Acerca de Literatura y cultura en el sur andino. Puno – Cusco de Ulises Juan Zevallos Aguilar [1]. Alex Hurtado Lazo

 

Acerca de Literatura y cultura en el sur andino. Puno – Cusco de Ulises Juan Zevallos Aguilar [1]

Alex Hurtado Lazo

La aparición de este libro implica una doble celebración en el ámbito de los estudios literarios. Por un lado, representa la extensión y vigencia de la producción cultural que surge y se desarrolla en la macrorregión del sur peruano, específicamente Puno y Cusco. Por otro lado, reúne las investigaciones que acerca de este espacio ha realizado Zevallos Aguilar en las dos últimas décadas, a manera de reconocimiento de su trayectoria como lector y productor de importantes libros que abordan a la literatura peruana. Además de esta faceta celebratoria, el libro que nos reúne se constituye como un artefacto que nos plantea nuevamente, aunque desde una perspectiva distinta, el conflicto entre el espacio andino y la cultura letrada. En este caso, entre el académico universitario migrante y los intelectuales de la periferia interna, como los denomina.

Literatura y cultura en el sur andino ofrece un conjunto de lecturas en las que Zevallos Aguilar se aproxima teórica e interpretativamente a las manifestaciones artísticas de los intelectuales regionales a partir de los estudios culturales. La ubicación geográfica, pero también cultural, de su objeto de análisis le sirve para expresar una máxima que guiará su trabajo: “Y es que todo conocimiento, aun partiendo desde un territorio específico, cuando profundiza cuestiones esenciales suele volverse universal y llega a ser aplicable en otros ámbitos” (p. 19). El interés que delinea su libro, por tanto, no tiene la intención de retraerse en un provincialismo ni teórico ni cultural. Esta sentencia anuncia, entonces, la versatilidad expansionista que alcanzan las producciones generadas en estas regiones específicas. Además, la decisión de optar por un marco teórico caracterizado por su amplio repertorio multidisciplinario se fundamenta en esta misma intencionalidad. Sobre todo porque aquellos sujetos que son parte de su investigación aparecen en una época signada por la ruptura y beligerancia estética y política, lo que les permite expresarse desde no solo una, sino de diversas tribunas que conforman la palestra intelectual de inicios del siglo XX. Me refiero a la generación de intelectuales de la vanguardia andina que surge entre los años de 1920 y 1930. Si bien estos sujetos no conforman la totalidad del panorama que aborda Zevallos Aguilar en esta publicación, pues el límite temporal alcanza hasta el presente siglo, me interesa centrarme en este periodo por la importancia de las observaciones que realiza y que resultan pertinentes para orientar las crecientes investigaciones de la vanguardia y por el interés que, como lector, me suscita esta etapa.

La producción del vanguardismo encuentra en el sur una “floración multiforme”, como la define el arequipeño Antero Peralta Vásquez[2], es decir, una multiplicidad de orientaciones estéticas y políticas que constituyen un corpus que poco a poco está descubriendo sus caminos, en un momento silenciados por la represión, para que los investigadores realicen su labor. El trabajo de Zevallos Aguilar al abordar este fenómeno artístico y colectivo se decanta por dos caminos: el teórico y el arqueológico. La primera de estas dos perspectivas se concentra en el artículo “Culturas de las periferias internas en la región andina”, el capítulo con el que abre el libro y en el cual hace uso de las herramientas que le ofrecen los estudios culturales. En este texto va a proponer una categoría que funciona como alternativa a la denominación “vanguardia andina” tan usada por el medio crítico. La noción planteada se nutre básicamente del concepto de colonialismo interno, tomado de la sociología, en la que se entiende un doble proceso colonial que remarca su posición también doblemente periférica: la región del sur ubicada en las periferias del país, el cual se ubica en las periferias de un sistema capitalista mundial. Es a partir de ella que se encarga de abordar las relaciones gestadas entre los intelectuales que surgen allí y los grupos hegemónicos e imperialistas que la vanguardia combatía. Esta estrategia de análisis se verá fortalecida por las herramientas de análisis que provee el feminismo y los estudios geográficos, de manera que estos vínculos de ataque y resistencia son estudiados como testimonio de la constitución heterogénea de este polémico campo. La propuesta surge a partir de la observación realizada en un colectivo paradigmático del sur peruano: el grupo Orkopata, una formación intelectual constituida no solo por miembros y artistas sumamente beligerantes, sino por proyectos particulares que encuentran un eco productivo en esta composición. El análisis desarrollado por Zevallos Aguilar permite observar las estrategias de autorrepresentación que ellos producen para superar así esta colonización interna y constituir una alternativa válida a los procesos de modernización que afectan a la mencionada periferia.

