al azar de los encuentros mágicos. Estaba seguro de encontrar en mis incesantes errores las puertas de ingreso a la lógica secreta del poema, la que me guiaría a tientas por los densos manglares de la memoria y de la percepción, y era capaz de desencadenar páginas memorables Ese era más o menos el mecanismo que me hacía escribir, y había que comenzar paso a paso para ponerme en estado receptivo, o como me gustaba a mí decirlo, cóncavo.

 

En Mallorca, durante seis meses, el personaje narrador se propone descubrir qué es su novela y, si es posible, la va a escribir. Por esta razón, esta obligado a llegar al Punto de No Retorno, o sea, –como en los grabados medievales, cuando se creía que la tierra era plana–, el confín donde los oceanos solían derramarse en el espacio infinito.

El Punto donde surgiría, de algún recodo fébril y musculoso de mi inconsciente, una necesidad imperiosa de expresarme, y con una energía tal que aniquilaría la paralizante autocrítica, neutralizaría la aterradora presencia de aquel engendro que dominaba mi vida desde que lo inventé, para echarme guardabajo hacia el precipicio infernal del caos creativo. El punto en fin en donde todo se cuaja, esa misteriosa esfera en donde se cristalizan el conocimiento y la experiencia a causa del fuego de la inspiración divina, por decirlo en un dialecto de otra época, pero que para mí poseía una verdad incontestable.

Para el personaje narrador la actividad creativa involucra de algún modo una necesidad orgánica y, por esta razón, cada vez que se inmola en el fuego de la creación, le abruma al mismo tiempo la urgencia de fornicar, defecar, reir o llorar. Asimismo, cuando esboza su manuscrito alcanza momentos de trance shamánico durante el cual traza frenéticamente diagramas y deja fluir un vertiginoso caleidoscopio interior en frases elípticas, en párrafos en los cuales describe personajes y situaciones que sólo él los descifra. Sólo se detiene cuando, agotado, su creación baja de calidad con ideas adefesieras que provienen de su adolescencia limeña, de modo que trastabilla en la huachafería. Por otro lado, guarda sus distancias con el prójimo porque al escribir le abruma la sensación de ser un apestado y no quiere difuminar su horrible hedor, así como también la sensación de ser vulnerable a guisa de un personaje borgiano que luego de anunciar su verdad cualquiera podría arrogarse el derecho de matarlo. Asimismo, en un trance de profundo ensimismamiento, elucubra sobre un bestiario de personajes concebidos de acuerdo a los parámetros sexuales del teoría psicoanalítica que cubre con una complejidad creciente un itinerario que va desde el nacimiento hasta la autonomía genital del adulto:

Seguía bailando en mi fosforescente cabeza personajes levemente monstruosos, y más que una mitología personal aquello parecía un bestiario de seres en formación que se estaban introduciendo en mi novela por aquella brecha abierta por el Arcángel Miguel. Pero era justamente los que necesitaba, un primer piso arcaico y bestial, con sabor a barbarie y relentes oníricos, que sería el basamento de toda mi novela tal como lo tenía programado en algún sitio.



Fata Morgana es, pues, una novela autoreflexiva que explora el proceso de la creación literaria concebida no sólo como modo de catársis sino también como vehículo de conocimiento. Asumiendo el postulado de Mallarmé de que el universo se resuelve en un Libro, el personaje narrador, un sibarita que goza de las mujeres, la comida y el vino de la ciudad parisina, expone minuciosas instrucciónes para su elaboración, todo lo cual le permitirá explicar el significado del mundo. Con una estructura narrativa a lo Joyce y una narración a lo Proust, el personaje narrador, imbuído de lecturas freudianas y lacanianas, pontifica sobre la significante en la cual va a plasmarse el significado que lo desgarra:

Luego se trataría de darles forma literaria, de encontrarles argumento, escenografía, pero por el momento esas secas definiciones me satisfacían como un fuerte andamiaje sobre el que ya iría a colgar figuras y sucesos, transformando en ficción a todos aquellos fantasmas brotados de mis entretelas, para ocupar la primera sección de El Libro, que a estas alturas ya se identificaban con la Materia Prima de los alquimistas, con la roca que sostiene La Catedral de Nötre-Dame, con el magma onírico que sustenta el planeta.

 

LA CARRETERA MARGINAL. Armando Arteaga

Con motivo del martes poetico de la Municipalidad de Lima, Wilfredo  Herencia acaba 14359029_10209791120788333_8880023082000135522_nde republicar un poema de Armando Arteaga que aparecio en el numero 2 de la Revista Maestra Vida, alla por los ochenta. Una relectura despues del tiempo nos muestra la gran libertad de imagenes, musicalidad  y mezcla de lo cotidiano con lo maravilloso de lo real, aparte de un tono profetico, no solo por la actual emergencia  de las poeticas amazonicas, sino tambien por lo acertado de los versos del cierre del poema:

El oro nunca podrá más que el agua.
Hasta que venga el tiempo de la muerte
Y pinte de negro todo el oro del mundo.