El segundo camino por el que transita la investigación del vanguardismo por parte de Zevallos Aguilar se relaciona con el de la arqueología literaria. Desde luego, el interés por este fenómeno epocal se da a través del “descubrimiento” de libros que habían sido silenciados o excluidos del corpus peruano por su carácter revolucionario. El investigador, sin embargo, tornará su mirada hacia otro de los componentes, cuantitativamente mayores, del movimiento mencionado: las revistas culturales. Estas producciones, generalmente compuestas por pocas hojas de papel, permiten observar con mayor detenimiento, a pesar de lo paradójico, la fugacidad de este fenómeno. Sin embargo, Zevallos Aguilar se concentra en este tipo de publicaciones para, en primer lugar, rescatar aquellas revistas en riesgo de desaparecer por el pasar del tiempo y la descuidada organización bibliotecaria de estas periferias internas, y, en segundo lugar, para recalibrar el impacto de los estudios literarios: “A diferencia de la geografía, arqueología y geología, –señala el investigador– que tratan inductivamente con la mayor cantidad de estudios de caso para darle mayor validez a sus teorías, los estudios literarios siguen operando de manera deductiva” (p. 44). Las investigaciones de nuestro campo, en ese sentido, se siguen llenando de interpretaciones acerca de los mismos autores canónicos, sin dar posibilidad a un viraje en el discurso que determinadas escuelas críticas continúan realizando. La mirada que presenta Zevallos Aguilar a través de esta perspectiva llama la atención hacia los miembros de esta comunidad y marca la pauta para un necesario cambio de perspectiva en la manera de abordar dichos procesos. Incentiva, así, el trabajo editorial a partir de ediciones facsimilares, las que han ido apareciendo, aunque muy lentamente. Sin embargo, los que existen permiten la aproximación casi completa a este periodo tan diverso en sus aspectos visuales, estéticos y letrados.

Estas dos perspectivas analizadas por Zevallos Aguilar a nivel generacional encuentran un aterrizaje en el estudio de las producciones de tres autores en mayor o menor medida estudiados por la crítica. Me refiero a Gamaliel Churata, Alejandro Peralta y Carlos Oquendo de Amat. Más allá de mencionar las interesantes lecturas que realiza acerca de sus obras y las relaciones entre ellas y la representación indígena o las tensiones con la modernidad, me interesa destacar cómo estas se conectan con el trabajo arqueológico que reclamaba en sus escritos. Esto porque la obra de Churata está constantemente actualizándose con el descubrimiento de obras inéditas y las reediciones facsimilares de la obra inicial de Peralta y Oquendo de Amat. Sin embargo, la invitación a continuar en la indagación acerca de este fenómeno no se cancela con los análisis desarrollados por Zevallos Aguilar, sino que permiten aproximarnos desde nuevas perspectivas y con matices distintos.

De esta manera, la lectura del libro Literatura y cultura en el sur andino reúne una variedad de reflexiones que, en el caso específico de las vanguardias, nos ofrece un giro interesante para las investigaciones que vendrán a partir de los llamados realizados en él. Los estudios insertados en este libro ayudan a fortalecer, en este sentido, el campo cada vez más expandido del periodo de los años veinte peruanos.

[1] Presentación del libro de Ulises Juan Zevallos Aguilar. Literatura y cultura en el sur andino Cusco Puno (Siglos XX y XXI). Cusco: Ministerio de Cultura del Perú, 2018, 281 pp., leída el 19 de junio del 2020. También fueron parte de la presentación Andrea Cabel y Christian Elguera. La pueden ver haciendo un click en el siguiente enlace https://www.facebook.com/watch/?v=279012466633858

 

 

[2] En Chirapu 1, enero 1928, p. 2.

Los interersados en un ejemplar de Indigenismo y nacion, lo pueden conseguir en este enlace  de Librera Hawansuyo

Contradiscursos de demonización y piedad en Retablo de Julián Pérez. Ulises Juan Zevallos-Aguilar

Desmantelando los discursos demonizacion y piadosos de las industrias culturales en torno a la guerra civil, Ulises Juan Zevallos-Aguilar comparte su estudio aparecido en Cuadernos Urgentes 2: Julian Perez Huarancca. Distopia Editores. 2018. Dirigido por Jorge Teran Morvelli y Edith Perez Orozco.

Contradiscursos de demonización y piedad en Retablo de Julián Pérez

Ulises Juan Zevallos-Aguilar

Universidad del Estado de Ohio

Soy un lector tardío de la novela Retablo (2004) de Julián Pérez Huarancca (1954). La leí doce años después de su publicación, a instancia de varios amigos especialistas en literatura que me de- cían “por fin se publicó una excelente novela sobre la guerra in- terna del Perú (1980-1992)”. Mi lectura no fue de descubrimien- to. Había escuchado mucho sobre ella en conversaciones de café y bar que giraban en torno a la leyenda que se creó sobre el es- critor Hildebrando Pérez Huarancca y la línea de interpretación sugerida por el influyente escritor izquierdista Miguel Gutiérrez, en una de las primeras reseñas favorables que tuvo Retablo. Los escritores y lectores progresistas peruanos tienen una tendencia a la celebración de escritores héroes cuyo compromiso político y social los llevó a la muerte. En el siglo XX, se convirtió en héroe literario a Javier Heraud (1942-1963) que fue asesinado por la Guardia Republicana cuando entró al territorio peruano para iniciar un foco guerrillero del Ejército de Liberación Nacional en Puerto Maldonado. Algo similar se quiso hacer con Hilde- brando Pérez Huarancca (Espite, Ayacucho1946- ¿?), autor de un solo libro, Los ilegítimos (1980). El desconocimiento del día de su muerte y la inexistencia de un cadáver fueron las condi- ciones perfectas para la creación de una leyenda compuesta por varias historias, que más que aclarar reflejaban las fantasías de sus enemigos y admiradores. Conocedor de la existencia de esta leyenda, Miguel Gutiérrez atizó el fuego cuando señala que en Retablo una de las cuatro historias que la constituyen trata so- bre la vida del también escritor Hildebrando Pérez Huarancca, hermano mayor de padre y madre de Julián Pérez, y que es un ajuste de cuentas literario con el cuento “Vísperas” de Luis Nieto

Degregori1. Las discusiones librescas se parecen a una intermi- nable pelea de box donde un grupo gana uno o varios rounds y el otro obtiene la victoria de otros, sin saber quien va a ganar la pelea al final. Claro está que tal ajuste de cuentas tenía como antecedente un intercambio de palabras que tuvo lugar en 1990 entre los escritores Luis Nieto Degregori y Dante Castro Arrasco que fue recopilada en el libro Sasachakuy de Mark R. Cox.

A pesar que hice el esfuerzo de tener mi propia lectura de la novela, reconozco que siguió la línea trazada por Gutiérrez y la susodicha polémica. Se lee de cierta manera un libro por la existencia de “horizontes de expectativa” (Jauss) o “ideologías de recepción” que están vigentes en distintas épocas. Sin embar- go, cuando terminé de leerla me quedó la duda de si en Retablo a Julián Pérez le interesaba reconstruir la vida de su hermano ma- yor para dar una imagen distinta a la de Nieto Degregori. Puede que posea elementos autobiográficos, qué novela no los tiene. Es posible que haya recreado parcialmente la vida de su hermano. Pero la novela no se debe agotar en este tema. Se le haría un pésimo favor si se la sigue leyendo de esta manera. La novela es mucho más compleja y ambiciosa. Para mí, su principal mérito radica en el desmantelamiento de discursos de demonización que se articularon contra dirigentes y militantes de Sendero Lu- minoso y discursos piadosos que se han convertido en sentido común para explicar el conflicto armado.

A trazos gruesos, las dos grandes narrativas hegemóni- cas explican la guerra interna entre las fuerzas represivas del gobierno peruano y el movimiento subversivo Sendero Lu- minoso y justifican su brutal represión. La narrativa piado- sa concibe a los indígenas (ashaninkas, aymaras y quechuas) como sumisos o rebeldes. Se alimenta del discurso del “buen salvaje” de los siglos XV y XVI. Si los pueblos, aldeas y co- munidades estaban en una situación de sumisión, esta na- rrativa señala que fueron víctimas que se encontraban entre los fuegos de Sendero Luminoso y las fuerzas represivas del gobierno peruano. Si otros pueblos, aldeas y comunidades se rebelaron fue porque el partido Sendero Luminoso los adoc-

trinó, aterrorizó o simplemente los engañó con falsas prome- sa para ganar su apoyo. Luego de convertirlos en adeptos se rebelaron en contra del gobierno peruano.