LA CARRETERA MARGINAL

Armando Arteaga
La carretera era una línea larga
Jack Kerouac

Yo caminaba
Por aquella corbata de tierra
–una selva amable me llevaba–
por esa garganta hundida de pantanos
Al costado de un río –serpiente estupenda–
Donde los peces sesionaban
Sobre el color celeste –dictatorial–
Del varaseto
Hacia el fondo del camino
Miles de árboles reclamaban
su ciudadana madurez
–todos los árboles son verdes–
para intervenir
en aquel concierto extraño de pájaros:
un debate constitucional sobre la papaya
–pudo haber terminado en gresca–
pudo haber terminado en guerra nuclear.
Un desastre mundial provocado por los árboles
y los peces más desquiciados –en discrepante actitud científica–.
Al borde de una hecatombe.
¿Quién quiere celeste que le cueste?
Yo habitaba
–también–
la oscuridad de un cine-club:
“Celeste, la muchacha de mi barrio…”
fue mi primera película filmada en Super 8 mm.
las piernas más bellas y suaves de esta historia sublíminal.
La carretera era larga -llena de tierra roja-
Arcilla pura, barro, adobes, casas nada celestes, ni terrenales.
Un día era Resnais.
Otro día era Godard.
Y el fin de semana era café con leche
y/o pan con mantequilla.
No sólo de trigo y kultura vive el homo sapiens:
Un maquisapa desafiaba el Teorema de Ptolomeo
un picaflor –muerto de amor– por una flor
sufría de insomnio
y una pléyade de luciérnagas
iluminaba el siglo de las luces,
Yo bebía un néctar de flores violetas
Desde la rama añeja de un enmelado árbol invicto
Ante la lluvia, quimera del caucho
Y el sol era
Un fruto anaranjado
Una naranja verde/ un limón amarillo
Un melocotón rosado
Y sonrosada era –entonces–
aquella –nimia– sensación mía
por la Amazonía
mientras Ernestina me agarraba de la mano
me acariciaba la rota rutina
de tanta ternura agreste
–a primera y simple vista–
era mejor vivir así
salvajemente, el buen salvaje
era el inolvidable chuncho Gauguin pintando flores
en enormes lienzos
que una estupenda marchand brasileña envalijaba
a Miami con enormes mariposas
emborrachadas con alcohol
a borde de otro río –el tiempo inmediato– se fue perdiendo
como un astro lejano
aquella noche, una estrella se perdía
otra estrella se apagaba
las gotas de la lluvia jugaban su propia marimba
tocaban el instrumento propio del ocio:
mi ociosidad de escribir
–justificación de soñar con un amor imposible–
un verso es bello si es una nariz perfecta (aunque estropeada)
por la natural visión distorsionada de estos ojos:
es el perfil más frágil de este sonido gótico
más la irreverencia de los años vividos
en esta militancia:
pico de oro,
esclava de oro,
cuna de oro,
caca de oro para el loro
jaula de oro para el moro
jarra de oro para el vino
adoro el dorso, el domo, el dórico equilibrio
de una Dríade desnuda
diz la disecea, el dolo, la disforme melodía
de su diteísmo grave y divergente
tan diversa cuando divaga
a la deriva como un díscolo barco
trayendo el barrunte
destructivo del oro
el dublé, la duna triste, el dosel, el dolmen, el dock
tan disparatado es el oro que se sumerge
irresponsable
como un ogro en el lodo
en la disuria de la codicia de la selva
–tan indiana y tan ibérica–
tan divergente
que el oro puede irse a orar al cementerio de los muertos
colgarse de una driza dondequiera
para que la dioptría, la disensión, la diorita
lo ubiquen en el discernimiento milimétrico
del discursivo humano
en el diastema del hambre
en la diástole del lenguaje
en el diatónico paisaje
en el diantre compungido
en el digesto de un pueblo
ignoto
desoír al oro
deslindar
con el aurífero metal
respetad el destino natural del oro
darle el desiderátum de su rol histórico
para que el amor haga su propio idioma
en el concierto salvaje de la vida:
Yo era apenas un caminante, un necio
Mirando diásporas, un diarista,
Que perdía su tiempo buscando colores, reconociendo
En las flores deicidas y disépalas, el desencono.
Por avivar el debate sobre los derechos supremos
de la humanidad contra la secuela nefasta del oro
(materia que no tiene la culpa de estar
en la Tabla Periódica de Mendeléiev).
El oro nunca podrá más que el agua.
Hasta que venga el tiempo de la muerte
Y pinte de negro todo el oro del mundo.
ARMANDO ARTEAGA
(Maestra Vida revista de literatura # 2)