En la narrativa de demonización, los líderes y militantes de Sendero Luminoso han sido un grupo de resentidos y des- adaptados sociales que previo adoctrinamiento iniciaron una serie de atentados terroristas que causaron miles de víctimas. El adoctrinamiento de los líderes tuvo lugar en la China de Mao. Los viajes que hicieron al Oriente algunos de los dirigentes y simpatizantes son mostrados como evidencias de la verdad de esta narrativa. El máximo líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán Reynoso visitó China. Los militantes, a su vez, fueron adoctrinados desde la Escuela Primaria en el sistema de educa- ción pública o en células secretas en Ayacucho. La irracionalidad de varias de sus acciones hace que sean considerados actos de locura e insanidad. De esta manera son mostrados como unos fanáticos y locos que responden a intereses extranjeros. Así se apela otra vez al nacionalismo. Se les combate en nombre de la defensa de la nación peruana. Esta narrativa que también se puede concebir como un discurso de patologización, justificaba su ejecución extrajudicial o encierro en las cárceles. Las dos na- rrativas y sus múltiples derivaciones se han convertido en senti- do común. Por ello se ha tenido que esperar más de veinte años para que se lleve a cabo los primeros intentos de desmontaje.

Para ver la enorme influencia de este sentido común es ne- cesario remitirse al intercambio de opiniones de los escritores Luis Nieto Degregori y Dante Castro Arrasco. Luego se verá la red de relaciones intertextuales que Retablo establece con el cuento “Vísperas” de Luis Nieto Degregori y el libro de Mark R. Cox. Nieto Degregori utiliza el discurso de demonización desde una posición progresista, el segundo desmantela las acusaciones sin fundamento que sostienen la leyenda de Hildebrando Pérez Huarancca en su libro La Verdad y la memoria: Controversias en la imagen de Hildebrando Pérez Huarancca (2012). Cox demues- tra contundentemente que Hildebrando Pérez Huarancca no di- rigió la masacre de Lucanamarca que tuvo lugar el tres de abril de 1983, once meses después de haber escapado de la cárcel de Ayacucho el dos de marzo de 1982. Se repite el testimonio bas- tante endeble de un único testigo de la masacre que dice haber reconocido su voz puesto que estaba encapuchado. Tampoco se estableció en Europa para dirigir una campaña de recaudación

de fondos y propaganda para Sendero Luminoso. Se le confun- de con el poeta Hildebrando Pérez Grande, autor de un sólo li- bro Aguardiente y otros cantares (1978) que estuvo en los 80’s en Francia. Finalmente, pone en duda la versión de que fuera un alto dirigente y aun miembro de Sendero Luminoso.

Como ya muchos lo han dicho, el personaje Grimaldo Ro- jas Huarcaya de “Vísperas” de Nieto Degregori está basado en una parte de la vida del escritor ayacuchano Hildebrando Pérez Huarancca, hermano de Julián Pérez. La construcción de este personaje generó una discusión bastante curiosa con Dante Castro. Castro en un artículo periodístico que hace un recuento de la literatura sobre la violencia armada, titulado “Los Andes en llamas” (Cox, Sasachakuy: 11-18), señala, sin desarrollar su acusación, que Nieto Degregori tuvo una falta de ética al uti- lizar la figura del escritor Hildebrando Pérez Huarancca en su cuento “Vísperas”:

Lucho Nieto ha publicado Harta cerveza y harta bala (1987) y La joven que subió al cielo (1988), pero donde penosamente incurre en asuntos de poca ética es en su colección de cuen- tos Como cuando estábamos vivos, con la narración testimo- nial “Vísperas”, hecha esta última con los mismos demonios de rencor que descalifican a Vargas Llosa. Luis Nieto pierde imagen al denigrar a otro narrador de mucha calidad: Hilde- brando Pérez Huarancca mediante el relato mencionado. No le fue necesario colocar el nombre del recordado Hildebran- do sino que fabricó un personaje: Grimaldo Rojas Huarcaya, en el cual el lector puede identificar al desaparecido cuentista ayacuchano (Cox, Sasachakuy: 16).

Luis Nieto Degregori envió una carta titulada “Incendio en un vaso de agua” (Cox, Sasachakuy: 19-22) donde responde a las acusaciones de Castro Arrasco. Nieto Degregori apunta que como escritor tiene el derecho a crear un ficción con cualquier elemento de la realidad. Sugiere que en vez de denigrarlo más bien le ha rendido un homenaje a su amigo Pérez Huarancca. Añade que está ejerciendo su derecho a la libertad de expresión. En este caso, es claro en señalar su crítica a las acciones de la guerrilla senderista desde una posición progresista. Según Nieto Degregori:

En su recuento de autores que han abordado el tema de la violencia, Dante Castro señala que mi narrativa merece men- ción aparte, entre otras razones porque la embarro (“incurro

en asuntos de poca ética”, según sus propias palabras) cuando, en el cuento “Vísperas” toco el tema de la actitud del escritor y del intelectual ante Sendero. Aquí vienen al caso un par de aclaraciones: en primer lugar, no denigro a Hildebrando Pérez Huarancca, de quien me hice amigo por el año 80, cuando trabajamos juntos en la Universidad de Huamanga, aunque sí es cierto que este escritor es el prototipo de mi personaje. Me he visto muchas veces en el trance de aclarar a los inexpertos lectores que el escritor crea sus personajes en base a personas de carne y hueso, generalmente de su entorno, sin que esto signifique que esté retratando a estas personas con el solo cui- dado de cambiarles de nombre. Es la primera vez que tengo que aclarar esto a un escritor (Cox, Sasachakuy: 21).

Las respuestas de Nieto Degregori son legítimas. Sin embar- go, señalo que en su cuento se encuentra latente el discurso de demonización de los antisenderistas. Al haberse convertido en sentido común es difícil de racionalizarlo. Ha sido utilizado en la propaganda antisendero en los medios masivos de comuni- cación por varios años y se le da como verdadero. Tiene una capacidad de penetración tan profunda que modula cualquier posición sobre la guerra interna. El cuento “Vísperas” no es el único en reproducir este discurso. En un rápido recuento, en novelas que tratan de explicar la formación de Sendero Lumi- noso, los protagonistas que son alter egos de sus dirigentes son unos resentidos sociales. Su resentimiento viene por tener de- fectos físicos o por una traumática decepción amorosa generada por el racismo y clasismo peruanos. El desprecio y el rechazo los llevaron a crear una ideología y un partido que buscó vengarse de la clase social de sus agresores. A manera de ejemplos, esto ocurre en las novelas En mi noche sin fortuna (1999) de Susana Guzmán y La voluntad del molle (2006) de Karina Pacheco. Am- bas autoras también se consideran de izquierda.

Para articular su contradiscurso de demonización en la no- vela Retablo el autor se reapropia parcialmente del personaje Grimaldo Rojas Huarcaya de “Vísperas”. Le cambia solamente el apellido paterno. Ahora el personaje se llama Grimaldo Medina Huarcaya. Luego historiza la calificación de resentido que Nieto Degregori hace de su personaje Grimaldo Rojas y la carencia de sentido común al escaparse de la cárcel cuando le faltaban pocas semanas para ser declarado inocente por los fueros ju- diciales. Hay que aclarar que Nieto Degregori en parte utiliza la denominación resentido social con la que la historia oficial

ha calificado a los ciudadanos peruanos que se enrolaron en las filas de Sendero Luminoso. Grimaldo Medina Huarcaya estaba muy descontento de su trabajo en la universidad. A pesar de tener todos los méritos necesarios para ser un catedrático auxi- liar, ejercía el puesto de jefe de práctica en un departamento de la Universidad San Cristóbal de Huamanga. Del mismo modo, Nieto Degregori en su cuento utiliza otra asunción del discurso de demonización. Grimaldo Rojas ha vuelto recientemente de la China de donde trajo vajilla y electrodomésticos que utilizan con su familia en su vida diaria. Da entender que este viaje ha causado su desgracia laboral. Recuérdese, que según este discur- so, en otra de sus variantes, la dirigencia senderista fue entrena- da en estrategias guerrilleras en la China de Mao. Luego retor- naron al Perú para iniciar una guerra de guerrillas financiada por el país oriental.

En contraste, la militancia de Grimaldo Medina Huarcaya en Sendero Luminoso, que se le conoce como el Partido, se his- toriza de dos maneras en Retablo. Elabora una historia familiar de tres generaciones de los Medina y hace una historia regional del pueblo de Pumaranra. Ambas están estrechamente enlaza- das. En la novela se demuestra que los Medina son herederos de una línea de líderes y autoridades campesinos que defendieron a la comunidad/pueblo de Pumaranra en por lo menos un siglo. La defensa de los derechos, sobre todo la propiedad de la tie- rra, llevó a que el abuelo Gregorio haya sido asesinado, el padre Néstor fue encarcelado y torturado para ceder la propiedad de terrenos donde se instala una mina de sal. Asimismo, relata la educación en sus diferentes niveles como instrumento de ascen- so social de los Medina. La concientización y preparación mili- tar de Grimaldo estuvo a cargo de un maestro de escuela y luego por parte de un cuadro de Sendero Luminoso llamado Antonio Fernández. Este personaje es alter ego del ingeniero agrónomo Antonio Díaz Martínez, líder de Sendero Luminoso asesinado en la masacre de los penales en 1986, que escribió el libro Aya- cucho: Hambre y esperanza (1969). De modo que la conciencia social de los Medina es una tradición familiar que se transmite de generación a generación. A pesar de que son prósperos optan por causas comunales y dejan de lado la movilidad hacia arriba que les permitía el dinero. Grimaldo no necesitó viajar a la Chi- na de Mao para ser adoctrinado y entrenado. Su posición polí- tica es primero resultado de la educación familiar y, segundo, la

ideología de un partido que tomó importancia a las problemá- ticas locales y que hizo un largo trabajo político. Sin embargo, para complejizar mucho más los motivos de integrar el Partido, en la última generación el único que toma el camino de la lucha armada es Grimaldo. Manuel Jesús, el hermano menor, uno de los narradores de la novela, decide migrar a la ciudad de Lima antes que se inicie el conflicto armado en 1978. Lo mismo hace su hermana Marcelina. Asimismo, elimina dos eventos impor- tantes que sostienen la leyenda. En la novela no se relata el esca- pe de la cárcel de Ayacucho. Tampoco se incluye la masacre de Lucanamarca perpetrada por Sendero Luminoso. Los propósi- tos de eliminar estos eventos históricos son dejar por sentado que su personaje Grimaldo no está basado completamente en la vida de su hermano Hildebrando Pérez Huaranca. También con estas supresiones logra terminar con la leyenda que se tejió sobre el autor de Los ilegítimos. Grimaldo murió en una embos- cada del ejército peruano con la ayuda de comuneros de Luca- namarca en un pasaje cercano a Pumaranra. De ese modo ya sea con el nombre ficticio de Pumaranra y las acciones de Gri- maldo lo que quiere demostrar Julián Pérez es que los jóvenes de muchos pueblos y comunidades ayacuchanas, por decisión propia, optaron por formar parte del “Ejército Popular” de Sen- dero Luminoso. Dicho de otra manera, Grimaldo representa las vidas de muchos jóvenes ayacuchanos de origen campesino que lograron una educación superior en la universidad y quisieron cambiar el país.

En Retablo se relata la historia de Pumaranra desde las úl- timas décadas del siglo XIX y el siglo XX para explicar por qué surgió Sendero Luminoso. Pumaranra no es un pueblo aislado e insular. Su población no es una nación acorralada o cercada. Están en permanente contacto ya sea con la capital del depar- tamento Ayacucho o con Ica y Lima. Su historia está repleta de conflictos en los que son enemigos los pequeños propietarios Medina y los hacendados Amorín. A su vez la comunidad/pue- blo de Lucanamarca tiene pleitos que están basados en rivali- dades étnicas de la familia quechua que se remontan probable- mente a más de quinientos años de historia. Los pobladores de Lucanamarca son conocidos como los “Uqis” y los de Puma- ranra como “Pumas”. En el proceso de expansión de la hacienda 1880-1920, la agitación política del APRA en los 30’s, la distor- sión de la Reforma Agraria de Juan Velasco Alvarado (1968-

1974), la usurpación de tierras de la comunidad de Pumaranra en los 60’s para iniciar la explotación de una mina de sal, el clan de los Amorín cuenta con el apoyo de los comuneros de Lucanamarca. La comunidad pobre de Lucanamarca que tiene envidia de la próspera comunidad de Pumaranra encuentra las oportunidades para apropiarse de sus bienes y recursos y agredir a sus enemigos étnicos. A pesar de que gana muy poco en estos actos de desposesión y violencia siempre son la fuerza de choque de las acciones de los Amorín.

En Retablo el racismo perpetúa este orden injusto que niega los derechos de ciudadanos quechuas. Su adscripción a los pobres de parte de los Medina hace que sean considerados indios o “chutus” mientras los Amorin son señores. En el mismo sentido da cuenta del rechazo del que fue víctima Grimaldo cuando era estudiante de secundaria en la ciudad de Huamanga de parte de Liz, una muchacha blanquiñosa. Pero en su empeño de demostrar que Grimaldo no era un resentido relativiza este evento traumático. Manuel se acuesta muchos años después con la mujer que rechazó a su hermano. Antes de sodomizarla, Liz, una mujer cincuentona, le confiesa que ella también deseaba a Grimaldo, pero este era tímido y Liz a sus quince años quería sentirse disputada. La única conclusión que se puede sacar es que las reglas del racismo sistémico de la sociedad peruana son burladas ocasionalmente por individuos gracias a la fuerza del amor, la personalidad o el poder del dinero.

También en la novela se insiste que la prosperidad de los Medina radicaba en una ética del trabajo. El padre y la madre eran muy trabajadores. Gracias a sus esfuerzos pudieron educar a sus tres hijos que lograron estudiar en la universidad y dejar el pueblo de Pumaranra. De modo que se aclara que Grimaldo no necesitaba enrolarse a Sendero Luminoso. El pudo tranquila- mente ascender socialmente gracias a sus talentos y habilidades. Pese a la oposición de su padre, decidió formar parte de Sendero Luminoso por la asunción de principios socialistas y no por re- sentimiento o locura.

En suma, Retablo no es una respuesta al cuento “Vísperas” de Luis Nieto Degregori. Su aporte consiste en que desmantela las narrativas hegemónicas más importantes que explican el conflicto armado. Da los primeros pasos para terminar con la leyenda que se creó sobre la vida de su hermano mayor Hildebrando Pérez Huarancca. La investigación en archivos que

hizo Mark R. Cox sobre las diversas acciones que se le achacan al autor de Los ilegítimos corrobora este propósito de la novela. A los lectores de Retablo nos recuerda que si bien la guerra ha terminado seguirá en marcha la lucha discursiva sobre cómo se debe recordar una época muy violenta de la historia peruana. Por último, nos advierte que si no resolvemos los problemas que generaron el conflicto tendremos que enfrentar otro ciclo de violencia con igual o mayor cantidad de víctimas.

Bibliografía

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COX, Mark R. (2012). La Verdad y la memoria: Controversias en la imagen de Hildebrando Pérez Huarancca. Lima, Editorial Pasacalle.

COX, Mark R. (ed.) (2010). Sasachakuy Tiempo. Memoria y pervivencia. Ensayos sobre la literatura de la violencia política del Perú. Lima, Editorial Pasacalle.

DÍAZ MARTÍNEZ, Antonio (1969). Ayacucho: hambre y esperanza. Ayacucho, Ediciones Waman Puma.

GUTIÉRREZ, Miguel (2007). “Narrativa de la guerra II: la novela”.

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GUZMÁN, Susana (1999). En mi noche sin fortuna. Barcelona, Montesinos.

JAUSS, Hans Robert (1992). Experiencia estética y hermenéu- tica literaria. Madrid, Taurus.

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——————- (2000). “Vísperas”. El cuento peruano en los años de violencia. Mark R. Cox (comp.). Lima, Edito- rial San Marcos, pp. 93-116.

Ulises Zevallos-Aguilar

PACHECO, Karina (2006). La voluntad del molle. Lima, Edito- rial San Marcos.

PÉREZ HUARANCCA, Hildebrando (1980). Los ilegítimos. Lima, Ediciones Narración.

PÉREZ HUARANCCA, Julián (2004). Retablo. Lima, Universi- dad Nacional Federico Villarreal.

1 “Ahora bien. Uno de los mayores desafíos que la novela debe haberle plantea- do a su autor es la plasmación artística de Grimaldo Medina (la elección del nombre de Grimaldo, es una clara aunque secreta respuesta de Julián Pérez al cuento de Luis Nieto Degregori, “Vísperas”, pues el modelo real —Hildebran- do Pérez Huarancca— es el mismo en ambas historias)” (438).

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Wiñaypacha y sus públicos. Ulises Juan Zevallos Aguilar

Los del Oscar y Goya han avanzado con Roma, pero aun les falta aprender del cine indigena, algun dia….

Wiñaypacha y sus públicos.

 

Ulises Juan Zevallos Aguilar

Chicago, Diciembre del 2018.

 

Vi la película Wiñaypacha [Eternidad] (2017) del director de cine aymara Oscar Catacora en la sala Armando Robles Godoy del Museo de la Nación, en Lima, en julio de este año. Intenté verla dos veces. Las taquillas se agotaban con horas de anticipación. El día que puede ingresar, la sala estaba repleta. Aymaras establecidos en Lima ocupaban dos terceras partes de los asientos. Ver la película se convirtió en un evento familiar para ellos. Se podía distinguir a abuelos, hijos y nietos que se comunicaban en español y aymara. Durante la proyección hubo un silencio total. Cuando terminó la gente empezó a hablar. Las familias aymaras reconocieron lugares y costumbres en la película y escucharon su propia lengua por ochenta y ocho minutos. A varios no les gustó la película por ser demasiado triste, pero jóvenes aymaras universitarios comentaban que se podía percibir su densidad cultural en los nombres de actores, topónimos y el mismo título de la película.

 

La segunda vez que vi Winãypacha fue en el Gateway Independent Film Center de la ciudad de Columbus, EEUU en el reciente octubre. Me encargaron hacer la introducción de rigor y dirigir el coloquio después de su proyección. La mayoría del público asistía al II Congreso de Lenguas y Culturas Indígenas que se llevó a cabo en el campus de la Universidad Estatal de Ohio. En mi introducción mencioné que Wiñaypacha trata sobre la vida cotidiana de una pareja de octogenarios aymaras, Willka (Sol) y Phaxi (Luna), que esperan el retorno de su único hijo Antuco. El título de la película señala que la cultura aymara supera todos los retos que le presenta el mundo actual. Hice también un resumen sobre los comentarios que realzan su calidad artística. El film no tiene el único mérito de ser la primera película de ficción en aymara. Es una opera prima minimalista que tiene conexiones con el neorrealismo italiano. Para esta escuela, lo importante era filmar una historia realista sin importar los límites de un presupuesto precario que obligaba a recurrir a la actuación de gente común y utilizar un mínimo de recursos cinematográficos. Los actores son los abuelos de Oscar Catacora, varios miembros de su equipo de producción también fueron familiares, la película está constituida por tomas de cámara fija y la mayor parte de su grabación fue hecha con luz natural. También recordé sus aprendizajes del mejor cine japonés. En varias películas de Akira Kurosawa y Yazujiro Ozu los sonidos naturales y la naturaleza misma también son personajes, exploran asuntos de familia, hay ausencia de música de fondo y las tomas son hechas con cámara fija con posiciones no convencionales.

 

El coloquio fue muy animado. Documentalistas presentes confirmaron su calidad cinematográfica. El resto de los comentarios se refirió al contenido. Entre ellos una colega coreana, un catedrático ancashino y un realizador de cine neoyorkino reconocieron que el film los había tocado personalmente. Coincidieron en apuntar que Wiñaypacha trata un problema importante de la condición humana actual. Es decir, la película representa la realidad del envejecimiento, los achaques que conlleva y la emergencia de un nuevo problema social. Debido a reformas o desaparición de sistemas de jubilación y pensiones, dobles o triples jornadas de trabajo de hijos y nietos, los ancianos son dejados a su propia suerte en todo el mundo. Añadí que la película también alude a los efectos del calentamiento global y la sobrepoblación. La vida en el campo se hace invivible para las nuevas generaciones y cada vez aparecen más pueblos fantasmas en los Andes. Los jóvenes ya no pueden practicar la agricultura y ganadería y tienen que migrar a las ciudades para conseguir trabajo.

 

Acabo de enterarme que Wiñaypacha no ha sido escogida como semifinalista por los jurados de los premios Oscar de Hollywood y Goya de España. Si bien fue propuesta a ambos concursos, la película no cumple los requisitos básicos para estos eventos. Su tema y realización son complejos, se necesita sensibilidad cultural y social para apreciarla, su historia es chocante y solo conocedores de buen cine pueden reconocer sus valores artísticos.